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Tres visiones donde se expresó el terror cerca de mi casa.
El toro suelto- Un toro, mi recuerdo lo pinta de negro, viene por la calle constitución hacia el mercadito (¿ya lo habían construido?). La gente gritaba, doña Eustolia con su mandil alertaba a sus hijos, mi madre la escuchaba. Debo haber visto el rostro de mi madre que me transmitió el miedo a la muerte, aunque el toro en realidad estuviera lejos de mi casa y sin rumbo hacia la calle Núñez, donde vivo.
Un valiente ranchero lanza una y otra vez el lazo para atrapar aquélla, una de las figuras del diablo. Pronto el toro desaparecería de nuestra vista, dejando esa tensión en el aire que sólo la cercanía de la muerte puede lograr.
El marihuano suelto- En esas mismas fechas (los recuerdos empujan casi todo al fondo de un único balde que es nuestro pasado), por la calle Leandro Valle los gritos advertían calladamente, de casa en casa, que un marihuano rondaba y venía a la Núñez. Alertados todos esperamos tras las puertas, las ventanas atentas al paso del marihuano. ¿Qué era eso? Yo escuchaba por primera vez esa palabra. Inmediatamente, dado el ambiente en que se dio todo, sospeché algo malo, ¿un asesino? ¿Entrará a nuestra casa? ¿Qué hará una vez dentro? Mi miedo hizo ver (¿o ya ahora mi recuerdo lo inserta?) a un hombre delgado, demacrado, canoso de poco pelo, subir hacia San Pedro con un paso cadencioso e indiferente a lo que los demás hacíamos, espías espontáneos.
La perra que tuvo niños- Ningún miedo más grande que éste, evidente signo apocalíptico del fin del mundo (comentarios generales en esos días, no hay exageración alguna).
Yo había escuchado ese comentario en algún lugar que ya olvidé. El pueblo entero lo sabía (al menos eso era lo que yo creía), el pueblo entero lo comentaba: una perra que fue violada por un tipo tuvo bebés. Como eran bebés de una perra yo imaginé unos cuatro pequeños, del tamaño de perritos, torpes y horribles. ¿Qué harían, qué serían ya de adultos? ¿Los hijos del diablo?
Era común que en aquellos días yo jugara en casa de mis amigos. Toño, un niño sencillo, me invitó a la suya y nos la pasamos tan bien que pronto nos alcanzó la noche. Su papá llegó a la cena y tras saludar a su esposa, comentó sobre la perra y sus bebitos humanos. El terror se apoderó de mí sin sospechar que aumentaría aún más ya que yo tenía que regresar a mi casa y recorres media calle Negrete, media Leandro Valle y un trechito de la Núñez, pero yo sólo, nadie me acompañaría. Tras la valentía que da el “ya qué” me despedí de Toño y me hundí en la oscuridad de la calle.
Cerca de la casa de mi amigo había un portón viejo, de tablas húmedas que apunto estaban de caer. Ahí supuse yo que vería a la perra maldita, ahí mis ojos verían lo increíble. Sería yo testigo de lo que todos sabían. Sentía yo que estaba cerca de uno de los límites de la vida y que difícilmente podría cruzarlo.

/Mis estudios de bachillerato y licenciatura los hice en el Tec. Un camión anaranjado donde difícilmente podía ir sentado o de pie, nos llevaba de la ciudad al Instituto. Maizales, yerbas silvestres y senderos bordeaban la carretera que nos comunicaba. La vía, la vieja vía, del tren era cruzada a diario por lo menos dos veces. ¿Qué aires, qué visiones deparaban aquellos caminos que veíamos, pero que jamás recorreríamos puesto que no conducían a nuestros destinos?/
Ignora el camión y camina, regresa de tu escuela por tu propio esfuerzo, conoce las verdaderas distancias y no las que te dan las velocidades motorizadas. Detente en la vía, observa a uno y otro lado. El viento te apoya y ayuda en la decisión, atrévete y sube en los durmientes que te llevarán a la vieja estación, allá donde Zapotlán termina, donde la Calzada se deshace en polvos volátiles.
Desde los primeros pasos se advierte la aventura, recorrer un camino que otros han visto. Sólo aquellos hombres que trabajan la tierra o arrían vacas y chivas, sólo ellos conocen el cielo en el que te estás adentrando, les robaras visiones tan suyas.
A medio caminar te detienes, miras a uno y otro lado. El enorme domo colorido te ofrece un cielo azul y unas nubes que siempre lo navegan; el amarillo de las milpas secas contrasta y es el viento que se arremolina en tu pecho reduciéndote a un polvo más de su jornada. Perteneces a aquí hasta los huesos, eres uno más en el paisaje y ya no sabes, atemporal, si eres piedra o agua. Pertenecido eres ahora un haz de luz que vuela atomizado tocando cada milímetro del espacio. Insecto con el destino siempre adelante y avanzas.

