Nací el primer día
del décimo mes
que antes era el octavo.
Nací en un pueblo
que no se decide
a adoptar un nombre
de los dos que tiene.
Tengo dos nombres
y dos profesiones.
Indeterminada
ha sido así siempre
mi vida.
De esa oscilación
emerge la angustia
de no saber ser
el padre que debería
y el artista que quiero.
Este piso incierto
sirve de cualquier forma
para avanzar con certeza
hacia ningún lado.
La meta la veo cercana
a cada instante
y podría tocarla
si no fuera porque
se encuentra demasiado lejos.

Hay muchos rincones en Zapotlán que bien podríamos calificarlos como mágicos. No puedo dejar de mencionar aquí uno de los más atractivos durante mi infancia, el chacuaco que se encontraba (hoy ya se ha derrumbado) detrás de la colonia Ejidal. Ir a ese lugar siempre estaba acompañado por sentimientos de misterio y de miedo. Miedo a los alacranes que nos aseguraban estaban en lo alto de esa chimenea; misterio porque nos sentíamos adentrar a otros tiempos que no vivimos. Tiempos que intuíamos de pujanza económica, de trabajo, de vida social, pues. Algo también había de tristeza al saber que toda esta bonanza se había perdido para siempre y que ya sólo a nosotros nos tocaba ver y vivir a través de esas ruinas que hallábamos alrededor del chacuaco.

Había bardas que recomponíamos en cuartuchos que quién sabe qué guardarían. El escenario éste tenía siempre estos elementos: un sol implacable que hacía más amarillos los altos zacates bien secos por el calor, y un alto cielo que se habría sin límite alguno. Ahí teníamos que sortear caminos que no existían para evitar caer a la tierra. Las plantas no dejaban ver bien el suelo de modo que a los bichos agregábamos la posibilidad de pisar alguna culebra que bien sabíamos que por ahí andaba. Todo era un riesgo que tenía su recompensa en la jedionda sombra interna del chacuaco y su vista maravillosa hacia arriba, con su luna bien delineada en el cielo. Eso era todo, correr riesgos para tener una bonita vista en lo alto.

He vuelto, por azares de los caminos, a ver con tristeza el chacuaco de mi infancia. Ya las casas alrededor le quitaron para siempre esa visión de cielo siempre abierto, también ha caído ese coloso que creíamos eterno y es esa visión de las fuerzas del tiempo lo que me transforma aquellos viejos miedos en terrores ciertos sobre la fragilidad y lo volatil de todas las presencias.

El siguiente texto lo escribí para mi página de fotografía. Por ciertas modificaciones que allá he hecho, el texto desaparecerá. Sin embargo creo que acá cae justo a mis intenciones generales de estas memorias. Lo copio íntegro.

Amigos, gracias a todos los que han visto mis fotos. Muchos de ustedes me han mencionado que les gustó mucho el homenaje que hice de Luisa y El Fresnito (vean las fotos aquí). Quieren saber más sobre esta muchacha (era señora, pero su comportamiento y los ánimos que tenía siempre entre nosotros eran los de una joven), de modo que hoy contaré un poco la historia de Luisa, aquella historia que me tocó conocer.

Primero hay que hablar del lugar. Luisa vivió en El Fresnito, una humilde ranchería en el municipio de Zapotlán, el Grande. El Fresnito es una serie de casas y parcelas producto del reparto agrario. Los terrenos que ahí se encuentran son tierras ejidales que fueron entregadas hace muchos años. Una de esas parcelas fue para mi abuelito Rafael Rodríguez Palomino, padre de mi mamá. Nosotros ya vivíamos en Zapotlán, pero cada fin de semana ibamos al rancho de mi abuelito a gozar del aire libre. En su tiempo ayudábamos a sembrar o a “asegundar” la tierra para que produjera maíz. Cuando hacíamos esto (meros aficionados que no soportábamos el trabajo del campesino) nos ayudaban los vecinos. A un costado del rancho de mi abuelo vivía una señora que tenía numerosos hijos e infinidad de nietos. El nombre de la señora no lo supe nunca, el apodo sí: “la Parranda”, ya sabrán ustedes el porqué de ese nombre. Alcohólica la señora adquirió ese apodo como un castigo eterno y vergonzoso. Era sabido que la vida en esa familia estaba cargada de pesares múltiples (los económicos y los morales), las disputas entre hermanos eran frecuentes y la resolución de los pleitos venía de la propia madre quien a punta de trancazos (verdaderamente golpeaba con trancas) separaba a los riñosos. No era sorprendente escuchar que la mamá había roto uno de esos palos en el “lomo” de alguno de sus hijos. Aun así el comportamiento de “La Parranda” y sus hijos hacia nosotros siempre fue amable, ayudaban sin esperar nada a cambio y sabíamos que cuidaban de nuestro abuelo (en lo que podían).

