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El trabajo que durante más años desarrollé en mi infancia fue el de ayudante de talabartero. El taller era de Lupe Enciso emprendedor constante que logró llevar nuestros productos hasta los Estados Unidos. El tallercito estaba por la calle Negrete, cerca de mi casa. Sobre todo nos dedicábamos a hacer billeteras para hombre. Tres eran los trabajadores adulto que se hacían cargo de la producción, Guadalupe, claro, el Ricky y el Chato. Este último (cuyo verdadero nombre era Efraín y cuyo apellido he olvidado) influyó en mí definitivamente para que me gustara la música rock y en especial los Beatles. Amante del rock nos hablaba de los de Liverpool y de otro gran grupo, Led Zeppelin (yo le notaba gran admiración cuando hablaba de este grupo y de su famoso concierto en Japón). El Chato era asiduo radioescucha del Canal 58 de Guadalajara que, en aquel entonces, transmitía puro rock y era punto de referencia obligado entre los rarísimos aficionados a este género. Apesar de tener gustos muy diferentes no recuerdo riña alguna por la música que debía escucharse mientras trabajábamos. A Lupe le gustaba una estación de Sayula que programaba música de la que hoy se llama grupera, sus grandes ídolos eran Los Caminantes y Los Tigres del Norte, por supuesto. Una vez agotados nuestros oídos de tal género nos íbamos a la modernidad inglesa cuando el Chato sintonizaba su estación favorita.

Recuerdo que una ocasión el Chato nos cachó a Manuel (otro de los ayudantes) y a mí hablando de temas de política o cosas “de mayores” y nos reprimió diciéndonos que esos temas los dejáramos de lado, que eran temas únicos para adultos, que no nos metiéramos en esos terrenos. Yo jamás hice caso de esas palabras que querían hacer de mí un niño común y corriente. Gracias a esa desobediencia puedo ahora hablar de el Chato y aprovechar para agradecerle el haberme mostrado una música que ha poblado buena parte de mi vida.

Los caminos del Señor son largos y ahora recuerdo un pequeño poema en el que muestro cómo él rock me salvó en momentos difíciles de amoríos adolescentes.

La noche inmensa,
música rock,
el último recurso para el olvido.