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¿Cuál era mi estrella? Amigo de todos en la secundaria pronto vería mi suerte en los dos capítulos que narro a continuación. Había un juego que se llamaba “el puente robado”, si mal no recuerdo, que trataba de hacer una especie de víbora de la mar. Parejas, un hombre y una mujer, tomaban sus manos entrelazadas y alzaban sus brazos frente a frente y al costado de otras parejas que hacían lo mismo. Un “impar” tenía que recorrer por debajo ese puente de brazos y escoger por la cintura aquél o aquélla que le gustara. La nueva pareja iba al fondo del puente y formaba un nuevo arco, el solitario reciente hacía el mismo recorrido para elegir a su nueva pareja. Ese era el juego que creo que sólo jugué una sóla vez. A mí nadie me escogía, fui un permanente arco solitario. Recuerdo que solamente una muchacha me eligió la única vez, pero se le notaba que lo hizo por lástima ya que era notorio que nadie me elegía a mí.
Otro episodio de triste recuerdo fue aquel día en que invité a todos mis compañeros a una fiesta, una cena, donde mi madre prepararía sus mejores platillos para mí y mis amigos. La primer noche de octubre llegó y ninguno de mis compañeros a mi casa.
¿Era entonces mi destino el de la soledad? Afortunadamente eso se rompió unos años después en que invité a mis nuevos amigos del bachillerato a cenar a mi casa a celebrar mi cumpleaños. Está de más decir que esa invitación significaba mi más alta muestra de cariño a estos amigos a quienes advertí (¿inútilmente?) que no me fallaran como aquellos de la secundaria. Trauma a la vista. De cualquier forma todos asistieron. Llegaron juntos, las hermanas Paredes (Ileana e Ina), Kena, Humberto (hoy mi compadre), ¿fueron Alfredo y Claudia? Ya no recuerdo y si olvido a alguno espero que entienda que la omisión de hoy no disminuye en nada el enorme agradecimiento que les tuve en aquel entonces por haber asistido a mi cena de cumpleaños.
Acá, donde trabajo, en la UPN, Colima, me invitaron a participar en un tallercito de literatura pidiéndome una carta a un normalista. Inmediatamente tuve la idea de recordar los tiempos que viví en la Anexa a la Normal, en plenos años 70s, explosión de constantes huelgas y fiestas juveniles. Aquí la carta.
Villa de Álvarez, Colima, a 24 de abril de 2008
Estimado Pablo:
Tal vez no me conozcas y te muestres sorprendido al recibir esta carta. Creo necesario contar algunas cosas que te lleven a recordar quién soy yo, puesto que seguro es que ni siquiera reparabas en los niños que te veíamos asombrados hacer las cosas que tú y tus compañeros hacían a lo largo de la escuela y más allá, en el pueblo entero.
¿Recuerdas las tomas de camiones que hacían en las calles de la ciudad? Yo estaba ahí, a un costado mirándote. Veía cómo detenían el camión y, amablemente, pedían a chofer entregara la unidad. Se dirigían a la gente explicando sus acciones y, además, algunos de ustedes llevaban a tal grado la amabilidad que portaban las maletas de los viajeros hasta la puerta de su casa. Claro que elegían los camiones que llegaban a destino y no aquellos que apenas partían.
Llegué a verte cómo manejabas el camión para meterlo a la Normal y, si sus peticiones no eran escuchadas, prenderle fuego. No sé porqué me tocó ver uno de esos autobuses arder en la noche (se supone que yo iba a la primaria en la mañana, de modo que ir en la noche resultaba algo ilógico), pero era un espectáculo que emocionaba en aquellos tiempos de revuelta.
Sólo una fecha yo me llenaba de terror, el día del estudiante, en que te veía agarrar a los recién inscritos para darles su “bienvenida” y llenarlos de pintura o bañarlos en petróleo. Temía que por mi estatura me confundieran con alguno de ellos y también me hicieran uno de esos recibimientos. Afortunadamente ese día pasaba pronto y ya luego se volvía a la normalidad, que en su caso era la constante huelga en la Normal.
Pablo, yo era uno de esos alumnos a los que tú fuiste a dar clase a lo largo de una semana. Nuestra escuela era algo así como experimental y estábamos acostumbrados a tener muchos maestros a lo largo del año escolar. En ocasiones hasta tuvimos siete maestros distintos en una semana, ¿qué sucedería en nuestra capacidad de aprendizaje con esos cambios tan repentinos?
