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Las tardes de domingo, cuando estamos libres de toda tarea, nos enfrentamos a la sensación del tiempo puro. Sin salidas ni distractores, dentro de nuestra habitación solitaria, percibimos los movimientos de este insecto escurridizo. No es que nos topemos con la falsa sensación de un tiempo estático; por el contrario, transcurre porque tiene que hacerlo, pero ahora lo sentimos gotear como en un abismo. No es el aburrimiento vulgar que algunos confunden, tampoco hay espacio para las sorpresas. Todo es sabido y pareciera que vislumbráramos el interior de la caverna.

No podemos pensar cuando somos sensación absoluta, logrando la unión simplemente dejándonos navegar. Abarcamos todo como la luz y aún las sombras son nuestra consecuencia. Sabemos el porvenir inútilmente ya que ni la memoria puede darse. Dentro de la eternidad la única posibilidad de hacer algo es comunicarnos con nosotros mismos que, años allá, estamos escuchando.

Hace ya muchos años había por la calle Núñez una casa donde se vendía alfalfa. El número de la casa nunca lo supe, pero era al otro lado (hacia el Santuario) de la casa de Doña Consuelo. Ahí vivía y vendía los manojos y alguno que otro refresco, doña Lola, una viejecilla tupida de arrugas y muy ligerita. No recuerdo haberla visto sentada y quieta alguna vez, siempre moviéndose de un lado para el otro, siempre arreglando sus manojos de alfalfa que, por cierto, quién sabe quien se los traía.

La cosa es que yo iba seguido a comprar los refrescos que mi padre vaciaba en sus borracheras. Doña Lola tenía la particularidad de siempre darnos cambio en monedas de muy baja denominación, casi siempre puros centavitos. Llegaba uno y bajaba los cascos vacíos del balde en que los llevábamos para que luego ella nos indicara dónde estaban los refrescos llenos. Y de nuevo al balde pero ahora ya con el líquido. Toda esa operación duraba sus minutos, pero cuando ella nos daba el vuelto… esos minutos se duplicaban. Tenía que sacar un bonchecito de monedas de una bolsa “naila” (naylon) para ir juntando monedita tras monedita hasta ajustar todo lo que te tenía que dar.

En una de esas ocasiones mi padre me mandó a comprar la consabida ración de refrescos con Doña Lola. De cajón eran el seven y la coca, otros sabores podrían variar en calidad de las costumbres de los amigos que mi padre invitara a casa. Vacié el balde, llené el balde. Pero con sorpresa me di cuenta que una de las cocas tenía letras árabes. Me pareció que era una coca Egipcia, no sé cómo es que llegó ese envase al puesto de Doña Lola, pero me dio un gusto enorme (por primera vez en uno de esos mandados) de tener la posibilidad de coleccionar una coca de aquel país. Seguramente la coca había sido llenada en alguna embotelladora mexicana, pero el simple hecho de tener un casco con esas extrañas letras, hacían de ese refresco algo inigualable.

Llegando, llegando le dije a mi papá de mi adquisición. Inmediatamente agarró la coca y la destapó. Necesitados de seguir tomando no les importó a ninguno de aquellos borrachines el que yo tuviera un verdadero tesoro en mi posesión. La coca, supuse, había perdido todo su valor y aquel casco volvería a llegar a manos de Doña Lola y sus interminables manojos de alfalfa.

La oscuridad no puede más.
El cielo muestra sus pliegues
en sus nubes de negrura
luminosa.
El viento desciende alertando
a todos con su frío.
La luz quisiera mostrar
su origen, pero
el sol se esparce inevitablemente.
La humedad es tal
que permite el descenso de la niebla.
La vista lo admira todo etéreamente.
Bajo esta ilusión
los ánimos se sienten satisfechos
para que todo este espacio
perdure.

Voy en carretera recientemente con mi esposa y lanzo una pregunta con la naturalidad de una respiración: ¿cómo calcularán los ángulos base para el trazado de las curvas en carretera? Rápidamente me doy cuenta que no obtendré respuesta, que esa pregunta debía haber sido formulada en otro lugar, cuando yo estudiaba en el Tec de Cd. Guzmán. Rodeado de físicos, era natural lanzar este tipo de preguntas y si tal vez no encontraramos pronta y certera respuesta, por lo menos había quien se aventuraba a plantear soluciones.

Ser del tec era pertenecer a una numerosa familia en que algunos maestros eran amigos y todos los alumnos una especie de primos. Todos se ayudaban entre sí. Particularmente hablando de la carrera de Informática era común ver que los alumnos de los grados menores se encontraban en problemas con sus tareas y los alumnos grandes les ayudaban a encontrar la solución. Lo mismo podría ocurrir cuando los fuereños venían a estudiar a nuestra escuela. Había siempre alguien que les ayudaba a encontrar el mejor lugar para vivir.

Ser del tec era estar constantemente pegado a cuestiones físicas y matemáticas. Ahí muchos de nosotros entendimos porqué a una ecuación le podíamos atribuir virtudes de belleza. La física era también una oportunidad de divertirse ya que cada año había un concurso de elaboración de puentes de palitos de madera que debían soportar determinado peso para saber cuál era el campeón. Los palitos eran unidos sin más que resistol. Creo que ese concurso tan popular fue instituido por mi amigo Eulalio Álvarez de Zacoalco.

Ser del tec era ser curioso y dadivoso. Se preguntaba y se respondía, había diálogos ilustrativos en cada salón y no importaba si la charla se daba entre maestros o solo alumnos. Aprendizajes siempre inolvidables, definitivamente estar ahí marcó para siempre el que sería yo después.

Mi madre me mandaba a la leche con Gloria la esposa del hermano de mi tío Agapito. Ellos vivían por la Manuel M. Diéguez, muy cerca del Santuario. Llegaba yo puntualmente todos los días por la mañana, habiendo ocasiones que llegaba antes que el ordeñador. Entonces tenía que esperar. Como no tenía más quehacer me dedicaba a hurgar con la mirada la casa o la cochera. Había ahí un viejecillo que me llamaba la atención, no por la edad notoria que tenía, sino porque en sus muñecas tenía pulseras de cuero y eso era mal visto en un hombre en Zapotlán, máxime que ese hombre tenía más de sesenta años.

¿Quién era aquel hombrecillo que tenía la nariz ancha? Pronto me informaron que en sus tiempos de juventud había sido boxeador. ¡Un boxeador en Zapotlán! Pero es que esos seres sólo viven en las películas o la televisión. Nunca supe su nombre, sólo sé que le decían El Campeón, no sé si aludiendo a victorias pasadas o consolándolo por algo que nunca alcanzó.

Jamás platiqué con él, tal vez tenía miedo de hacerlo con alguien que había pasado los umbrales de lo normal para convertirse en una secreta leyenda desconocida.