Una de esas hijas era Luisa quien también, al igual que sus hermanos, heredaron el gusto por el alcohol que tenía su madre. Era, pues, hasta un lugar de referencia en todo El Fresnito la casa de “Las Parrandas”. Luisa tuvo varios hijos los cuales, hasta donde sabemos, son “hombres de bien” que no gustan del alcohol hasta el embrutecimiento. Luisa era una de las personas que más nos buscaban cuando llegábamos con mi abuelito a trabajar. Ella, creo yo, sentía cierta protección de mi madre y la quería mucho. Aunque la finalidad última de estos hermanos era ayudarnos para obtener un poco de comida y unos cuantos tragos gratis (mi padre se encargaba de hacer ponche de granada) siempre nos ayudaron a las labores de la tierra, eran ellos quienes iban a cortar los mejores elotes o los duraznos más dulces mientras nosotros, de niños, jugábamos.

Dejé de ver a Luisa con la frecuencia que antes lo hacía, el trabajo en otras tierras me mantenía alejado de mi lugar de nacimiento. En una de esas ocasiones en que volví pude hacer las fotografías que ya todos conocen. El alcoholismo de Luisa no pudo alejarse nunca y un día (tal vez unas cuantas semanas después de estas fotos) mi padre me habló por teléfono para contarme que Luisa había muerto de cirrosis. La noticia de la muerte, su impacto, se vio disminuído cuando me contó los detalles de su sepelio. La misa de muerto se realizó ahí mismo, en El Fresnito. Muchos de sus habitantes fueron a darle el último adiós. Gente humilde que no tenía para más llevaron sus flores que guardaban en sus propias macetas de sus ranchos. El lugar se vio adornado, pues, de botes grandes oxidados por el tiempo, pero portando las más bellas flores otorgadas por un pueblo que quiso a Luisa.

El sacerdote pidió que durante la misa el cajón de Luisa fuera bajado del carrito que la portaba para que estuviera directamente expuesto al suelo, tierra que la recibiría más adelante y para siempre. Este gesto más bien raro para mucha gente fue entendido como un verdadero y grande homenaje por parte de mi padre ya que le hizo recordar el sepelio que el papa Juan XXIII tuvo en su tiempo. Así Luisa la borracha quedaba elevada por unos minutos a la altura de la santidad.

Finales de los estudios de licenciatura. La mujer X que fue mi novia no respondía a mis amores como yo quería. Los ruegos fueron constantes y vergonzosos. Creí que la solución, como la mayoría, estaba en entregarme a los alcoholes. Para ello busqué a mis amigos de siempre que tenían ya una experiencia larga en esos casos, sería pues fácil entregarse a la borrachera que esperaba reconfortante. Afortunadamente había entre ellos motivos constantes para tomar cerveza hasta el hartazgo, de modo que simplemente subí a su carro y nos fuimos a comprar las “ampolletitas”, como les decía Sixto, uno de ellos. No sé de quién era el carro que llevábamos, pero pronto lo llenamos de cartones de cerveza y nuestra presencia. ¿Cuántos éramos? ¿Quiénes éramos? Ya no recuerdo, pero estoy en que sí eramos muchos para ese bochito tan pequeño.

