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Cada memoria enamorada guardará sus magnolias, pero también cada inteligencia sensible tiene su Almotasim y el mío fue Librado Arreola, tío mío. Su influencia determinó aquello que quise ser desde muy temprana edad. Con él inició la inquietud de desentrañar símbolos hubiera palabra o no. Lo recuerdo frente a una fotografía que habíamos enmarcado mi papá y yo de un bosque donde se destacaban tres árboles separados por distancias irregulares. Mi tío habló frente al cuadro solamente unos tres minutos y esos fueron suficientes para darnos una imagen ya no de esos tres árboles sino de la crucifixión de Cristo aquel día terrible. De él tengo la habilidad de huir de las frases hechas. En cierta ocasión, de esas muchas en que nos reuníamos las dos familias para comer (¡alegres días idos que no volverán!), nos dijo que había hecho, él y sus hijas, un delicioso jamón que debíamos probar. Tras hacerlo nos pidió su opinión advirtiéndonos que no aceptaría palabras tales como “bueno, delicioso, rico” (ahora me doy cuenta que en su ligero desdén hacia nosotros había una intención formativa). La respuesta exigía una búsqueda entre nuestras reacciones y unas palabras que la definieran. Yo, miedoso, acertaba siempre en el ridículo.

Sus deseos de ser comunista se confundían frecuentemente con un humanismo combativo que no temía nada. Cuando me tocaba verlo sin que él se diera cuenta yo admiraba la forma en que se metía entre la gente, como  exigiendo el espacio que debía ocupar. Hablaba frente a los demás con una seguridad que iba más allá de las exigencias egocéntricas, una seguridad en la palabra dicha que en él fue siempre razonada y fácil. La ayuda de su humanismo se hizo evidente cuando otro tío mío moría irremediablemente y él extendía su mano para auxiliarnos en los traslados necesarios que debían hacerse a Guadalajara para aligerar el dolor de mi moribundo tío Benjamín. Exigía de los demás respeto por las cosas sencillas que son fuentes de vida. Hubo una vez que me “cachó” jugando con unas tortillas que comeríamos es tarde. Me regañó sin chistar diciendo que no debía jugar con ellas. Cualquier otra persona hubiera dejado pasar tal suceso puesto que mi padre estaba ahí conmigo, él no lo hacía así, hacía notar aquello que ciertamente estaba mal y no le importaba (creo que ni siquiera se daba cuenta de ello) quien estuviera frente a quien. Decir las cosas cuando deben ser dichas dejando a un lado la posibilidad de herir moralmente a otras personas, eso fue lo que le aprendí también. Él y su familia son profundamente zapotlenses, pero también, indudablemente, ciudadanos del mundo. Así lo dejaban ver su gusto musical que tenía a la par la música culta europea, la trova cubana y las rancheras intemporales. En la comida era lo mismo, gusto tanto por los tacos como por la deliciosa comida europea que sabían hacer. Un paréntesis: a mí me pareció increíble que estuvieran haciendo nieve de sabores en pleno patio de su casa. Yo sólo conocía la nieve en carritos y eso terminó de hacerme ver que esa familia no era igual a todas las demás. Esa apreciación de lo que está más allá (todos los paisajes europeos) sigue indestructible en mí aún en estos días. Yo también podré ser profundamente zapotlense, pero mis ánimos son universales y esas emociones las aprendí, innegablemente, al lado de mi Tío Librado.