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Mis padres siempre quisieron ver en mí a un artista. Entre discos de Mozart y Beethoven, libros con cuadros del Renacimiento, transcurrió mi infancia. Ahora no estoy muy seguro de que mis padres estén contentos de haber logrado lo que hoy soy (fotógrafo, poeta, ensayista), pero en aquel entonces el deseo llegó a la práctica. Me enviaron a cursos de organo (con Mireya Cabeza de Vaca) y a cursos de solfeo con el maestro Telésforo Martínez.
Todas las tardes (olvidé el horario y los días) iba yo a la escuela José Clemente Orozco, iba hasta el último cuarto de los salones de clases (“Allá, refundanlo”, escucho a nuestras autoridades miopes). Llegaba yo y sacaba mi librote del solfeo y esperaba las indicaciones del viejo. Yo ignoraba, y en el fondo exigía una explicación, a qué iba yo a esas clases. Pronto me aburrí puesto que no entendía para qué me servía saber la longitud de las notas, su nombre y su sonido. Jamás toqué ni un solo instrumento musical y eso era justo lo que yo deseaba. Claro que en aquel entonces yo no sabía que el saber solfeo me capacitaba para muchos más instrumentos de los que yo creía.
Aburrido, repito, ya no asistía a clases y me iba al billar de enfrente. Me sentaba y apreciaba las carambolas que los más diestros lograban una y otra vez. Un día el “coime” me llamó y me dijo que mi presencia en el billar perjudicaba la imagen del lugar (¡sopas!), que me retirara y no volviera. Tuve que irme y no regresar nunca. ¿Qué haría yo ahora sin clases de música y sin las acciones y reacciones del billar? No recuerdo cómo resolví eso, ni siquiera si mi papá se enojó porque yo no iría más con el maestro Telésforo.
Años después, ya cuando entré a la secundaria Benito Juárez (la Uno, la de los pingüinos), un hijo del maestro Telésforo sería quien me daría clases de flauta (la institución señala clases de música, pero en realidad no eran sino más clases de ese instrumento). Yo jamás le comenté al maestro Carlos Martínez (alias Charly, alias Carl, aslias… tenía en su regleta su nombre en muchos idiomas) que su papá me había dado clases hace años cuando yo era niño.
No supe más del maestro Telésforo, ni lo volví a ver. Fue en tercero de secundaria (creo que en ese grado) en que me llegó la terrible noticia de modo también dramático. Se rumoraba (sabemos la velocidad que tienen los rumores) que el papá del maestro Carlos (¿yo era el único que sabía su verdadero nombre?) había muerto, y nosotros teníamos clases ese día, a unas horas, con él. Llegó el maestro Carlos, silencio. Trazó el pentagrama de todos los días, silencio. Ordenó interpretáramos la melodía estudiada. Primer compás. El maestro Carlos se derrumba en llanto, se desmorona en lágrimas. Algo menos que silencio (si es que eso puede existir) fue la respuesta de nuestro grupo. Sólo mirábamos. Yo recordaba al maestro Telésforo con una inocencia decidida a enseñarme música a profundidad, yo recordaba al maestro Telésforo con sus trajes oscuros caminando por las calles. Yo había sido alumno de los dos y me sentía obligado a consolar al hijo dolido. Y ahí me quedé mirándolo, lejano y sintiendo su dolor como el de alguien que también había perdido un amigo secreto.