Uno se siente solo, sin hermanos, sin primos. Se quiere charlar pero también los familiares cercanos permanecen herméticos. ¿Qué hacer con esta larva que mi padre dejó en forma del conocimiento y su sed? ¿Qué hacer con estas manos que mi madre adiestro bajo el signo de la perfección? Salir buscando ese oasis que nos proteja bajo sus sombras, salir pero equivocarse de dirección y adentrarse más en uno mismo hasta lograr el conocimiento y la aceptación de nuestras necesidades. ¡Un amigo! Pero un ser de luz que nos ilumine y no un espejo que nos repita o repita a los demás. Rondar entonces como inconciente abeja insatisfecha, equivocar una y otra vez las flores hasta llegar al néctar buscado. Volver y revisar el camino es notar que los años pasaron, que fue en bachillerato que encontrara la primer flama de incendios posteriores, su nombre: Alejandrina, ¿quién no iba a ser poeta con un nombre así?

Las viejas generaciones lo saben mi familia Ochoa ha sido ingeniosa para hacer reír a quienes los escuchan desde tiempos inmemoriales. Existe una anécdota de un viejo tío haciendo arriesgada travesura a los carrancistas en los tiempos de la revolución allá el Pueblo Nuevo (¿o en La Manzanilla?). Así cada uno de mis tíos y mi padre guardan un caudal de sonrisas debidas a su causa.
Ejemplar como ninguna mi tía Lupe, hermana de mi padre, hacía reír a todos con sus frases y ocurrencias. La principal característica de estos cómicos espontáneos era permanecer impávidos cuando los demás se revolcaban y lloraban de risa frente a sus ocurrencias. Mi tía era así, permanecía seria con aquello que hacía reír a los demás. Sin embargo, esta fórmula de vez en cuando se rompía y había alguien o algo que hacía reír hasta las lágrimas a estos aficionados de la risa. Cuando esto sucedía con mi tía recuerdo que se ponía colorada ya que era de piel blanca, su respiración casi era interrumpida por las risas que emitía casi como si llorara.
La gran “reidora” vio la puerta de la muerte en su propia casa hace ya más de 12 años. Nos cuentan que estaba preparando algo en la cocina cuando sintió algo innegablemente contundente. Lo supo al instante y lanzó en llamada de auxilio el nombre de una de sus hijas, ¡Carmen!, la que siempre estuvo a su lado y cayó. Pronto la llevaron al hospital San Pablo donde permanecería algunas horas en una coma de la cual ya nunca saldría. Al saberlo mi padre y mi hermana Argelia fuimos a verla. Ahí ya estaban instalados dos de los hermanos de mi tía, mi tío Pepe y mi tío Jesús. Después llegarían dos de mis primos que deben ser ya de esos personajes inolvidables de los pueblos, Álvaro y el famoso Tigre de las discos: Richard. Ahí también estaba uno de los hijos de mi tía, mi primo Chuy, de sobrenombre “La Americana”.
Hubo un momento en que pasamos (creo que mi hermana y yo) a ver a nuestra querida tía. Recuerdo que vi el cardiograma (no sé el verdadero nombre del aparatillo ese que indica mediante gráficas luminosas los latidos del corazón) bastante irregular, lo cual me decía, de una manera u otra, el estado de salud de la viejita canosa. La respiración forzada y entrecortada era otro indicio de que las cosas no andaban bien. ¿Cómo hacerle saber que ahí estábamos, que agradecíamos todas las risas y los recuerdos que ella nos proporcionó? No tuve otro medio que acariciarla cariñosamente cuando nadie me veía, eso creo. Toqué la planta de sus pies, puesto que ahí había quedado yo, y pasé mis dedos una y otra vez queriendo decir con eso las cosas que no se podían recibir con palabras. Salimos ya desconsolados.
Afuera mi papá y sus hermanos hacían un involuntario homenaje a la hermana que estaba muriendo. Como extendiendo sus enseñanzas, su forma de ser (y prolongándola a ella) los hermanos contaban anécdotas indeteniblemente haciendo reír al Richard, a Chuy y a Alvarito como nunca lo habían hecho. En vez de cantos de dolor mi tía era despedida con risas en homenaje a lo que mejor supo hacer, reír.

La familia nutre nuestra personalidad, los amigos se encargan de ponerla en práctica. ¿Quiénes son nuestros primeros amigos, nuestros vecinos o nuestros compañeros de clases? Incapaz de responder aquí enumeraré a todos.
Vecinos. Fui el menor de tres amigos del barrio, Manuel, Toño y yo. Sólo Toño tenía hermanos menores que también se reunían con nosotros (Fito y Fer), pero quienes comandábamos éramos nosotros tres. Si me preguntaran quién fue mi mejor amigo de ellos dos he de decirles que ambos ocuparon el mismo sitio aunque eran diferentes (aunque creo que durante la infancia las diferencias son poco notorias, al menos que sean muy evidentes). Manuel vivía por la Leandro Valle, el llamado callejón, justo frente al club Kostka. Tenía una mamá que se identificaba mucho con la mía, se compartían recetas y cosas me mamás. Doña Esperanza (así se llamaba) hacía la mejor de las carnes en su jugo que jamás he probado, era de esas señoras que de tan cercanas uno siente su tía. Inolvidable.
