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Mi abuelo materno fue campesino toda su vida. Nos contaba historias de la revolución y, aunque él debió ser muy pequeño para aquellos tiempos, nos lo imaginábamos siempre como partícipe de la lucha revolucionaria. Lo cierto es que la justicia le otorgaría un terreno, un pedazo del sueño zapatista, su propia parcela en terrenos ejidales de El Fresnito. Con bastante frecuencia nosotros íbamos a visitarlo y en temporada de siembra ayudábamos un poco con las semillas del maíz, la calabaza y los frijoles. Veíamos hacer los surcos a determinadas personas que llevaban su cabajo y su arado. Luego entrábamos a sumergir las semillas a poca profundidad, cubrirlas con tierra y seguir un paso más allá. Esta tarea era un poco cansona y aburrida. La tierra seca volaba en polvo que se metía a nuestros pulmones y no nos dejaba respirar agusto.

Ya cuando las milpitas habían crecido venía el tiempo de “asegundar”, meterse por segunda vez entre los surcos y hechar más tierra a las nacientes raíces. En este tiempo ya el cielo está cargado de nubes y el paisaje cambia por completo. Me gustaba más ir a asegundar porque, detrás del rancho, donde ya no había árboles, la vista era majestuosa. La loma que habíamos sembrado entre todos los primos ya estaba verde de tanta milpita. Hacia lo lejos una segunda loma iba subiendo. Ahí estaba erguido un ocote que proyectaba su larga sombra hacia nuestro sembradío. Más allá había más milpas y árboles todos verdes. Los cerros a lo lejos ya trocaban hacia el azul. Las nubes negras querían derramar sus aguas y fue ahí donde nosotros aprendimos el significado de la palabra esperanza.

Prácticamente toda mi vida en Zapotlán (desde mi nacimiento hasta poco después de haber egresado de la licenciatura en informática) tuve constantes salidas a lugares de alrededor de la ciudad. Tal ha sido mi impacto de aquellos lugares que visitábamos frecuentemente que he dicho una y otra vez que yo no soy de Zapotlán (nací ahí), que soy del Sur de Jalisco. La enumeración que haré a continuación de seguro tendrá sus omisiones, pero ya luego cubriré en otros capítulos aquello que recordaré después. Primeramente he de mencionar aquellas personas con quienes frecuentábamos estas salidas, estos días de campo. La mayoría de las personas con quienes compartíamos paisajes y comidas tuvieron sus “periodos”, no sé porqué luego dejábamos de salir con fulano para luego salir con mengano. Las menciones no son cronológicas.

Herminio Villa. Padrino de bautizo de mi hermana Argelia, no llevaba en su camioneta a las afueras cercanas de la ciudad. Particularmente recuerdo un viaje que hiciéramos a los Ocotillos. Los tres hermanos de entonces (Sandra, Lorena y Juan) eran mayores que yo y mi hermana Nidia de modo que sus juegos y conversaciones no coincidían muchas veces con lo que nosotros necesitábamos. Aquella ocasión de los Ocotillos, en una barranquilla descubrieron un hecho inusitado para nosotros. Gritaron calladamente (para que los mayores no los escucharan), que había una pareja haciendo cosas que no sabíamos, simplemente oíamos que decían entre ellos: “se están chingando a la vieja”, mientras todos, pecho a tierra para no ser descubiertos, íbamos a ver qué estaban haciendo. Yo nunca vi nada. Herminio tenía su casita (donde por cierto, vi la película de King Kong) muy pequeña, pero con el trabajo constante había logrado construir una casa que era la más lujosa que yo había visto hasta entonces. Me gustaba porque en algunos pilares, cubiertos con lajas de piedra, encontrábamos fósiles de peces y plantas.

Arturo Mendoza. Nuestro fontanero de cabecera y un infortunado filósofo (mis padres serían padrinos de su hija mayor, ¡vaya con los compadrazgos!). Con él las salidas eran hacia las faldas del Volcán de Nieve, a un rancho que tenía su padre, con quien un día salí a llenar un costal de elotes para cocer. ¡Viejillo increíble! Lograba cansarme rápidamente a mí que era muy joven. Desde aquellas alturas la vista de Zapotlán era increíble y hubo una ocasión en que la neblina nos envolvió en su huerta de duraznos en flor dejando una vista que ya ahora quisiera recuperar en mis fotografías. Una anécdota: quienes íbamos al rancho del papá de Arturo no éramos sólo nosotros, la familia Ochoa, había en ocasiones muchos más y todos desconocidos para nosotros. La comida ideal para los ranchos, como se sabe, es la carne asada con frijolitos. Aquellos desconocidos esperaba una ocasión alrededor de un bracero pequeño a que se asara su carne. Eran fácilmente unos cinco, diez pares de ojos atentos a fuego y su acción, quienes vigilaban la carne. Tal era el embrujo del fuego (o la distracción de todos ellos) que no se percataron que un perro negro se acercaba y tranquilamente, a pesar del fuego, tomaba en su hocico un pedazo de carne y se lo llevaba con toda tranquilidad. A los pocos segundos todos repararon en el ladrón quien ya había lamido la carne y sólo les quedó lanzar tremenda carcajada, burlándose de sí mismos.

