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Pastizales

Mi educación primaria la cursé en la escuela Anexa a la Normal (creo que hoy ya tiene el nombre de un personaje mexicano). En los recreos salíamos al patio este (que se encontraba a la mitad de nuestra escuela y la cancha del Estadio Santa Rosa) y jugábamos a correr. El patio era delimitado por una barda y un trío de grandes árboles a los que los más valientes acostumbraban subir. En los últimos años de nuestros estudios dicho patio fue cubierto por una plancha para hacer una cancha de basquetbol, pero antes que eso el patio semejaba más a un baldío que a otra cosa. Altos pastizales de no sé qué especie cubrían casi por completo el campo. Los lugares que no estaban cubiertos de esas plantas eran horadados por unos largos gusanos que dejaban bien visibles sus agujeros profundos. Estos gusanos eran el atractivo para muchos de nosotros puesto que los hacíamos pelear entre ellos. Pero ¿cómo llegar al fondo de sus nidos? Simple trampa, pescándolos. Sí, pescándolos, como lo hacen los pescadores con sus anzuelos. Cogíamos uno de esos pastizales largos y los insertábamos en los rectos agujeros, esperábamos que la espiga del zacate comenzara a moverse indicándonos que el gusano había “picado” y sacábamos el zacate rápidamente. El gusano caía en la tierra pelona.

Cuanto teníamos otro gusano más los poníamos de frente para que pelearan cuerpo a cuerpo. El más fuerte o afortunado lograba matar al otro con sus fuertes tenazas de su boca. Felicidad general, había ganado uno de ellos.

También hacíamos feas trampas para tumbar al corredor que azarosamente fuera pasando por el pastizal. En lo más tupido del zacatal enredábamos con fuerte nudo dos manojos de zacate plantado. Lo demás es fácil de imaginar. El corredor que por ahí pasaba enredaba sus pasos en el nudo y ¡racatlán! iba a parar al suelo zacatoso. Claro que la trampa se volvía rápidamente contra nosotros que también caíamos en otras trampas ignoradas o en las nuestras propias olvidadas.

Naturaleza 2

El espíritu ranchero de la ciudad fue siendo abandonado poco a poco. Las casas que tenían corrales interiores con animales fueron yéndose a las orillas. Mi amigo Alejandro vivía con su abuelita en la calle Núñez, en la ascera de enfrente de mi casa, un poco más arriba. Todas las noches jugábamos la pandilla completa del barrio y él era uno de los más maduros y el líder natural. Cuando se fue extrañábamos sus guías y sus ideas para nuevos juegos. Lo seguí frecuentando puesto que iba al barrio muy seguido a ver a su abuelita. Repetidas veces lo acompañamos a su nueva casa. Ahí tuvimos las experiencias más aleccionadoras de lo que es la vida, al menos en su nacimiento. Muchas veces fuimos a ver parir a los animales que tenía ahí su papá. En una ocasión estuvimos pendientes del parto de una puerca que comenzó como a eso de las 9 de la noche y terminó como a las 2 de la mañana. Yo no soporté el sueño y tuve que ir a dormirme, no recuerdo a dónde fui o quién me llevó a casa a esas horas de la noche. Lo cierto es que al despertar lo primero que hice fue preguntar cuántos puerquitos había tenido la marranita. Veintidós, fue lo que me respondieron. Me pareció increíble.

Pero la aventura más grande que ahí tuvimos fue el parto de una vaca. Alejandro nos invitó a mí y a otros amigos (¿Toño, Manuel?) a presenciar dicho alumbramiento. La familia de mi amigo estaba muy confiada en que había tiempo de sobra para que la vaca pariera. No sé qué tuvo que hacer el padre de mi amigo que salió de la casa y nos dejó solos a todos los niños. Alejandro, experto ya en esas cosas a su corta edad, notó que la vaca ya estaba en trabajo de parto final. Lo que hizo fue lazarle la cabeza para obligarla a estar quieta en un solo punto para que naciera su becerrito. La amarró a un poste fuerte que tal vez ya había colocado ahí para tales ocasiones. Nosotros estábamos detrás de la vaca y comenzamos a ver las patas delanteras húmedas del becerro al cual le llegamos a ver la trompa ya siendo expulsada de la «panza» de la vaca. Grande fue nuestra sorpresa al ver que la vaca absorvía de nuevo a su retoño a grado tal de que lo vimos desaparecer por completo dentro de su madre. No entendíamos la actitud de ese animal. Ni Alejandro sabía qué hacer. Sólo corríamos de un lado a otro sin atinar a algún acto sensato. La vaca, con una fuerza enorme, reventó la soga que la tenía atada al poste y se retiró a otro lugar donde tuvo a su cría sin ningún problema. ¿Qué fue lo que pasó? La vaca se había ido a un pedazo de tierra seco a tener a su becerro. Nosotros, inexpertos, la habíamos atado al poste donde todo a su alrededor estaba mojado.

¿Sabiduría animal? Lo cierto es que esas imágenes jamás las borraré de mis recuerdos.

Naturaleza 1

Zapotlán, entonces, era una ciudad tan pueblo que todavía tenía corrales de animales en pleno centro de la localidad. Nosotros mismos, recuerdo en mi infancia, teníamos un chiquero al fondo del traspatio (traspatio al que llamábamos «corral» y creo que aún le seguimos llamando así). Ahí un puerco engordaba con las sobras de comida que le daba mi padre y que mi madre conseguía de los vecinos a diario. Estas sobras tenían un nombre específico, les llamábamos «levaduras».

