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Aquellos años escuchábamos de niños pasar las motos veloces y ruidosas por la calle Núñez, venían del Santuario e iban hacia San Pedro, las iglesias que delimitaban nuestro barrio. Muchos de nosotros soñábamos en convertirnos en aquellos caballeros ultramodernos que deseaban ir en su moto hasta la mismísima luna (esta no es una metáfora, Manuel, mi amigo de la infancia me había dicho que uno de esos motociclistas tenía literalmente ese deseo). Lo más cercano que podíamos tener aquellos niños que rondaban los diez años eran tan sólo una bicicleta de tipo motocross. Yo ya estaba cansado de mi bicicleta de “panadero” (en la que me enseñé a andar yo sólo, por cierto) y le pedí al niño Dios aquel tipo de bicicleta. A mi amigo Alejandro (de quien hablamos ya en otro blog) le habían traído una como la mía, pero de mejor tipo, de cualquier forma ibamos en nuestras bicis a simular que eran motos y aprovechábamos las rupturas que hacían los árboles por la calle Constitución, resquebrajaduras que nosotros usábamos como rampas para saltar en nuestras bicis.
También en aquella época yo trabajaba frente a mi casa, en el depósito de refrescos del Sidral, con la familia encargada (creo que se apellidaban Fregoso). Ellos tenían un hijo menor que yo con quien jugaba muchas de las veces. Vivían allá frente al museo que fundó don Esteban. Una noche aquel amigo (del cual he olvidado por completo su nombre y ya hace muchos años que no sé nada absolutamente de esa familia) me invitó a ir a su casa en nuestras bicis. Llegamos allá y las dejamos confiados afuera, recargadas en los escalones de la entrada. Aquella calle ha sido siempre poco frecuentada y la oscuridad fue propicia para que me robaran mi querida bicicleta.
Llegué llorando a mi casa, le dije a mi padre que había perdido la bicicleta, me la habían robado. Caí llorando todabía más fuerte sobre su pecho mientras él giraba la cabeza y reclamaba a mi madre: “¿ves, qué te dije?”. Fuimos a la presidencia municipal a dar parte del robo efectuado. Los policías solicitaban el número de cuadro de la bici, pero la maldita factura no lo tenía. Busqueda infructuosa, aún hoy veo cuadros de bicis que se parecen a la mía, aquella robada, pero pintados de otros colores y desearía que aquella fuera mi bicicleta recuperada.
El trauma de haber perdido mi bicicleta perduró durante muchos años. Seguía sintiendo por todos lados un hueco en mi pecho, me sentía responsable de una culpa no tenida, pero esta culpabilidad no me abandonaba. Una de aquellas heridas de la infancia que tardaron en sanar.
Las señas, como las palabras, son creadas y usadas por los pueblos a lo largo de los tiempos. Sin embargo, así como hay palabras que se utilizan y pronto son olvidadas por sus hablantes, hay señas que tienen tiempo de caducidad. Yo recuerdo tres señas que no sé si han muerto ya.
Para mentar la madre
Chocábase fuertemente el puño cerrado contra las costillas produciendo un sonido bofo haciendo de la caja torácica una caja de resonancias. La verdadera habilidad consistía en abrir un poco el puño haciendo una especie de tubo que al chocar producía un sonido como de rápida burbuja en explosión. Entra más fuerte sonara (es decir, más nos chingáramos las costillas) más fuerte era la mentada de madre y por lo tanto el odio mostrado al otro.
Evitar que un perro cague
Cuando a lo lejos se veía a un perro a punto de zurrar, se entrelazaban los dedos medios de ambas manos haciendo un par de eslabones que debían jalarse mirando en todo momento al perro que queríamos afectar. Por una razón desconocida el perro, aún sin vernos, no lograba zurrar en esos momentos. Felicidad generalizada.
Córtala
Esta seña era todo un ritual. Recuerdo que la usábamos en el kinder o los primeros años de la primaria. Tiene una bella inocencia. La usábamos cuando queríamos romper amistad con alguien. Primeramente teníamos que dirigirnos a la persona odiada (claro que de nuestra misma edad) y mostrarle el anillo que formábamos tocando las llemas del dedo pulgar y del índice. Luego venían las palabras devastadoras: “córtala”, y acercábamos el signo a las manos del otro. Entonces el nuevo enemigo hacía un cuchillito con las manos o con el índice y separaba, cortaba, la unión entre nuestros dedos. Con ello se iniciaba una enemistad que duraba poco puesto que luego se buscaba al ser odiado y se le pedía que volvieran a ser amigos, ahora pidiendo que la chocaran. Se extendía el mismo anillo pero ahora separado y el nuevo amigo tenía que cerrarlo con su mano. Cerrado el anillo volvían a ser amigos aquellos que duraron separados menos de cinco minutos.
