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¿Deletrear un paisaje para generar

los signos de una historia?

El frío desciende y forma,

tensa las conversaciones cotidianas.

Hay un tiempo en que el polvo revolotea

convirtiéndose en todo el aire respirable,

de esta manera la tierra

funda en nosotros su ser de barro.

Las aguas perduran en tres niveles:

la lluvia que aborda, da cuenta de la profundidad del cielo;

a un costado, el lago que vive como una costilla necesaria,

él sabe y guarda todas las historias.

Por debajo (¿de quién?) circulan los ríos subterráneos,

corrientes cavernarias que transportan el agua silenciosa e ignorada,

sangre de la tierra que genera, imperceptible música que dicta.

Aquí también es el cielo de la noche,

callejones indecisos que guardan la oscura luz

que nos ilumina.

Es la noche que nos hace sentir Uno y percibir las distancias,

es ella, el símbolo de la ignorancia: todo lo que conocemos.

Es así el cielo, la tierra y el tiempo,

los signos de nuestro destino.

De ahí beben los hombres que tejen y continúan,

las mujeres que luchan y dan forma.

 

Eso que somos, soy

y soy todos ustedes,

este es mi testimonio.

 

No sé cómo fue que llegué a trabajar en el museo de Zapotlán (de las Culturas de Occidente) fundado por Don Esteban Cibrián, de hecho llegué a trabajar con él antes de su muerte, claro. De las cosas que aprendí ahí luego hablaré, hoy quiero hacerlo de una experiencia terrorífica que tuve a un costado de dicho museo.

Resulta que al lado de este local se encuentra la escuela primara María Mercedes Madrigal (reconocida por sus tres M), que anteriormente, en un tiempo que no me tocó vivir, había sido convento de monjas. Los rumores alrededor de dicho convento decían que ahí había aparecidos y quienes lo hacían eran bebés muertos producto del aborto de las lujuriosas monjas. El lugar de los tristes entierros sin bendición, claro, era el caracol de la escalera que estaba al fondo del convento. Había muchos personas que decían haber escuchado los llantos de esos bebés que no conocieron la vida. Claro que yo lo creía todo y esperaba jamás entrar a este lugar.

Para mi mala suerte en una ocasión Don Esteban me dijo que necesitábamos encender la bomba del agua que la llevaba al tinaco que estaba arriba del museo. El sistema de encendido se hallaba arriba de la maldita escalera de caracol. Pues allá me llevó Don Esteban. Llegamos y no había luz alguna (imaginen mi terror) en el caracol ese. Peor fortuna corrí cuando me dijo que subiera yo primero para encender el motor de la bomba. Y allá voy yo solo, con el terror multiplicándose por 10 a cada escalón que subía. ¿Qué encontraría después de cada curva que me hacía dar el caracol y que ocultaba toda visión de lo que seguía? ¿En qué momento un bebé mal nacido se abalanzaría sobre mí? ¿Cuánto tiempo duraría este suplicio en la más terrorífica oscuridad que he vivido?

A continuación enlisto los trabajos que he desarrollado, la mayoría de ellos como simple ayudante.

  1. De albañil.
  2. De tendero.
  3. De huarachero.
  4. Cobrador.
  5. De talabartero.
  6. De plomero.
  7. De museógrafo(?).
  8. De apilador de madera.
  9. Pesador de huevo.
  10. De jornalero (campesino).
  11. Preparador de frituras.
  12. Vendedor de papas fritas.

Esta lista no tiene orden cronológico, ni tampoco es definitiva (siempre olvido un trabajo por ahí que luego salta en el recuerdo). Ya hablaremos más adelante de cada uno de estos trabajos.

A mi madre

Establecer límites precisos a los recuerdos de la infancia resulta muy difícil. ¿Cuántas veces pasó esto o aquello? ¿En qué tiempo preciso sucedió tal acontecimiento? En mi caso resulta difícil determinar el número de veces en que mi madre me comparó con mis amigos, con tales o cuales modelos. Lo cierto es que fueron varias ocasiones en que afirmaciones como “deberías peinarte como Manuel”, “fíjate cómo le hace Arturo”, llegaron a mis oídos. No sé si por eso (o porque ya traía yo el germen ese de hacer las cosas por mí mismo) es que no soporto que me comparen con otras personas. Lo cierto es que siento que si mi madre me hubiese aceptado o formado en mi propia personalidad, sería un ser más seguro de mí mismo.

