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Las constantes visitas que hacíamos hacia la casa de mi tía Teresa (hacia el rumbo de San Cayetano) eran para ir a comer, estar juntos y charlar (casi siempre unas pláticas que entre mi tío y mi papá derivaban en encontronazos de posturas políticas). Al terminar de comer, y para hacer digestión, salíamos a caminar (no sé porqué sólo los hombres, hoy que lo recuerdo) hacia el cerro que esta en el rumbo de Chuluapan. El cerro es un peladero deprimente, lo cual demuestra que no íbamos hacia allá más que por la pura recompensa del ejercicio. Dos anécdotas recuerdo que pasaron. La primera con un borrachín y su burro. Apenas llegamos a las faldas del cerro, ya las últimas casas, cuando vimos sentado en una piedra, a la sombra de un árbol, a un viejito con las manos cruzadas sobre las rodillas, un burrito le lamía los dedos mientras nosotros nos acercábamos. Caminábamos y el burro seguía firme en su empeño goloso. Ya cerca el burro seguía entretenido en los dedos del viejo. No soportando más o con la rabia retardada el viejo grita: “¡cabrón, creo que me quieres morder!”.

La segunda anécdota fue más social y tal vez alguno de ustedes la recuerde: la aparición de la virgen. Resulta que por todos rumbos de San Cayetano se oyó que la virgen se había aparecido en una piedra allá en Chuluapan, siendo una zona ya frecuentada por nuestros pasos y atisbada nuestra curiosidad, decidimos ir a ver a la virgen. ¿Pero dónde exactamente se encontraba la aparición? Ni siquiera hicimos la lucha por buscar el lugar y la piedra precisa, ya varias personas eran testigos del milagro. Hacía allá dirigimos nuestros pasos, a ese convite involuntario. Una señora casi caía de rodillas ante la piedra exhibida, de modo que nos sirvió como una especie de guía. Maravillados (o al menos dispuestos a la maravilla) nos acercamos al monolito en cuestión, una roca como de un medio metro de alta, gris y rugosa por todos lados, como buena piedra de la región. En esas rugosidades se visualizaba perfectamente la imagen de la Guadalupana, según nos decía nuestra guía espiritual: “miren, aquí está el rostrito y por acá el manto”, casi llegaba al llanto. Nosotros buscábamos una y otra vez no consiguiendo llegar a ver absolutamente nada. Yo pensaba, el manto, el manto es una línea más larga que cualquiera del rostro, me empeñé en encontrarlo. Buscaba con afán la línea del manto. No encontré nada. La señora continuaba afirmando que ahí se le veía el rostrito y yo que no veía nada. No cruzamos palabra alguna con nadie sobre la invisibilidad de la virgen (¿o era que nuestra poca fe nos cegaba?).  Nos retiramos decepcionados, no sin antes advertir que un vendedor de raspados, tejuino y frutas picadas, nos ofrecía sus mercancías para soportar el agobiante sol que ya para entonces caía.

Llegaron al kiosko del jardín principal, subieron sus escaleras. Continuaron la charla que ahora se tornaba más amena. Tú viste la hora por primera vez: 8:30. Veían pasar a la gente disfrutando de un buen clima y las primeras sombras de la noche. Niños jugando, adultos presurosos en sus bicicletas, la vida pasaba bajo las lámparas de una luz horriblemente amarillenta. Pudieron haberse besado, pudieron haberse abrazado, ya no lo recuerdas, pero indudablemente compartían su ser a través de las palabras.Hablaban y veían. Los perros oteaban a los traseuntes, hasta las ratas que salían protegidas por las sombras tomaron relevancia en aquellos minutos que transcurrieron hilvanados por la plática confortante. Hablaban y seguían hablando, llevaban apenas transcurridos 15 minutos de charla cuando consultaste de nuevo tu reloj, tal vez impulsado por la extrañeza de que ya no circulara tanta gente a esa hora de la noche. Te diste cuenta que ya eran las 12:00 de la noche, ¿qué había sucedido? ¿por qué en un cuarto de hora habían fluido más de tres horas? El tiempo debe haberse roto aquella noche, o alguien les había permitido un extraño acceso en el flujo corriente con el boleto de la intemporalidad.

Ahora comprendes que ese fue su gran don y que solamente lo podrán reconquistar cuando se encuentren de nuevo juntos.

Mi cariño a mi familia (o mis familias, mi padre y mi madre y sus hermanos) es incuestionable y espero que también sabido. Este cariño se me ha desbordado hacia dos mujeres que no son de la familia sanguínea. Su amabilidad constante y su presencia como eje de su propia familia han despertado en mí mi admiración y cariño.