¿Quién en Zapotlán no conoce al Richard, llamado también el Tigre? Uno de los tantos hijos que tuvieran Don Ramón Ochoa Alcázar y Felícitas del Toro es uno de los personajes que verdaderamente los son en nuestro pueblo (Juan José nos decía que los verdaderos personajes de los pueblos son la gente humilde, los enfermos de todo tipo y no las celebridades políticas o culturales). Conocido en diversos lugares, no es ignorado en las discos y demás antros nocturnos. Trabajador como pocos también tiene un lugar en la memoria de los campesinos y ganaderos de la localidad.
Resulta que este Richard de infinitas anécdotas es mi primo hermano. Recuerdo que en la infancia yo quería tener la imagen del Richard, ser como él y tener la cabellera que tenía en los años 70. Ayer lo vi en las calles de Zapotlán, ya con las arrugas propias de la edad, pero con la mirada eterna del niño que nunca dejó de ser. Saludé al Richard y me reconoció. “Pgrimo”, me contestó, con ese arrastre de la R tan de él y cercano a la pronunciación francesa. Gusto me da verlo y saber que su mamá (mi tía política, como decimos por acá, aunque en realidad yo ya la siento enteramente sanguínea) está bien y andando todavía envuelta en su reboso, caminando por las calles de Zapotlán.
Richard vive todavía por la calle Juárez, calle que alguna vez los vecinos recordaban como de él y de Alvarito (otro primo del que luego hablaremos) puesto que todas las mañanas era barrida enteramente por Richard, la mitad, y por Alvarito, la otra mitad, haciendo con ello el chiste de que no más en eso se la pasaban.
El seguro social focaliza definitivamente la región norte de la ciudad. Sus instalaciones modernas en un tiempo vertían otro sentido a las calles aledañas y las colonias que ahí se edificaron. Nosotros habíamos ido desde muy pequeños a las instalaciones del seguro no buscando los remedios a la salud. Antes bien era sólo por diversión que nos acercamos ahí (uso el plural necesariamente ya que yo nunca fui solo, mas no recuerdo quienes me acompañaban). Adolescentes íbamos de vez en cuando a jugar basket, pero de niños fuimos varias veces a las clases de natación, pero más que nada a gozar del agua y sus frescuras.
Ya en el bachillerato se nos habían otorgado los servicios médicos a todos los estudiantes. De modo que ante las vicisitudes de la salud ahí íbamos a dar. Recuerdo una operación que se estaba gestando y no pudo llevarse a cabo aún hoy.
La entrada a mis ánimos de esta institución (y su inclusión en este diario) se da precisamente porque no lo siento tan mía como todas las otras cosas que he escrito hasta ahora. Creo yo que lo incluyo por en contraste que su modernidad y limpieza marcaban como fin de mi pueblo, ahí acababa Zapotlán y seguían los polvosos pueblos de San Andrés y Gómez Farías.
Fue en la secundaria (¿segundo, tercero?) cuando nos llegó la fiebre mundial por ese rompecabezas que sería uno de los símbolos de los 80, el cubo Rubick. Yo había adquirido uno con los colores de plástico (que eran vistos como los chafas, puesto que los originales tenían los colores en calcomanías que bien podrían arrancarse, nunca comprendí porqué el original era mejor). Lo llevaba todos los día y en los recesos nos poníamos a jugar. Otros compañeros encontraron otros rompecabezas similares, pero indudablemente el Rubick era el rey de todos. Yo pude prontamente armar el color completo de una de sus caras, luego una de esas caras con el siguiente nivel bien ordenado (como debería armarse una cara realmente). Ya había voluntad, inteligencia y paciencia en esa intención. En seguida pasé a armar el segundo nivel y así me fui atreviendo, con resultados positivos, armando una cara, luego dos y luego tres. Así sin método alguno pronto llegué a armar el cubo completamente por mí mismo. La primera ocasión que logré tal hazaña fue en mi cuarto en una mañana. No tenía la intención de armarlo por completo, pero al armar correctamente el mayor número de caras posible me fue dado armarlo todo. Pegué tal grito de felicidad que mi madre, allá en la cocina se asustó.
El cubo Rubick tiene una técnica de armado que ya luego aprendí logrando armarlo en menos de 2 minutos (mecánica, la cosa). Sin embargo, lo realmente interesante es sacarle el jugo filosófico a todos estos juegos (recordemos que el origen de este juguete era una aplicación didáctico-matemática), para mí fue comprender que todas las cosas tienen por lo menos dos lados y que si no podemos ordenar por uno de sus lados ese dilema, podremos hacerlo por su otro lado.
Una ocasión que veníamos de la escuela temprano, yo le presté mi cubo al Torpedo (Óscar) para que jugara con él. Nos venimos caminando por la calle 1o. de mayo y a la altura de la Efraín Buenrostro, a un costado del tope, mi amigo iba en tal concentración que no se percató que iba abajo de la banqueta y, tras ver que una camioneta pudo haberlo atropellado, me lanzó el cubo y me dijo que esa chingadera podría haberlo matado.