Íbamos por las calles de Zapotlán tomando aquí y tomando allá, sin decidirnos por un lugar específico para beber tranquilamente. De repente a alguien se le ocurrió ir a Gómez Farías, a la casa del doctor M. Casa de campo que cuidaba la familia de Sixto, de modo que él tenía las llaves. Entraríamos tranquilamente y haríamos el lugar nuestro. Y así fue, mas al llegar nos dimos cuenta que en realidad no teníamos actividad alguna en qué gastarnos el tiempo. ¿Qué hacemos? Nos preguntamos todos. Pronto surgió la propuesta de ir a ver una película porno. No duramos ni cinco minutos dentro de la casa cuando salimos para dirigirnos al cine club más cercano para rentar la película. Unos entraron a escogerla, yo me quedé fuera sacando la cuenta de cuántas cervezas llevaba. Llegué a la cuenta de 19, luego eso no me importó. Ese era todo un record para mí quien nunca tomaba más de una.

Una vez que salieron mis amigos nos dirigimos de nuevo a la casa del doctor. Yo me quedé platicando con alguno de nosotros en la entrada de la casa, mientras que los demás se dirigían a la televisión a conectar la video grabadora. Ya estaba yo reclinado en alguna pileta o barda cuando escuchamos que alguien metía la llave y abría la puerta principal de la casa. ¡Era el doctor con toda su familia! La única reacción que tuve fue dirigirme hacia él y respetuosamente (de seguro marcando S con mis pies en el piso) decirle: “Buenas noches, doctor”, seguramente con un tufazo insoportable. Luego me dirigí a su esposa, luego a su hija que era nuestra compañera de estudios. Tal vez quería yo impedir algo, cubrir a mis amigos que se encontraban en el fondo. Pero ya todo era imposible, el doctor había llegado justo cuando Sixto quería conectar a la corriente eléctrica el cable de la video. “Muy mal Sixto, muy mal”, fue lo que le dijo el doctor, quien supuso que ya estábamos desconectando la video después de haber gozado de “La venus africana”, o algún título por el estilo. En realidad no vimos absolutamente nada. Salimos todos avergonzados y apenados por nuestro amigo quien había perdido la confianza del doctor al ofrecernos un lugar que no era de él para emborracharnos perdidamente.

Esa fue mi única borrachera de juventud. Diversión a costa de otros, diversión que no me gustaría volver a repetir.

Los caminos del Señor, como se sabe, son misteriosos. A mí me dio la comprobación matemática y geométrica de la Santísima Trinidad en un calculadora Casio FX-100 que me regaló mi padre. Primeramente hay que comprender algunas relaciones trigonométricas para entender cómo es posible que pueda haber tres personas y un solo Dios verdadero.

trianguloLa trigonometría estudia las relaciones (llamadas razones) que existen en los triángulos. Como se sabe las partes de esta figura se han llamado hipotenusa y catetos. Pues bien, a la relación que existe entre la hipotenusa y el cateto adyacente a un ángulo se le llama Coseno. La expresión matemática sería la siguiente:

Cos (α)= h/c

De modo que si tenemos un ángulo de 20º nuestro coseno será 0.9396; para un ángulo de 45º=0.7071. Una relación lógica nos diría que si tenemos un ángulo podemos encontrar su coseno y, caso contrario, si obtuvimos un resultado significa que hay un ángulo al que le aplicamos la fórmula. Pues bien ¿qué pasa cuando obtenemos un resultado a partir de un ángulo que no existe? Es decir, para un ángulo de 0 grados (ángulo inexistente) se obtiene un resultado de 1. Si obtuvimos un resultado es que el ángulo existe, pero ¿cómo puede existir si tiene un ángulo de 0? Ese ángulo sólo es posible si pensamos en los tres lados del triángulo uno sobre otro, un triángulo de un solo lado. Ahí estaba la clave de mi descubrimiento. Tres lados en uno solo, tres dioses en uno solo y verdadero. La poesía se cumplía nuevamente ya que el Coseno de 0 me daba 1, Uno. La unidad que significa unión y uno solo. Esto se me dio en la clase de matemáticas en esa calculadora científica que ya he mencionado. No recuerdo qué maestro nos estaba enseñando esas relaciones cuando fui tocado por esa Inteligencia en las aulas del tec.