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Mi forma de vida fue siempre la fantasía. Todo lo que percibo por más real que se crea siempre está tamizado por dejos fantasiosos. Creo yo que esto fue sobre todo un impulso por querer vivir fuera de mi realidad. El tiempo que he vivido fuera de Zapotlán ha sido como un paréntesis falso que algún día acabará para volver a vivir en mi querida ciudad el punto en que me había quedado, la partida hacia Guadalajara. Es decir, volveré a encontrarme a mi hermana Argelia cuando entraba a la adolescencia, mis tíos seguirán vivos y podré charlar con ellos. Pero hay algo que me restrega en la cara mi error, los viejos de hoy que yo dejé jóvenes.
Quien primero me impactó fue mi maestro de inglés de la secundaria. Yo lo había dejado de ver unos cuantos meses después de que terminé este nivel de estudios. Un día circulaba yo en carro con mi padre por la calle Quintanar, ahí donde el maestro tiene (o tenía) su tienda de abarrotes. Lo vi salir decrépito, tambaleante y con sus piernas débiles hacia la calle. Impacto. No era posible que así de golpe aquel que yo vi más bien joven, aunque entrado ya en años, ahora estuviera prácticamente anciano.
Igual me pasaría con varios locos de la ciudad, el Nel ya estaba con su espalda curva y mirada gacha; el Talego seguía caminando por las calles y ya casi no recogía nada del suelo por malestares en su espalda; el Tolongas ya de plano ha muerto. También podría mencionar al Hermano del Koska, aquel súper atleta forjado en el deporte y los ayunos piadosos, ahora lo vemos caminar postrado en unas horribles muletas. ¿Eso quedó de aquél que jugaba basket con frecuencia, del alpinista que conquistara varias veces el pico de nuestro volcán?
Me di cuenta de golpe que el tiempo que paso acá donde no quiero pasarlo también es definitivo y que no habrá vuelta atrás, no volveré a la pausa temporal que yo creía. Lo peor es la conciencia que me dejan esas visiones: también yo, de repente, estaré completamente viejo e inútil.
A lo largo de mi vida en Zapotlán tuve varias bicicletas. La primera de ellas me la trajo en Niño Dios, una bici tipo “panadera” pero pequeña, justa para un niño como yo. Frenos a las manos como se usa ahora al parecer en muchos tipos de bicis incluidas las tipo motocross. Yo no sabía andar en bici, por su puesto, de modo que tuve que enseñarme a andar en ella. Como mi padre pocas veces estuvo conmigo me enseñé a andar yo sólo. Lo que hacía era subir a la bici, recargar mi codo derecho en la barda de la casa de Don Abraham he irme raspando el codo dándole a los pedales hasta llegar a la puerta de mi casa. Cada vez avanzaba más tramos con el codo en el aire, hasta que ya no me fue necesario usar la barda para nada.
Otra de las bicis, ya les he contado de ella, fue la que me robaron y de cuya pérdida tardé varios años en recuperarme. En esa bici hice mi primer recorrido largo en la ciudad. Salí de mi casa en la calle Núñez y me fui, custodiado por mi padre y me tío Agapito en su máverik, hasta la casa de mi tía Teresa, que ya se había cambiado hasta la prolongación Cuauhtémoc, cerca de Chuluapan. Claro que me sentí todo un héroe tras ese recorrido. Con esa bici tal vez viví los tiempos más libres que en cualquier otra de las que tuve.
Ya para trabajos “profesionales” tuve una bici de las grandes, de las panaderas (que usan los panaderos). Con ella trabajé de cobrador de letras de libros que mi tío Manuel me pasaba para que yo me ganara “un dinerito” y ayudara en la casa. Con esa bicicleta recorrí prácticamente toda la ciudad. Tenía que trazar recorridos todos los días, si me iba por la Ocampo, aprovechaba el viaje y me iba a la Corregidora, etcétera. Recuerdo que por aquellos rumbos había una joven muy morena que parecía tener rabia por haber nacido con ese color, de modo que siempre aparecía con plastas horribles de maquillaje rosita con el que pretendía tener otro color de piel. Esto no le quitaba que fuese muy responsable y puntualmente me pagaba el valor de la letra cada quincena que yo iba.
Tal vez haya olvidado el rumbo, pero me acuerdo que más o menos por allá, por el Seguro Social, había una joven, un poco mayor que yo, que salía a pagarme en bata transparente y sin brasier. Claro que a ésta me gustaba cobrarle y hubiera querido que fuese más irregular en sus pagos para ir una y otra vez. Desgraciadamente era una de las más puntuales y yo tenía que esperar hasta que llegara la maldita y eterna quincena para poder verla otra vez. Satisfacción de adolescente, se notaba que a mí me veía más que nada como un niño que no tenía malicia, pero no era así. De cualquier forma las cosas no pasaron a más (insinúo que me hubiera gustado que algo sucediera, pero ya ustedes saben de los sueños de los adolescentes).
Creo que esa fue la última bicicleta que tuve, ya luego mi madre la vendería a unos medio primos que tuve (Luis y Miguel) y ya no supe nada de ella.
Ya casi para terminar mi carrera trabajé en una granja productora de huevo, allá enfrente a la fábrica de triplay, rumbo al anillo periférico. Jorge, el dueño de la granja y esposo de mi prima Lupita Chávez, me prestaba una bicicleta de montaña para ir y venir a la granja. Un domingo, como muchos tantos, en que mi familia descansaba en El Fresnito, yo me fui para allá en esta bicicleta. Supe ahí porqué los ciclistas escogían esta vía para entrenar, ¡la maldita subida es un suplicio! Tuve que subir caminando y empujando la bicicleta. Último viaje memorable.
