You are currently browsing the monthly archive for Diciembre 2007.

Nunca salí de Zapotlán, de modo que toda mi carrera amorosa, por así decirlo, ocurrió ahí entre esas viejas calles. Hasta podría decirse que mis mujeres fueron a Zapotlán a ser amadas por mí. Cosa curiosa, jamás tuve una mujer de mi propio pueblo (aún así, las más queridas, las gemelas de nombre, fueron las únicas de Jalisco).

Juan José Arreola, amoroso con todas las mujeres, lo sabemos, decía que su novia eterna era Zapotlán. Yo no sentí esa separación necesaria para llegar a amar así a mi pueblo. Por el contrario era yo y mi pueblo tan unidos que bien puedo decir: “yo no amo a Zapotlán, amo con él”. De modo que recorrer de la mano de la amante las calles de mi ciudad era decir:

te quiero con esa iglesia de los 2 mil muertos;
te quiero con esta calle que se pierde allá abajo en el terreno;
mis caricias son el frío que sientes con el viento;
soy tuyo cuando comes el fruto oscuro bajo el cielo,
entro en ti, en lo que miras un poco lento
y te amo con la gente, con mis muertos,
con todas las cruces y las aguas y las plantas y el lado seco;
no te amo yo con mi corazoncito pequeño,
te amo con Zapotlán entero,
su círculo de montañas y su azul cayendo.

Somos una familia que sabe que no es necesario decir “te quiero” para saber el cariño que nos tenemos. Al contrario, las malas palabras con las que nos dirigimos unos a otros, llevan toda la carga de “te quieros” que podemos manifestarnos. “Nangas, pendejas”, de mi tía para sus hijas; “pinche Argelia”, a mi hermana. ¿Latigazos sadomasoquistamente fonéticos? No lo creo, antes bien, cariños enmascarados. Aún así la máxima manifestación de cariño que se nos da en estas tierras friolentas, es cuando alguno de nosotros toma la siesta vespertina y se encuentra a disposición de los vientos. Es entonces que otro llega y en el anonimato del sueño ajeno, cubre con una cobija a aquel que empieza a pasar fríos innecesariamente. El significado: “Duerme indefenso, goza de tus sueños y tu estadía en mi casa, que yo aquí te protejo mientras voy cubriendo tu cuerpo con esta, mi cobija favorita”.

Ofrecer flores

¡Vaya capítulo que he recordado de mi vida! Imagino que las fechas en que hacíamos esto era cercano al 12 de diciembre, ahora ya no lo recuerdo. Mi mamá nos mandaba a mi hermana Nidia y a mí a ofrecerle flores a la virgen. Nos vestíamos de blanco (ella como si fuera a hacer su primera comunión, con velo y todo), cogíamos unas flores y nos ibamos al santuario. Llegando entrábamos por una de las puertas laterales y recorríamos solemnes el pasillo central para depositar las flores en algún lugar.

Lo que se me hacía curioso, ahora que lo recuerdo a la distancia, es que regresábamos varias veces a donde estaban las flores y nos robábamos unas para hacer el recorrido nuevamente. Esto con la simpleza de un niño que quiere jugar a algo. ¿Tendríamos más pecados perdonados por haberle ofrecido flores a la virgen unas diez veces al día?

¡Nel!

Casi siempre las puertas principales del Santuario estaban cerradas. Para entrar a la iglesia debíamos entrar por los arcos laterales. Tras la puerta grande se recargaba el tapete de lujo (supuestamente) que tendían en el pasillo central para ocasiones especiales. Ahí se encontraba acodado Manuel, Nel como le llamaban todos. Un loquito moreno y menudito que vivía en el barrio del Santuario, tal vez por la calle de Manuel M. Diéguez.

A esa misa de la mañana, tal vez de un domingo, llegamos temprano Caco, Gary y yo. Como no había mucha gente y la misa todavía no empezaba nos atrincheramos tras el portón principal. A un lado estaba Nel, también esperando misa. No sabemos porqué, pero Nel empezó a reírse con mis primos, con esa risa apagada inútilmente que sólo tenemos en las iglesias. Reía Manuel, contestábamos nosotros. “¡Ya, cabrones, callense!” Ordenaba yo y todos volvíamos a la seriedad debida. Mirábamos a Nel. Imposible, Nel pelaba los dientes iniciando el pin pong de risitas que iban de allá para acá subiendo su intensidad. Tuvimos que salir para dejar que el cuerpo ejecutara las carcajadas que solicitaba. Ya no entramos a misa porque ahí nos estaría esperando Nel y sus dientotes.