¿A quién pertenecía el rancho La Fortuna? No lo sé y ahora importa menos. Yo lo conocí cuando mi tío Librado llevara a mi familia a disfrutar, en la sombra de los árboles, de un día de campo habitual y reconfortante. El rancho (tal vez no merezca llamarle así a una construcción tan sencilla) era apenas un cuartucho básico de cuatro bardas, una entrada y el techo, claro. A su lado había un tanque de agua que se llenaba rápidamente con un tremendo tubo del cual salía agua fresca que invitaba a un frío baño para refrescarse de los calores del verano. Tal vez ese era el atractivo principal de aquellos tiempos, ahora reconozco que no era tanto así. Ir a esa zona de Zapotlán, el lado norte, rumbo a San Andrés, era adentrarse en otro Zapotlán, ya no el de los maizales identificatorios, si no el que dependía, física y estéticamente, de la laguna. Territorio lleno de sombras y humedades que contrasta con el paisaje más bien seco que predomina la mayor parte del tiempo en el Valle de Zapotlán, con sus dorados tupos de las milpas ya secas. La humedad de la laguna es pródiga y llena de verdor esa zona propicia para el cultivo de las verduras. Ahí incluso el cielo es distinto ¿esas nubes pertenecen a ese paisaje de manera permanente?

El rancho tenía por dentro algunos artefactos propicios para el cultivo. Yo lo veía como un museo de cosas inútiles e importantes. Trofeos de otros tiempos. Las viejas bardas sin enjarrar dejaban ver unos gastados ladrillos rojos que impregnaban el ambiente con sensaciones que lograban intruducirnos a tiempos idos, un viaje seguro al pasado con glorias no reconocidas de La Fortuna. Ahí llegabamos en un plano camino que terminaba en la casucha esa, una especie de meta que era reconfortante puesto que había un gran árbol que terminaba de hacer frescas todas las tardes.

Fueron pocas las veces que fuimos con mi tío Librado al rancho La Fortuna. Pero años después, un buen amigo del tecnológico, Edgar Fortino, nos invitaría precisamente a ese rancho diciendo que era de su papá. Ya estábamos en bachillerato y me dio alegría volver a ese rancho, pero no dije a nadie que ya lo conocía y que me gustaba sentir el ambiente que se vivía en esos paisajes.

Recuerdo que todos, eramos puros hombres, queríamos bañarnos en el tanque que estaba vacío. Fortino encendió la bomba para llenar de agua el tanque mientras que unos de nosotros bajábamos a bañarnos en el pesado chorro que comenzaba a caer. Los años y el agua habían cubierto el suelo del tanque con una verdísima capa de lama que entonces fue ignorada por uno de nosotros (¿Pedro de Puerto Vallarta?). Quiso este amigo colgarse del tubo donde caía el agua, resbaló y dio un giro del que adivinábamos que terminaría en caída (con uno de esos movimientos rapidísimamente lentos) y fue a caer de bruces sobre el todavía visible piso del tanque. La caída le abrió la piel de la “piocha” de manera extensa, tal fue dicha herida que tuvo que ser cosida por doctores del Seguro Social (no recuerdo quién lo llevó a esos auxilios).

La Fortuna está enclavada cerca de una ladera de esos cerros en los que está  el balneario (otrora una gran hacienda) de la Catarina. ¿Reconoceré el camino para volver a él?