Yo ayudaba a mi padre a lavar el chiquero a diario. Chorros de agua se llevaban la suciedad del puerco. ¿Nos lo comimos, lo vendió? No recuerdo ya nada de eso. Lo cierto es que tener dicho animal duró poco, no sé si tuvimos un segundo marranito o mis padres optaron por deja ya esa tarea. Tal vez los olores los habían hecho desistir. De cualquier forma el chiquero quedó disponible para guardar utencilios y «telebrejos» que siempre se acumulan en las casas.

A un costado del chiquero hubo un corral de gallinas ponedoras (creo que hasta en una ocasión tuvimos patos, pero eso no lo aseguro) de las que mi madre aprovechaba los huevos y también la carne, la vi matar a varias cortando su cuello, yo le detenía las patas.

También recuerdo que hubo un chivo, no sé para festejar qué cosa. Ya ven que entre los mexicanos los chivos significan festejo. Ese animalillo llegó a golpearme varias veces con sus famosos topes de cuernos. También creo que sólo tuvimos uno.

Esa vida de hombres de campo sería la reminiscencia del pasado de mis padres. Mis abuelos ciertamente sí fueron campesinos (Rafael) o arrieros (Jesús). Ya después la vida de la ciudad se «comería» a mis padres que terminarían siendo burócrata y ama de casa. Yo y mis primos tendríamos tal vez nuestro último acercamiento a la vida del campo cuando nos íbamos a El Fresnito a sembrar, «asegundar» y cosechar. Pero eso más bien lo hacíamos como diversión.

También como diversión nuestros padres nos llevaban casi cada fin de semana a paseos en el campo. Tal vez ibamos a uno de los pueblos cercanos, tal vez optábamos por comer sencillamente bajo la sombra de un árbol. Para entonces los paisajes del volcán eran los preferidos. Me gustaba anochecer en aquellos viajes y ver cómo la ciudad prendía sus luces allá abajo. Cuando nos acompañaban mis primas Ochoa, bajábamos en la camioneta de su papá, mi tío Pepe, y el día terminaba con la máxima felicidad: cantar canciones rancheras ya en las sombras de la noche.

Viento

Vaya inutilidad, querer escribir no por registrar nuestro sentimiento, sino por querer revivirlo tal como lo tuvimos en su tiempo. Así escribo con la esperanza de volver a sentir el viento y no por querer plasmar algo sobre esta hoja.

Mi viento, ese que se me ha metido en el centro de los huesos, es un viento frío. Ese que logra una tensión cristalina de las moléculas del espacio y contacta todo aquello que nos rodea, un pulpo de luz seguro de lo que toca.

Sentir en la piel, en el pelo, el viento era para mí estar dentro de los paisajes de otros. El viento de mi Zapotlán me atrapaba, me convertía en su centro, y yo ya me sentía en los paisajes fríos de la Praga de Kafka o en las montañas eternamente verdes de la Irlanda de Joyce. Sentir el viento era posibilitarme en los inicios de la creación y andar el camino que aquéllos caminaron.

Relación mística, digamos, también el viento me hace olvidar que soy yo y me convierte en todo aquello que veo. La montaña, la nube y la luz. Me eterniza disolviéndome en el paisaje.

Estar, entonces, es potenciar las tres funciones receptoras: veo, respiro y siento. Ellas logran una bidireccionalidad que sólo se da en el ánimo, recibo y doy.

Imágenes huidizas

De niño jugaba un juego visual. Al momento de dormir, ya en la cama y con las cobijas cubriéndome, miraba hacia arriba las cosas que habían en mi cuarto. Trataba de «aprendérmelas» con una memoria visual, es decir, tomaba una foto mental e instantánea de todo lo que había ahí y luego cerraba los ojos con las figuras de las cosas pegadas al interior de mis párpados, por así decirlo. Luego de un instante (no pasaba mucho tiempo), volvía a abrir los ojos con la imagen recordada que sobreponía a la imagen real que mis ojos veían. Yo suponía que la imagen recordada correspondería justamente a la que veía puesto que eran una misma, era como poner las calcamonías de mi memorización sobre las imagenes de la realidad. Pongamos por caso algo sencillo como el foco que pendía sobre el centro de la habitación. En aquellos días era común que los cables de corriente estuvieran a la vista a lo largo de toda la casa. El cable colgaba y sostenía el soquet donde estaba el foco. Yo lo tenía todo esto en mente, la inclinación del cable desde mi perspectiva, su longitud y grosor y hasta el brillo del foco habían sido memorizados. Luego de unos pocos segundos (muy pocos segundos) volvía a abrir los ojos y buscaba las coincidencias entre las imágenes. Sorprendentemente notaba al instante que no había correspondencia alguna entre lo que memorizaba y lo que veía en la realidad. No comprendía porque pasaba eso y repetía el ejercicio una y otra vez. ¿Por qué no podía lograr una memorización precisa? Jamás logré, ni haciendo trampa, que las imágenes correspondieran.

Eso era con las imágenes inmediatas, ¿qué recuerdos hemos alterado a lo largo del tiempo en las situaciones en que nos hemos encontrado? Las imágenes ya no corresponden, la realidad es más huidiza de lo que pensamos.

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