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Viento. Metro del espacio y del tiempo, porta las distancias en resumen, haciéndonos sentir que somos nosotros quienes giramos.
Gravedad. Alfiler imperdonable, su signo ha fundado las ciudades y son ellas quienes, a su vez, la gravedad de nuestros ánimos.
Voluntad. La huidiza irreconocible, ignoramos incluso su significado llenando ese vacío siendo un ducto de las expresiones.
Sueños. Contradicción de las contradicciones ¿quién ha usado sus ojos para verlos? En lo oscuro indeterminado sucede el teatro limitado y múltiple.
Música. Satisfacción metafísica en lo físico. Ejecución efímera en un tiempo que diluye en la oscuridad aquel que somos para convertirnos en refulgentes moléculas desaparecidas.
uno
La calle Núñez tenía dos sentidos de tráfico vehicular. Con los años la hicieron de un solo sentido como alternativa a la Reforma. La circulación ahora va del Santuario a la Volkswagen. En aquellos días podíamos bajar de la Primero de Mayo hasta llegar a mi casa. No recuerdo de dónde veníamos ni de quién era la camioneta (¿de mi tío Pepe?), pero yo venía “repegado” en la puerta trasera, la de la caja, muy feliz ya de noche por ese día de campo del que regresábamos. Al llegar a casa la camioneta se detuvo para acomodarse bien al costado de la banqueta. Con un reverzón terminaría nuestro viaje. No recuerdo (no porque lo haya olvidado, sino porque se me borró de mi memoria) qué pasó después de ese reverzón, laguna mental que jamás he podido cubrir. La cosa es que caí (me lo dijeron) y al despertar tenía yo cubierta la cabeza con una venda que me cubría hasta las orejas (yo quería tenerlas libres, no veía la necesidad de que ese golpe en la cabeza, según me contaron, tuviera algo que ver con las orejas). La caída debió haber sido muy precisa, me refiero a que el golpe fue directamente en la cabeza y el daño fue provocado no tanto por la velocidad de la camioneta, si no por haberse aplicado directamente el pavimento contra mi cabeza. ¿Qué hubiera sucedido si fueramos a altas velocidades?
dos
La calidad de la electricidad no era mucha. La luz se había ido y tuvimos que prender algunas velas y el quinqué de la casa. Este último estaba colocado en la sala e iluminaba las oscuridades en las que me encontraba yo solo, recostado en el sillón de la sala, disfrutando del paso del tiempo, tal vez jugando con las sombras y el humo que producían esas luces de fuego.
Mi madre me llama para cenar, me levanto del sillón y voy hacia la cocina. Instantes después el farol del quinqué truena esparciendo sus cristales calientes justo donde se encontraba mi cabeza.
La tarde después de los quehaceres y la satisfacción de haberlos cumplido puntualmente. Sentarse en la puerta, a disfrutar del placer de ver los últimos rayos del sol del día. Las largas agujas están listas, el estambre anudado muestra una prenda todavía sin terminar. El clima ya llega con sus fríos y hay que apurar la tarea.
Miles de nudos habrá hecho mi madre a lo largo de su vida para regalarnos un chaleco, un suéter, una bufanda. Ella teje todas las tardes, charlando con las vecinas y amigas, aprendiendo nuevas puntadas para esa interminable tarea que es el tejer.
Cuando hay necesidad de descansar de esas agujas tan largas va a tejer con un gancho para hacer nudos. Eso debe tener su chiste y mi madre pronto lo domina haciendo rápidamente algunas obras llenas de figurines y matemáticas aplicadas. Hay otra técnica que para mí fue la reina de todas, no sé cómo se llamaba pero la “aguja” era una especie de ojo en el que se enredaba el hilo que luego se tejería. Aún conservo algunas “carpetitas” que mi mamá tejió pacientemente de esa forma. Los adornos logrados así son realmente hermosos, florecitas y motivos herbales inconcebibles para aquellos que no sabemos la técnica de este tejido.
Paciencia para aprender un nudo nuevo, paciencia para entrelazarlo con el siguiente, persistencia hasta llegar al final, entereza para iniciar una nueva prenda. ¿No soy yo, entonces, un discípulo que ahora teje con las letras?
…los labios afectados por alguna bacteria. El frío los reseca, pero aún así son medianamente gruesos, pocas huellas de los besos que han llegado a recibir. Rostro, bastante amplio, debido a que…
No recuerdo cuáles fueron mis primeros libros, pero sí mis primeras lecturas. Mi padre había logrado iniciar una biblioteca gracias a esforzados vendedores que hicieron de las suyas allá por los años 70. Muchos de ustedes recordarán en sus propias casas la enciclopedia Quillet (desgraciadamente desaprovechada por todos), el diccionario enciclopédico Salvat y, sobre todo, los volúmenes de Mis primeros conocimientos (¡ah! también la monumental obra México a través de los siglos). La pequeña biblioteca para un niño solitario era suficiente en sus primeros años de lector. Pero pronto fue insuficiente, no porque los hubiera leído todos, ni siquiera porque hubiera leído lo que le interesaba profundamente, si no porque ahí no se trataban los temas que él deseaba saber. La intuición por la filosofía había iniciado, y la satisfacción a tantas cuestiones la encontraría en libros de difícil y tortuosa búsqueda. Deseando saber el porqué de las cosas recorrí una y otra vez las pocas librerías que había en mi ciudad. Tiempos aquellos cuando aún existían los puestos en los portales, era ir hasta la revistería que hacía esquina del portal con la calle Refugio Barragán de Toscano, donde encontraría algunos libros de interés. Luego ir al famoso puesto (librería en toda la forma) del reportero güero aquel que había creado a la inolvidable pareja de investigadores alemanes Krit y Kando. Ahí me surtí de muchos libros del pensamiento universal y también de la literatura mundial. El recorrido terminaba en la otra revistería que estaba en el portal Poniente de la Catedral, esta era la más surtida de todas y tal vez la más visitada. De ahí me hice de varias revistas y periódicos y algunos libros que llegaban a tener.
Todos esos libros los fui poniendo en un esquinero que pronto se llenó. Algunos libros que recuerdo haber colocado ahí: tres de Pablo Neruda (prosa digna del olvido), El doctor Shivago y, sobre todo, mi primer libro de Cortázar, La isla a mediodía, la fantasía indetenible se iniciaba.
Mi biblioteca pronto abarrotaría ese espontáneo librero, para mi fortuna había encontrado los libros que necesitaba para seguir viviendo. Lecciones de filosofía en varios autores, literatura nacional y extranjera. Los tiempos no tenían fecha ni preferencia, podía encontrar en mi biblioteca tanto libros de autores contemporáneos (y hasta locales) como de autores griegos, medievales, etc. Para enojo de mi madre la colección era imparable y ahora creo que en esos libros ve mi desgracia como hombre impráctico que soy y mi rechazo a la iglesia católica como dominadora de las conciencias colectivas.
Lo cierto es que los placeres de aquellas lecturas fueron inequiparables a cualquier otra situación de gozo que me sucedería después. Definitivamente fueron aquellos primeros libros que pude tener en mi cuarto los que me llevarían a saber expresar todo aquello que soy.
