Nuestra casa de Núñez fue ajustada, en diferentes etapas, a las necesidades de una familia que crecía. La verdad es que el deseo de tener una mejor casa vendría de mi madre, y el dinero, la contratación de los albañiles, vendría de mi padre. Yo recuerdo que en una de esas etapas se nos terminó el mosaico para la sala, de modo que mi padre me envío, en mi bicicleta, a comprar unos cuantos para terminar de cubrir el piso. Debía comprar cinco, con eso sería suficiente. Yo podía traerlos fácilmente en mi bici. Recibidas las indicaciones de dónde se encontraba el taller, me dirigí hacia allá. Eran una de esas callecillas olvidadas por la modernidad que seguían empedradas y que cruzaban una de las calles más importantes de la ciudad, la Primero de Mayo. La callecita (tendré que usar estas referencias puesto que no recuerdo su nombre) era la anterior a la Felix Torres Milanés (ahora llamada Alberto Cárdenas, creo). Yo seguía las indicaciones de mi padre que me dijo que de la Primero de Mayo doblara hacia la derecha, como bajando hacia la Constitución y que por ahí vería el famoso tallercito. No encontrando nada subía y bajaba y me adentraba por otras calles queriendo llegar pronto al taller y, en realidad, perdiendo el tiempo. Pensaba en la joda que me acomodaría mi papá al llegar tan tarde por un mandado tan sencillo: sólo cinco méndigos mosaicos. Preocupado volví a recorrer el camino indicado dando al final de cuentas con el lugar buscado (la cosa es que el taller no tenía fachada normal a lo largo de la calle, como todas las demás casas, sino que se encontraba en un “codo” que burlaba mi atención.

Bueno, ya no habría que seguir sufiendo por la búsqueda del taller, lo había encontrado. Ahora seguía simplemente solicitarle al trabajador los cinco mosaicos y meterlos en el costalillo que traía, subir a la bici e irme a la casa. ¿Cuánto es? Pregunté, ciento venticinco pesos, respondió. ¡Chinguiasú! Resulta que mi padre me había dado sólo cien. ¡Ahora sí me iban a fregar, tanto tiempo perdido y además llegar con las manos vacías! No podía hacer nada (claro, podría llevarme cuatro, pero eso apenas lo pienso ahorita), de modo que le dejé los mosaicos y salí entristecido hacia mi bicicleta.

Al querer subir un pie en el pedal voy viendo algo tirado entre las llantas de la bici, ¡un billete! Lo agarro y veo que, para mi sorpresa, envuelve una moneda. ¿Total? ¡Venticinco pesos! Justo lo que me faltaba. Los agarré y entré corriendo al taller y le dije al trabajador que siempre sí me los diera, que me los llevaba y que aquí estaban los $125.00 completitos. Llegué con mi padre quien no preguntó nada por mi tardanza y yo nada le expliqué del milagro de los 25.