Murió el “Chino” del Toro. Dueño de quién sabe cuántas casas y terrenos, con él murió una época que Zapotlán recordará todavía unos años más. ¿A la colonia 16 de Septiembre todavía la seguirán llamando la colonia del Chino? La casa de mis padres en Zapotlán le pertenecía a él y se la vendió a mi padre. Por eso, y porque mi abuelo fue amigo del Chino y su familia, mi papá me pidió lo acompañara a la misa de su funeral.
Fuimos a la catedral, llegamos cuando todavía no había tanta gente. Pero la suntuosa iglesia no tardaría en llenarse no sólo de familiares, también estaban los viejos conocidos que quería despedirse por última vez de aquel personaje que mi padre reconoce como el “Don Abigail” de la novela La Feria, de Juan José Arreola.
Estar al lado de mi padre en aquella misa era un juego de reconocimientos y repaso a tiempos perdidos. “¡Mira, vino tal!, ¡Qué vieja se ve ya esta otra!”. Pero más que nada era el silencio una forma de acompañar a los familiares que elegantes esperaban, rezaban o escoltaban la caja aquella que contenía ya un cuerpo muerto.
Dicho silencio era roto por los acordes dolientes de la orquestita del maestro Carlos Martínez a quien yo reconocí con gusto y esperaba saludarlo en cualquier momento. Al termino de la misa todos, bajo el manto de la fachada de catedral, saludábamos y compartíamos dolores con la familia. Al ver pasar al maestro Carlos lo atajé para saludarlo. No me reconoció, apenas respondió las trilladas frases de “bien, aquí ando ¿y tú?”. Luego se perdió entre la gente con la mirada intrigante como buscando a alguien.
Hijos ya viejos custodiaban a su padre. Por lo menos los reconocí visualmente, a quienes ya no conocí de plano fueron a los nietos y bisnietos. Sin embargo, uno de los bisnietos (¿o tataranieto?) de unos ochos años resumía todo el dolor y la entereza de la familia frente a las adversidades. Al lado de su padre, y en las primeras bancas, este niño con camisa blanca retenía su llanto y negaba la muerte de su abuelo mirando hacia atrás, en línea contraria al féretro, por eso es que pude yo mirarlo. Las lágrimas salían porque tenían que hacerlo en contra de la voluntad de ese niño de mirada dura que no aceptaba lo que veía.
Al final de la misa uno de los hijos agradeció en nombre de toda la familia del Toro la presencia de tantos amigos a la misa de difunto. Los mitos son importantes para todos y desde los micrófonos de la iglesia insinuó cierta santidad que muchos pondrán en duda acerca del padre muerto. Dijo que el Chino nació un Viernes Santo y que también había muerto un Viernes Santo. Ciclos cerrados con los que la familia quería asegurar la entrada del patriarca al cielo. Aunque la misa fue este Viernes Santo del 2008, ¿no es tradición que entre los mexicanos cuando alguien muere se le deja un día en casa al muerto y después se le hace la misa al siguiente día? ¿Murió el Chino en realidad el Jueves Santo?
En realidad eso no importa. Cada quién tendrá su signo particular de esa muerte y yo me llevo una última visión de un mundo hacendal que no volverá más a mi país y mi región. La muerte cristiana debe reconfortan más que doler y yo estaba contento al ver nuevamente a los amigos de infancia de mi padre. Allí afuera saludamos al orgulloso Nene del Toro quien nos mostraba uno de sus tres hijos que era veterinario. Mi tío Pepe también recordaba tiempos de juegos entre tierras todavía inóspitas. Mi primo Felipe pasaba sonriente como siempre.
Reunión para llorar, pero también reunión para reconfortar. Uno que muere, pero también muchos que viven por los actos y los hechos de aquel hombre que fue protagonista de la historia.

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