Pablo, yo soy uno de aquellos niños que te vieron hacer todas esas acciones que no calificaré de buenas o malas. Aquí lo que importa es hacerte saber que si una repercusión tuvieron fue en mis ánimos, donde se quedaron marcadas para siempre. Yo fui tu alumno; yo fui tu espectador; yo soy, todavía, un entrañable admirador tuyo.
Guillermo Ochoa-Rodrigues
1. Mi amigo Marco Antonio Chávez, mejor conocido como “El Villa”, con un cierto disgusto de estar ahí entre nosotros y haberse perdido un viaje con sus familiares: “si no hubiera venido allá estuviera”.
2. Mi padre camina al lado de mi tío Agapito en una de las calles de Tamazula y dice: “¡Qué larga está esta cuadra!”, a lo que responde mi tío: “Ni tanto, se acaba en la esquina”.
Murió el “Chino” del Toro. Dueño de quién sabe cuántas casas y terrenos, con él murió una época que Zapotlán recordará todavía unos años más. ¿A la colonia 16 de Septiembre todavía la seguirán llamando la colonia del Chino? La casa de mis padres en Zapotlán le pertenecía a él y se la vendió a mi padre. Por eso, y porque mi abuelo fue amigo del Chino y su familia, mi papá me pidió lo acompañara a la misa de su funeral.
Fuimos a la catedral, llegamos cuando todavía no había tanta gente. Pero la suntuosa iglesia no tardaría en llenarse no sólo de familiares, también estaban los viejos conocidos que quería despedirse por última vez de aquel personaje que mi padre reconoce como el “Don Abigail” de la novela La Feria, de Juan José Arreola.
Estar al lado de mi padre en aquella misa era un juego de reconocimientos y repaso a tiempos perdidos. “¡Mira, vino tal!, ¡Qué vieja se ve ya esta otra!”. Pero más que nada era el silencio una forma de acompañar a los familiares que elegantes esperaban, rezaban o escoltaban la caja aquella que contenía ya un cuerpo muerto.
Dicho silencio era roto por los acordes dolientes de la orquestita del maestro Carlos Martínez a quien yo reconocí con gusto y esperaba saludarlo en cualquier momento. Al termino de la misa todos, bajo el manto de la fachada de catedral, saludábamos y compartíamos dolores con la familia. Al ver pasar al maestro Carlos lo atajé para saludarlo. No me reconoció, apenas respondió las trilladas frases de “bien, aquí ando ¿y tú?”. Luego se perdió entre la gente con la mirada intrigante como buscando a alguien.
Hijos ya viejos custodiaban a su padre. Por lo menos los reconocí visualmente, a quienes ya no conocí de plano fueron a los nietos y bisnietos. Sin embargo, uno de los bisnietos (¿o tataranieto?) de unos ochos años resumía todo el dolor y la entereza de la familia frente a las adversidades. Al lado de su padre, y en las primeras bancas, este niño con camisa blanca retenía su llanto y negaba la muerte de su abuelo mirando hacia atrás, en línea contraria al féretro, por eso es que pude yo mirarlo. Las lágrimas salían porque tenían que hacerlo en contra de la voluntad de ese niño de mirada dura que no aceptaba lo que veía.
Al final de la misa uno de los hijos agradeció en nombre de toda la familia del Toro la presencia de tantos amigos a la misa de difunto. Los mitos son importantes para todos y desde los micrófonos de la iglesia insinuó cierta santidad que muchos pondrán en duda acerca del padre muerto. Dijo que el Chino nació un Viernes Santo y que también había muerto un Viernes Santo. Ciclos cerrados con los que la familia quería asegurar la entrada del patriarca al cielo. Aunque la misa fue este Viernes Santo del 2008, ¿no es tradición que entre los mexicanos cuando alguien muere se le deja un día en casa al muerto y después se le hace la misa al siguiente día? ¿Murió el Chino en realidad el Jueves Santo?
En realidad eso no importa. Cada quién tendrá su signo particular de esa muerte y yo me llevo una última visión de un mundo hacendal que no volverá más a mi país y mi región. La muerte cristiana debe reconfortan más que doler y yo estaba contento al ver nuevamente a los amigos de infancia de mi padre. Allí afuera saludamos al orgulloso Nene del Toro quien nos mostraba uno de sus tres hijos que era veterinario. Mi tío Pepe también recordaba tiempos de juegos entre tierras todavía inóspitas. Mi primo Felipe pasaba sonriente como siempre.
Reunión para llorar, pero también reunión para reconfortar. Uno que muere, pero también muchos que viven por los actos y los hechos de aquel hombre que fue protagonista de la historia.