A mi padre

Múltiples ocasiones estuve yo en las borracheras de mi padre (¿quién creen que les surtía los refrescos?), donde frecuentemente se tocaban temas muy interesantes. La política del momento, pero también algunas cuestiones sobre la iglesia, la vida de los artistas, la música y, de vez en cuando, aspectos filosóficos. Yo quería participar en esas charlas, sabía que tenía algo que decir, pero sobre todo mucho qué preguntar. Jamás se me dio la oportunidad de hacerlo, yo debía estar apartado de la charla de los adultos porque “no son pláticas para niños”. Claro que lo fueron, aunque sea unidireccionalmente, ya que marcaron para siempre los temas humanos que me gusta tratar. El no haberme dado la oportunidad, ni siquiera cuando sólo estábamos yo y él, de tocar temas interesantes sería un reclamo que le hago a mi padre aún en estos días cuando ya viejo quiere remediar su falta. Me hubiera gustado tanto lanzarle mi lista de preguntas, pero desgraciadamente soy yo ahora quien tiene las respuestas.

¿Cuántos alacranes habré matado en mi vida? No sé si Zapotlán sea un pueblo “alacranero” como muchos otros (Durando, toda la costa, etc.), pero es cierto que por vivir cerca de el arroyo Los Guayabos los alacranes fueron algo común allá por mi casa en la calle Núñez. Resultaba increíble que incluso en los pisos más altos de la casa, que se suponían cerrados por mosquiteros, encontráramos alacranes cercanos a las ventanas. Fui adiestrado en la muerte a los alacranes por el terror que mi madre tiene a esos animalejos. Desarrollé incluso una visión persecutiva de esos escorpiones. Mi vista y mi atención podrían estar al cien por ciento clavadas en determinada situación, pero al pasar un alacrán en lo más lejano de mi periferia visual su silueta me llamaba como llamaradas en la cercanías. Lueguito me iba a matarlo.

Mis padres me dijeron que donde había un alacrán había otro más, algo así como que no pueden andar solos y siempre el matrimonio anda rondando cerca. Al encontrar un alacrán y matarlo había que buscar a la pareja para dormir tranquilos. Jamás encontré al otro que según eso debía andar cerca. Sólo en una ocasión vi a dos alacranes a poca distancia uno del otro. Fue en una noche. En el patio de las hermanas Cibrián (¿Don Esteban viviría todavía?) habían hecho una quemazón, en pleno río. De modo que sabíamos que saldrían bichos por todos lados. Mi hermana Argelia gritó allá en la calle: “un alacrán”, y al momento me lancé a matarlo. La luz que quedaba del día era la peor de todas, no se veía nada. Me decía Argelia, “ahí, en la esquinita de la barda”. Como no veían nada tuve que agacharme como las jirafas, con las piernas abiertas. Lo localicé, pero al momento otro alacran, mucho más grande que el primero pasó entre mis piernas. Al primero lo maté pisándolo, al segundo no tuve los ánimos suficiente para hacer lo mismo, de modo que corrí por una escoba para darle cran.

Mi madre, la aterrorizada, fue la única picada por un alacrán. Gritó pidiendo auxilio allá cerca de la cocina, mientras yo estaba en mi cuarto de arriba. Corrí para ver qué hacer y seguí las instrucciones que ella me indicaba. Moler un pedazo de carbón, moler una cabecita de cerillo. Aplicar en la picadura mezclados ambos ingredientes con saliva. No sé si funcionó el antídoto o ella no fue alcanzada por el veneno (¿un alacrán sin mucho veneno, un organismo fuerte el de mi madre?). La cosa es que no le pasó nada, sólo un susto del cual dudo que se haya recuperado aún hoy en día.

Uno de mis últimos trabajos no profesionales allá en Zapotlán fue acomodar troncos de árboles sobre la tarima de un camión que los llevaría a la fábrica de triplay a un costado de donde nosotros andábamos. En ocasiones los troncos no quedaban bien justos uno al lado del otro de modo que habría que recorrerlos con la mano para que cupieran los más posibles. Al hacer esto sobre un tronco especialmente grueso, pero bien redondito, se recorría fácil, estuve a punto de aplastar con mi mano un alacran de los rojos (los más venenosos, supuestamente). Por fortuna logré verlo a tiempo y no lo aplasté, aunque sí logre tocarlo.
En otra ocasión estaba yo practicando guitarra con un grupo de rock conformado por dos integrantes: Cuco (de Manzanillo) y yo. Jamás tocamos para nadie. Refugio era una requintista inalcanzable para mí, que me enseñó varias tonadas. En uno de esos ensayos en su casona de asistencia vi entre la puerta, allá en plena oscuridad, correr a un alacrán huidizo. Me paré tan rápido a matarlo que el Cuco se asustó como nunca. El alacrán murió, por supuesto, y esa noche la música fluyó como nunca.