Estudié computación y soy escritor, es decir, tengo contacto frecuente con el teclado de las computadoras (y, en su tiempo, con el de las máquinas de escribir). La agilidad que tengo con esta herramienta la desarrollé con un par de maestras bastante viejecitas que me entrenaron en el arte de la mecanografía. La invitación a “estudiar” con ellas la recibí de mi prima Claudia Ochoa, con quien iba todas las tardes allá, más abajo del hospital de salubridad, a una pequeña casa que había sido acondicionada como tallercito de escritura con unas grandes y viejas máquinas de escribir.

Llegábamos cada uno a su máquina e intruducíamos dos hojas para que el golpeteo de las teclas afectase lo menos posible al rodillo de la máquina. Los primeros ejercicios (bueno, en realidad todos) eran muy aburridos, tener que repetir una y otra vez la letra A oprimiendo la respectiva tecla con el meñique de la mano izquierda hasta llenar por completo una hoja. Siguiente ejercicio: alternar la letra A con la S que se encuentra a la derecha y corresponde al dedo anular. Hasta llenar una hoja, letras con los dedos izquierdos y letras con los dedos derechos, hasta llenar una hoja. Las estrictas señoras (he olvidado su nombre) no permitían más de tres errores en cada hoja. Tuve que repetir varios ejercicios creyendo que burlaría a las viejecitas a quienes consideraba carentes de buena vista. Con ellas llegué a dominar las filas de las ASDF, las QWER y las ZXCV. Respecto de las teclas numéricas no llegué a presentar ejercicio alguno puesto que me salí de ese taller mecanográfico, no recuerdo la razón de esa decisión, pero la imagino: si ya domino tres hileras de letras, la cuarta debe ser similar. ¡Vaya optimismo! Hoy en día no son capaz de escribir número alguno sin voltear a ver la tecla que necesito.