Fue en la secundaria (¿segundo, tercero?) cuando nos llegó la fiebre mundial por ese rompecabezas que sería uno de los símbolos de los 80, el cubo Rubick. Yo había adquirido uno con los colores de plástico (que eran vistos como los chafas, puesto que los originales tenían los colores en calcomanías que bien podrían arrancarse, nunca comprendí porqué el original era mejor). Lo llevaba todos los día y en los recesos nos poníamos a jugar. Otros compañeros encontraron otros rompecabezas similares, pero indudablemente el Rubick era el rey de todos. Yo pude prontamente armar el color completo de una de sus caras, luego una de esas caras con el siguiente nivel bien ordenado (como debería armarse una cara realmente). Ya había voluntad, inteligencia y paciencia en esa intención. En seguida pasé a armar el segundo nivel y así me fui atreviendo, con resultados positivos, armando una cara, luego dos y luego tres. Así sin método alguno pronto llegué a armar el cubo completamente por mí mismo. La primera ocasión que logré tal hazaña fue en mi cuarto en una mañana. No tenía la intención de armarlo por completo, pero al armar correctamente el mayor número de caras posible me fue dado armarlo todo. Pegué tal grito de felicidad que mi madre, allá en la cocina se asustó.

El cubo Rubick tiene una técnica de armado que ya luego aprendí logrando armarlo en menos de 2 minutos (mecánica, la cosa). Sin embargo, lo realmente interesante es sacarle el jugo filosófico a todos estos juegos (recordemos que el origen de este juguete era una aplicación didáctico-matemática), para mí fue comprender que todas las cosas tienen por lo menos dos lados y que si no podemos ordenar por uno de sus lados ese dilema, podremos hacerlo por su otro lado.

Una ocasión que veníamos de la escuela temprano, yo le presté mi cubo al Torpedo (Óscar) para que jugara con él. Nos venimos caminando por la calle 1o. de mayo y a la altura de la Efraín Buenrostro, a un costado del tope, mi amigo iba en tal concentración que no se percató que iba abajo de la banqueta y, tras ver que una camioneta pudo haberlo atropellado, me lanzó el cubo y me dijo que esa chingadera podría haberlo matado.