La primera es Felícitas, la esposa de mi tío Ramón, madre de una docena de hijos, siempre constante y férrea ante las adversidades. Se ve pequeñita y dispuesta siempre al abrazo, pero en realidad es fuerte como ninguna. Sin embargo, no quiere nuestra admiración y su humildad toma forma de un interés hacia las personas cuando estamos a su lado, preguntando siempre por nuestra salud y nuestros quehaceres.

La segunda es Margarita Jiménez, la hermana de mi tío Agapito. También ser amable es su forma de ganarse a la gente. Distinguida y correcta en el hablar. Una mujer trabajadora cuyo esfuerzo se ve reflejado en su propia casa, ésta es una extensión de su propia forma de ser, limpia y abierta, siempre dispuesta a recibir a quien toque a sus puertas.

Dos mujeres que ya no forman parte de aquellas sus familias, si no que han sido adoptadas por mí como verdaderas tías de sangre.

Nunca tuvimos auto en la familia. Los paseos los hacíamos en los carros o camionetas de los compadres o tíos. Casi nunca tomamos el “circuito”, de modo que a todos lados íbamos caminando. Así llegaba yo a la Montaña Oriente, arriba de la calle Lázaro Cárdenas, o hasta los inicios de Chuluapan, donde vive mi Tía Teresa. Prácticamente los cuatro vientos de mi Zapotlán los recorrí caminando.

En nuestras frecuentes salidas a El Fresnito se nos hacía descender de los carros para que éstos cruzaran sin pegar en las piedras puntiagudas que siempre los amenazaban. Llegando al empedrado de la calle había que recorrerla sobre ella y no sobre las banquetas puesto que casi no había estas últimas. Esto nos forjó los tobillos y nos enseñó para siempre a caminar sobre las piedras (hoy noto que la gente de las grandes ciudades no sabe caminar sobre ellas).

En cierta ocasión se me ocurrió caminar yo solo desde el Tecnológico hasta mi casa, yendo sobre la vía del tren hasta llegar al inicio de la Calzada Madero y Carranza, subirla hasta Reforma y al final la Núñez. Este ejercicio me sirvió para conocer la verdadera distancia que nos llevaba de nuestra ciudad hasta nuestro Instituto.

Caminar para conocer, caminar para comunicar, pero sobre todo caminar para disfrutar. Esto último gracias a la bendición de clima que tenemos en nuestra ciudad que nos permite recorrer caminos sin sudar por calores agotadores. Existirán ciudades que se conocerán por otros medios menos por el esfuerzo propio del caminar, pero definitivamente nuestra Zapotlán deberá ser conocida, por quien así quiera hacerlo, sobre todo caminando.

Los primeros días escolares en la secundaria nos hicieron un examen de aptitudes con el que se nos aconsejaría cuál sería la materia extra escolar que llevaríamos. Había taquimecanografía (por supuesto tildada como para jotos según nuestra visión miope de una realidad que apenas estábamos conociendo), corte y confección (definitivamente rechazada por todos los hombres), estructuras metálicas (habría que ir cargando fierros pesados casi todos los días, no, no era para mí), carpintería. Como durante los primeros años de mi infancia yo había ayudado a mi padre a construir las camas que todavía usamos, y como él tenía relación con los árboles y las madererías de la región, puesto que trabajaba en la Dirección Técnica Forestal, pues lo más natural era que yo escogiera esta última, carpintería. Mis respuestas al examen iban encaminadas a que se me incluyera en la materia de carpintería.

Yo sabía que el maestro de dicha materia era el famoso Moisés (no sé qué apellidos), alías, el maestro Moy. Maestro que yo ya conocía puesto que lo veía en los talleres de la Normal (recuerden que yo había estudiado la primaria en la anexa a la Normal y que lo más habitual en los recreos era ir a las instalaciones de aquella súper escuela dejarnos impactar por los alumnos que ahí estudiaban). Muchas veces lo llegué a ver rodeado de alumnos dando indicaciones de cómo trabajar la madera, de modo que, un tanto familiarizado con su imagen, lo adopté (por decirlo así) como mi maestro durante los siguientes tres años de la secundaria.

Este maestro llegó a ser de aquellos que dejaron la imagen del maestro para convertirse en un verdadero amigo. Muchos de nosotros confiábamos las nuevas inquietudes que como adolescentes teníamos y que rondaban, la mayoría, en torno al sexo. El maestro respondía sin inmutarse sabiendo que sus respuestas influirían positivamente en nosotros.

Además de recibir lecciones de la vida, el cotorreo estaba a la orden del día con don Moy. Nos hacía reír y nosotros respondíamos con cariño. Era también ingenioso el maestro, muchas veces no sabíamos cómo resolver tal o cual problema de geometría y él nos daba la solución en rápidos ejemplos que captábamos maravillados.