La necesidad de saber escribir mejor me llevó al taller del Tecnológico que en aquel entonces existía. El taller era comandado por Eulalio Álvarez, lo coordinaba el poeta Salvador Encarnación y asistían, entre otros, Alejandrina Torres y Eliseo Santoyo. Lo malo fue que dicho taller prácticamente terminó cuando yo llegué. Una o dos sesiones fue todo lo que me dejaron aquellos entrañables amigos. ¿Dónde, pues, continuaría yo esa preparación tan deseada? Lo más normal sería buscar algo en el lugar más obvio de la cultura local: La Casa de la Cultura, seguro ahí encontraría maestros que me enseñaran a escribir. Ahí fue donde conocí al maestro Ernersto Neaves Uribe, reconocido sobre todo por su actividad en el teatro (aunque a nosotros los poetas nos gustaba más recordarlo por haber sido uno de los amigos de Xavier Villaurrutia). El maestro Ernesto era director de esta Casa y me recibió con agrado (al menos es lo que creo yo). Todos los sábados asistí sin falta durante varias semanas esperando que hubiera maestro para la enseñanza de la escritura y de la poesía. Jamás lo hubo, pero en mis asistencias charlé una y otra vez con aquel personaje de gran valía.
Saber que el maestro Neaves era sobre todo una persona de teatro nos llevó a unos amigos y a mí a fundar una pequeña compañía de actores que se congregaba en el Tecnológico de Ciudad Guzmán. En aquel entonces yo cursaba la licenciatura y fuimos muchos quienes entramos al grupo. Nuestro gran consejero fue el maestro Neaves. Dos cosas fueron las que conservé para siempre de aquella experiencia: el conocimiento de los sentimientos negativos y positivos y la palabra “proxémica”. El actor es sobre todo un vehículo para mostrar los sentimientos del personaje, de modo que era vital saber cómo manejar dichos sentimientos. La calificación de negativos o positivos venía del hecho de que los sentimientos podían ser mostrados u ocultados, aquí no cabían agrupaciones morales. Entre los sentimientos negativos se encontraba nada más y nada menos que el amor. De momento esto nos parecía una contradicción, pero una vez entendida la capacidad demostrativa del sentimiento, todo se aclaraba. Cuando una persona está enamorada “puede” ocultar su enamoramiento. En eso consistía la capacidad negativa del amor. ¿Sentimientos positivos? La risa y la felicidad, esas no pueden esconderse, se muestran inevitablemente.
La palabra “proxémica” se refiere más que nada al alcance que tiene la principal herramienta del actor: su propio cuerpo. Resulta vital para el actor saber hasta donde puede extenderse. Hay tres proxémicas, la alta: de los hombros hacia arriba; la media, de los hombros a la cintura; la baja, de la cintura para abajo. Ese es el espacio del actor, los alcances de su cuerpo (hoy en día sigo pensando en la próxemica, pero ahora del auto, los espacios y las vías que puede cubrir, el alcance de las llantas, su altura, etc. Una manera de aspirar a la seguridad víal. Esta herencia se la debo al maestro Ernesto).
Con el maestro montamos una serie de lecturas de poetas zapotlenses en la casa de la cultura. Lectura a cuatro voces, el maestro, yo y no recuerdo quién más. Había juego de luces y las voces de los escritores sureños que salían revividos en nuestras voces. Experiencia inolvidable.
El maestro murió hace ya algunos años. Fue una de esas muertes que yo aún niego y por eso sigo pensando que algún día lo veré en las calles de mi Zapotlán.

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