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El Dinky. Nunca supe de quién fue este perro, ¿de mi abuelo, de mi tío Benjamín? La cosa es que tener perros en una familia de campesinos es algo completamente normal y éste fue simplemente El Perro. A lo largo de mi infancia escuché que lo nombraron todos, mi madre y sus hermanos; jamás mencionaron a ninguno más durante muchísimos años. Yo lo conocí pero no lo recuerdo, como testigo de nuestra reunión está una vieja foto donde yo tengo menos de dos años. El Dinky era en realidad un perro corriente y no sé porqué se ganó la memoria intemporal de todos en la familia Rodríguez. Me gusta recordarlo obediente y buen compañero de aquel niño que fui yo.

El Guardián. Perro excepcional por dos cosas. La primera era por lo inteligente que se mostraba al lado de mi padre cuando iban a recoger las vacas de mi abuelo Jesús. Obedecía al punto las necesidades del pastoreo, mostrándose feliz y enérgico por el valle de Zapotlán. La segunda es por su origen, hijo de la Duquesa, la cual a su vez fue hija de un par de perros que el Rey de Rumanía, Carol II regalaría al presidente de México, Manuel Ávila Camacho. Imagino que éste le regalaría la Duquesa a algún militar, quien luego se lo regalaría a un pariente lejano que a su vez haría llegar ya en la segunda generación al Guardián a mi abuelo. La amistad entre mi padre y el perro llegaría a tales grados que fue él quien salvó a mi padre de la última “tranquiza” que mi abuelo le propinaría. No sé qué travesura hizo mi papá que se había ganado un par de golpes con la mano o con algún palo. En cuanto mi abuelo sonó el primer golpe, el Guardián comprendería la violencia y se lanzaría sobre la mano de Don Jesús para detenérsela con el hocico de tal manera que no lo heriría de ninguna manera. Mi abuelo bajó la guardia, el perro se tranquilizó y mi padre se salvó. Hay un recuerdo que nos contaba mi papá y que siempre le dolía cuando nos lo contaba. Resulta que al Guardián le gustaba mucho jugar en los charcos a hacer “avioncitos” con el hocico abierto y metido en el agua, corriendo a toda velocidad. En una de esas, ¡zas!, que le toca una piedra que sobresalía y se golpeó fuertemente llegando al sangrado. ¡Lástima de perro! Me hubiera gustado tanto conocerlo.

El Yaqui. Perro de la familia de Don Luis y Doña Eustolia, un “chato” alto y más bien oscuro que andaba libre y dócil en la calle Nuñez, después de haber recorrido los ranchos del Valle de Zapotlán. El Yaqui era portador de lo imposible, era hijo de tres padres (un boxer, un pastor alemán y un doberman), según nos contaba José Luis, quien al parecer más lo quería. Este perro fue de gran ayuda para que mi padre lograra retirarle el chupón a mi hermana Argelia. Simplemente un día le dijo que el Yaqui se lo había llevado y mi hermana resignada aceptó tal acontecimiento y ya nunca más volvió a pedirlo.¿Murió ya el Yaqui? Por su puesto, pero no quiero oirle a nadie dar esa noticia porque para mí el Yaqui sigue allá, entre las vacas corriendo libre y feliz portador de la herencia de sus tres padres.

El carretero que lleva arena de un lugar a otro sube por la calle Núñez. Le alcanzo a escuchar que chifla uno de los valses de Strauss.

El mecánico al que le encargábamos la reparación de nuestro único auto descanza y taratea una de las sinfonías de Beethoven.

Es hora del descanso y del desayuno en la granja que está frente a la gasolinera rumbo a la autopista. Uno de los más viejos trabajadores, encargado de los chiqueros de los puercos, habla de La Feria de Juan José Arreola.