El gran pariente de mi amigo Toño era su abuelo, Don Abraham, un gran anciano de esos cuya fortaleza resulta increíble a su edad. Él vivía al otro lado de mi casa y Toño vivía con él. Aunque mi amigo rondó de una casa en otra, siempre estuvo cercano al barrio Núñez y, claro, a nuestra amistad.
Amigos con los que se comparte la vida, los juegos nocturnos en la calle estaban llenos de imaginación. En ocasiones jugábamos al “bote” (escondidas “temporizadas” por un bote que se lanzaba a lo lejos y cuyo recogedor debería buscar a los otros cuando llevara el bote a su lugar fijo), a la roña y esos juegos clásicos. Pero también, y esos eran los que más me gustaba jugar a mí, escenificaciones que hacíamos sobre la tarima de un camión. Formábamos una pandilla inspirada en otra que veíamos en la televisión y solucionábamos problemas que se nos presentaban. Teníamos bien clasificados los personajes, había el arriesgado y atlético (creo que ese era siempre Manuel), el alegre y dispuesto a ayudar (creo que ese era Toño) y el científico al quien se consultaba para realizar las tareas (a mí me gustaba ser ese).
Definitivamente el mejor tiempo de los juegos era el nocturno. Zapotlán limpio de todo pecado y peligro, nuestros padres no se preocupaban de nuestro comportamiento en la oscuridad ni de que otros hicieran “maldades” con nosotros.
Compañeros de clases. Hice mi primaria en la entonces Escuela Anexa a la Normal, prácticamente los mismos amigos que tuve en el Kinder siguieron allá conmigo. Recuerdo uno en especial del que jamás supe nada y al cual quise mucho. Se llamaba Juan y creo que se apellidaba Ábrica (digo creo porque ahí en la primaria tenía un primo que así se apellidaba), era muy pobre y a mí me gustaba llevarlo a casa y compartir comida con él y hacer las tareas que nos dejaban. Otros amigos que veo de vez en cuando son Rafa Ochoa y Héctor Hernán (me enamoré de su hermana, mucho más grande que nosotros, pero de una belleza que bien podríamos calificar de angelical). Yo vislumbraba en estos amigos a dos hombres seguros de lo que hacían, tal vez por eso siempre fueron demasiado maduros para nuestra edad. Beto Netzahualcoyotl era para mí uno de los niños mejor organizados y más listos del salón. José Ramón, era nuestro campeón de fútbol y todos queríamos que estuviera en nuestro equipo. Iván era el terrible y mal ejemplo de un hijo de un maestro, él era uno de los arriesgados que se atrevían a subir a los árboles de nuestra cancha de fútbol. Con Paco (olvidé su apellido) viví los últimos años de la primaria entre juegos de canicas por la calle (el camellón de la Calzada) y sonrisas sin par. Me gustaba mucho estar con él precisamente por eso, reír, reír hasta olvidar el tiempo.
Luego vino la secundaria, ahí algo pasó (¿la maduración normal de un niño creciendo?) yo era amigo de todas las “bolitas” que se formaban y que enemistaban en ocasiones entre ellas, pero a mi no me importaba o bien no me daba cuenta de tales odios mutuos. Yo era feliz con uno y con otro, de acuerdo a mi estado de ánimo iba con el “Torpedo” o con nuestro jefe, “el Cuervo”. Me gustaba (con algo de envidia, lo admito) estar con Mendiola para ver los dibujos que con naturalidad maestra salían de su mano zurda. Machuca representaba para mí el prototipo del galán juvenil. Alto, güero, bien parecido, las muchachas preguntaban mucho por él y yo quería algo de esa popularidad con ellas. Con quien mejor me “hallé” durante unos meses fue con el “jipi” (¡chin! Yo lo bauticé así, espero que me perdone) quien me regaló una camiseta que me gustó mucho y casi a diario me ponía. La amistad del grupo (en el fondo yo creo que todos se querían) llegó a su punto máximo cuando en tercero se gestó la máxima travesura en la cual nadie se “rajó” y no se delató al verdadero culpable.
Resulta que en esos días andan de moda los “pedos de bruja” (semillas olorosísimas de no sé qué árbol), y a uno se le ocurre remacharlo en el suelo con su zapato cuando la maestra Rosa, la de español, entra a impartir su clase. Su enojo fue tal que casi suspenden completito al tercero E, que ese era nuestro grupo. Afortunadamente no pasó más y todo quedó en una fea anécdota.
Luego vienen los otros amigos, del bachillerato (con las primeras novias) y los de la carrera, pero de ellos hablaré en otro blog.