Don Luis. Vecino nuestro y, para no perder la costumbre, también compadre de mi papá. Con él salimos pocas veces. Tal vez el más ranchero (sin ningún sentido peyorativo) de todos los compadres de mi papá, era el encargado de un rancho que se llamaba “El Anillo”, tal vez por un lienzo de piedra que tenía en su interior. A ese rancho nos llevó Don Luis una o dos veces. Un poco retirado de la ciudad, más allá del valle de Zapotlán, ir al Anillo era todo un suplicio para mí, que en aquel entonces padecía de mareos en los viajes. Ya estando allá recuerdo que me ponía a jugar con todos los niños, pero especialmente con mi hermana Argelia que tendría unos cinco años (al menos mi recuerdo la mueve permanentemente a esa edad). Hay una foto que resume nuestra condición de hermanos allá en el Anillo. Yo estoy sentado en el suelo, mientras que ella mira a lo lejos trepada a “manchis”, sobre mis hombros.

Luis, hijo de Don Luis. Este es el ahijado de mi padre. Con él y su hermano salimos una vez hasta Tuxcacuesco o El Corralito, ya no recuerdo qué lugar, pero lo que sí recuerdo es que había un gran río a un costado de un plantío de grandes sandías y nos bañamos en él. Aquellos jóvenes eran mucho más grandes que yo y los miraba con admiración. Mi padre estaba feliz de que yo recorriera los caminos que él había recorrido cuando estaba en el seminario.

Mi tío Trino. Tenía mi tío Trino dos camionetas, una combi cerrada, sin asientos, que utilizaba para el transporte de la mercancía que vendía en su “súper”, entre semana. Los días de paseo la usaba para llevarnos a nosotros y sus hijas y a Trinito. También había otra camioneta de redilas, chica, que me gustaba trepar para que el viento me golpeara la cara mientras hacíamos el viaje. Con ellos salíamos a “El Agua Caliente”, de Tamazula. Fue en esas albercas que yo me enseñé a nadar siguiendo un método que me sugería mi madre: ponerse cerca de una esquina y nadar hacia el otro lado (cateto, digamos) en pequeños tramos. Conforme uno se iba separando de la esquina, en uno de los costados que servían para sujetarme, el tramo a nadar que me llevaría al costado opuesto se iba haciendo más largo. Así, de tramo en tramo, me enseñé a nadar.

Quienes con más frecuencia visitamos los lugares del Sur de Jalisco (El Fresnito, por supuesto, Santa Cruz, caminos al azar, el Volcán, el Rancho de Milanés, La Catarina, etc.) serían mis tíos, Agapito, Manuel y José Ochoa. De ellos hay mucho qué hablar y lo haré en los siguientes capítulos.

Sería más o menos en sexto de primaria cuando yo escuché por primera vez hablar de Pink Floyd (su música fue un poco después). No sé quien tenía una revista de “Conecte” (entonces la única revista de rock a nuestro alcance) donde se contaba que este grupo musical había sido demandado y que podría ir a la cárcel por haber hecho cantar el coro de Another brick in the wall (la canción más difundida del álbum The wall) a un grupo de niños de primaria. Por aquel dato y porque nuestros mayores hablaban de Pink Floyd como algo simplemente fuera de este mundo, tal vez esta fue la ocasión cuando por primera vez (¿única?) veíamos al infinito (en su forma más inconcebible: lo desconocido) como algo a punto de ser tocado. Extraordinario grupo, calificado antes de ser escuchado, pocos tendrían ese privilegio posterior. Pronto las estaciones de radio (¿canal 58, en su época mejor?) programarían el único sencillo de éxito popular en sus ondas. Nosotros escuchábamos queriendo saber más del grupo, no podíamos tener más acceso del que nos daban las estaciones de radio limitantes.

Afortunadamente, ya en la secundaria, mi amiga Berta nos contaba que su hermano mayor tenía el álbum completo de The wall. Inmediatamente se organizó un trabajo grupal extraclase en casa de Berta. Fuimos, creo que a la colonia 16 de Septiembre, urgiendo a nuestra amiga a que nos prestara el lejendario álbum. Lo tuvimos en las manos como quien tiene el paño ensangrentado de la Verónica. No podíamos creerlo, por fin el disco (¿que esperábamos de oro, de diamante, de vapor? Algo por completo diferente al acetato vil y vulgar). Abríamos el álbum queriendo encontrar algo, saber algo, escuchar algo. Pero jamás lo puso. De cualquier forma habíamos tenido una leyenda en nuestras manos y eso nos era suficiente.