Soy elegido para representar al CETis 157 de Cuauhtémoc Colima en el concurso de prototipos tecnológicos que se desarrolla en Puebla. Allá, en esas instalaciones, voy al “estand” del CBTis de Zapotlán. Veo que ellos presentan una enciclopedia digitalizada mientras que yo presento un sistema para enseñarse a acentuar las palabras de nuestro idioma.

En uno de sus aspectos eso es Zapotlán, un pueblo que gusta de la cultura. Un pueblo humano que prefiere gozar de las expresiones artísticas y hacerlas tan suyas que son parte de su cotidianidad. Ya Octavio Paz nos había hablado que el verdadero valor del Siglo de Oro español no eran las obras de los grandes autores (solamente), si no la capacidad del pueblo para recibir dichas obras. Esta base del pueblo es la que sostiene a sus artistas y si nosotros tenemos a los más grandes represtantes de la plástica, las letras y la música popular es porque nuestro pueblo participa de alguna manera en dichas expresiones.

El año no lo recuerdo, pero seguro fue antes del 85 (¡vaya dato de imperfección!). Mis padres y yo estábamos de visita (como tantas veces) en casa de mi tía Teresa (también madrina de bautizo), yo de seguro jugaba con mis primos. ¿Mi hermana Nidia? ¿Argelia ya había nacido? De repente llegó la lluvia, una lluvia como todas, excenta de cualquier presagio. Nuestras actividades siguieron normales dentro de la casa, comer, beber. Sorpresivamente se escuchó un grito que venía de quién sabe dónde, “¡viene la corriente crecida, viene crecida!” Todos corrimos a ver de qué se trataba. La lluvia ya había amainado y vimos con gran sorpresa que una camioneta pesada era empujada como si nada por la corriente enorme y llena de lodo. Mis tíos vivían por la Prolongación Cuauhtémoc que va de Norte a Sur de modo que la corriente que venía del Oriente nada hizo a su casa.

Nosotros nos quedábamos mirando como no creyendo el poder del agua la cual, para tumbar nuestra incredulidad, arrastraba ahora un carro mediano sin ningún problema. Ambos autos quedaron varados pronto para felicidad de sus dueños por unas enormes rocas que estaban en el valdío de ahí junto.

Cuando el agua bajo, y nosotros nos ibamos ya a casa, ninguno sospechaba lo que había sucedido en los alrededores del Santuario. Bajábamos por la calle Reforma y comenzamos a ver el lodazero antes de llegar a esa iglesia. Recuerdo el rostro de mi madre, tal vez era la única que se preocupó por lo que venía, nuestra casa está muy próxima a un río. Nosotros, los varones, más bien estábamos soprendidos y nada más. Al tomar la calle Núñez (que ya tenía la circulación del Santuario a San Pedro) mi madre confirmaría la desgracia. Toneladas de lodo estaban esparcidas por la calle y de algunas casas salía todavía. Rápidamente entramos a nuestra casa para comprobar que no había daño alguno. Gracias a que el patio trasero, que se acercaba al río mencionado, estaba cubierto por el patio de Don Abraham, el cual, a su vez, estaba cubierto por el paitio de Don Esteban, el cual ahora sí daba al río. Ahí si hubo estragos por la crecida famosa. El lodo se había metido a la casa de Don Esteban y podíamos ver a sus hijas, Chayito y Amparito, trabajando duro por sacar ese lodazal.

¿Pero, qué sucedía con los otros vecinos que también tenían acceso al arroyo crecido? La calle de Leandro Valle (que sirve como una especie de puente) había derrumbado sus bardas por las fuerzas de las aguas indómitas. Una familia, unos niños, mejor dicho, habían sido encerrados (literalmente, ya que su mamá se había ido a Guadalajara y los dejó bajo llave para que no salieran, ni entrara nadie) en la parte Oriente de la calle. Los niños estuvieron a punto de morir ahogados con el agua hasta el cuello y agarrados fuertemente a las ramas débiles de un árbol, esperando que la salvación llegara del cielo. Efectivamente, por la casa de al lado, la de Doña Esperanza, sacaron a los niños desde el techo. ¿Los héroes? Mario y Don Raymundo, hijo y padre quienes desde arriba extendían manos a los niños asustados.

El curso hacia abajo del río había encontrado salida en una zapatería de grandes y pesadas máquinas, propias para dicha actividad. Supimos que la esposa del zapatero había sobrevivido a la inundación gracias a que se “agarró” fuertemente a una de esas máquinas la cual (a penas salíamos de un asombro y entrábamos a otro) fue arrastrada por la corriente y sacada a plena calle Núñez.

De allá, de Reforma, nos llegaron las noticias que la tienda grande de abarrotes, donde trabajaba mi tío Melesio, había también sido arrasada por las aguas crecidas. Esa noticia, lejos de causar penas, a todo el mundo causó alegría. Una oportunidad de justicia divina, así lo veíamos todos, que había castigado a los pinches ricos para darle a los pobres aunque sea una caja de galletas. Y es que la corriente había sacado prácticamente todos los productos de la tienda y se lo había llevado hasta abajo, allá donde termina la calle Manuel M. Diéguez para beneplácito de todos los vecinos que se peleaban por ganar esta o aquella caja de galletas o chocolate.

Después yo le oiría a mi padre informar que un ingeniero, amigo suyo, había mencionado que lo fuerte de la lluvia había caído rumbo al Calaque y que si esa lluvia hubiera caído directamente sobre Guzmán… Zapotlán ya no hubiera existido.

… el diente chueco en la boca. Un error, un desvío, una imperfección donde habría de completarse la curva perfecta. Y ahí, en esa desviación, la puerta abierta a los improperios y los malos dichos. El error ha estado siempre en mi cabeza, una cabeza…

La historia del primer radio que tuvimos en casa se entrelaza a la historia de amor de mis padres. Hay una foto de ellos, bajo una palmera, con mi madre portando un hitachi envuelto en cuero y con correa para cargarlo. Ese radio tenía onda corta una afición que mi padre nunca abandonó y ahora se entretiene con un sony que mi hermana Nidia le regaló. La onda corta significó siempre una especie de marca que nos diferenciaría de los demás con sus AMs y FMs tan comunes. Fue mi abuelito Jesús quien por ese medio se informaba (e informaba a la parte de Zapotlán que terminaba allá en el Testerazo) sobre los acontecimientos de la segunda guerra mundial en un enorme radio de bulbos que tenía el famoso ojo mágico, que servía para indicar una recepción fuerte. Ese radio, alemán, creo, todavía lo conserva mi padre guardado en el fondo de su closet.

Yo también continué la afición por la onda corta y por el radio. Fue mi madre quien me regalaría una radio grabadora de un modelo que utilizarían mucho los albañiles en mi ciudad. Fue en esa grabadora que sintonizando yo estaciones de AM lejanas por la noche, me topé con Radio Educación que tanto satisfaría mi inquietud por otras músicas de otras tierras. Yo escuchaba esta estación en mi cuarto de la casa que para ese entonces era lo último de la casa, más allá se veía el techo del primer piso, el patrio trasero de la casa y ya cerca el gran árbol de Chayito y Amparito que ya estaban en el río. En las noches todo este paisaje desaparecía en la oscuridad y yo me imaginaba que la noche era un mar, mi habitación un barco y la radio el conducto que me llevaba a otras tierras cuando escuchaba Radio Eduación.

La idea, el sentimiento, de estar lejos de Zapotlán era el resultado último de escuchar la radio. Ese transporte me inquieta aún y yo quisiera estar permanentemente lejos de donde estoy. Claro que esa es una contradicción, pero de contradicciones está hecha mi historia, eso se lo debo en gran medida a esas horas que me pasé escuchando la radio y oyendo anuncios que hablaban de calles de otros pueblos que jamás conoceré.