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En la infancia había juegos temporales que tenían mucho de sangriento y que tal vez ahora, en estos tiempos tan “coyones”, nos daría miedo que nuestros hijos los jugaran.

Carracas

Es el juego aquél que empleaba una corcholata (a la cual (tapa de hojalata de refrescos) que tenía que ser aplanada por completo y hacerle dos agujeritos cerca del centro por los cuales se pasaba cordoncillo del cual se ataban los cabos haciendo una honda cerrada con la corcholata a la mitad. Eso era una carraca. Si enredamos nuestros dedos medios en cada uno de los extremos de la honda y jalamos rítmicamente la carraca empieza a girar hasta que pareciera que lo hace con voluntad propia, sólo hay que estar jalando suavemente para mantener el ritmo. Jugar bien a las carracas debía hacerse en torneos. Primero había que friccionar los bordes de la carraca (que era de metal) hasta sacarle filo. Luego, ya con la carraca dando vueltas, acercarla a la del compañero (¿o enemigo?) que también giraba y tratar de cortar su cordoncillo. Cuando se conseguía esto último la carraca perdedora salía brincando hacia el rostro de cualquiera de los contendientes pudiendo cortarlo.

Papalotes

Estamos acostumbrados a ver los papalotes volando lindo sobre el cielo azul. En nuestros pueblos al papalote de forma romboidal se le debía poner una cola de trapo para que equilibrara la fuerza del viento y mantuviera al papalote volando sin caer. Lo que pocos saben es que que en la punta de la cola muchas veces se le colocaba una navaja de rasurar para competir contra otro. La meta era cortar el hilo del amigo para que su papalote se perdiera entre los árboles.

Trompos

Los trompos de antes eran de madera y no del dócil plástico que no daña a nadie. Uno de los juegos que se podían hacer con ellos era jugarlos colocando el del amigo al centro de una rueda y con el nuestro tirarle hasta darle con la punta, darle un “quecazo”, dañarlo para siempre. Había un tiro que era terrible, el “cazuelazo”. Consistía en tirar hacia el trompo del suelo no tanto a picarlo como se describió antes, sino a empujarlo para sacarlo de la rueda. El tiro se hacía, no desde arriba de la cabeza de uno, se hacía de costado desde la altura del hombro y aventar a lo lejos el trompo cayendo primero dentro del círculo. El tiro tenía que hacerse con fuerza para lanzar al trompo muchos metros lejos del círculo central. Esto provocaba que se rompieran ventanas o que uno que otro caminante saliera golpeado.

Javier Wood (¿así se escribiría su nombre?) era un canadiense que por tener los ojos azules, ser güero y hablar en inglés todos le decíamos "el Gringo". Quienes lo conocimos sabíamos el amor que le tenía a México, a esta región donde vivíamos. Él había recorrido todas las haciendas del Sur de Jalisco (no me sorprendería que en realidad hubiera visitado las de todo el estado completo), haciendo una investigación que bien pudo haber sido personal. En su recorrido había trazado los caminos que unían a nuestros pueblos. En sus reconocimientos había llegado a El Fresnito y ahí conoció a mi abuelito Rafael y luego a todos nosotros. Javier nos había mostrado ese tesoro personal que eran sus mapas y nosotros lo admirábamos para admirarnos a nosotros, siempre nos ha gustado ver a través de los ojos extranjeros la admiración que ellos tienen sobre lo que nosotros somos muchas veces sin saberlo, tienen que llegar ellos para reconocernos importantes.

Javier era amigo de mucha gente en Zapotlán, en cierta ocasión mostró también una faceta que podría ser un tanto extraña si no lo supiéramos inquieto por todas las materias del conocimiento. Resulta que en cierta ocasión en la Casa de la Cultura se había hecho un curso de fabricación de papalotes. Yo asistí emocionado por saber otras formas de hacer esas figuras volantes, ya me había cansado un poco del típico papalote en forma de rombo que normalmente hacemos por aquí. Una callada emoción me causó ver que quien impartiría el curso sería nuestro amigo el Gringo. Siempre me ha gustado pasar desapercibido y tal parece que en esa ocasión lo logré otra vez, el Gringo no me reconoció, no supo que estaba enseñando al nieto de Don Rafael.

En realidad pocas veces platiqué con el Gringo, pero tal vez de él me venga el gusto por las haciendas y los viejos senderos que ahora recupero a través de la fotografía.

Mi sentido religioso de la protección de los seres indefensos llegó a su extremo límite una tarde en que ayudé a mis tíos (Manuel y Agapito) a mover un pesado lavaderito que se encontraba en los terrenos aledaños a la casa de mi tía Teresa. Sólo entre los tres lo pudimos mover de aquí para allá. Había que soltarlo y dejarlo donde cayera. Yo no quise que se golpeara y le “ayudé” en la bajada de la caída. El lavaderito chocó con una piedra pesadamente, pero entre la piedra y el lavadero estaba mi dedo medio de la mano izquierda. Sentí un golpe que de tan fuerte que debió haber sido me adormeció el dedo y no lo sentí tan duro. Una vez terminada la tarea nos fuimos a la casa de mi tía. Ahí, en la sala, yo sentí el dolorcito en mi dedo y voltee a verlo. Antes noté que había gotas de sangre en el piso. Ya cuando vi mi dedo tenía la yema partida en dos, las carnes abiertas a tal grado que pude ver mi hueso expuesto y ahí la maravilla. Sabía yo que estaba viendo algo “prohibido” (por algo Dios lo había puesto dentro, invisible al ojo humano). Tal vez por esa condición vi esa blancura absoluta que no he visto en ninguna otra parte, no hay hoja de papel, no hay blanca nube de un blanco tan puro como el que yo me vi en mi propio hueso.

Hubo una época en que salíamos a hacer ejercicio mi amigo Manuel y yo. Correr o caminar, una ocasión de esas fuimos rumbo al Calaque, no recuerdo ya nada del camino, pero sí recuerdo con especial emoción el regreso que hicimos por un camino amplio cubrierto por altos árboles cuyas copas se juntaban allá arriba sombreando por completo dicho sendero. En un declive vi, tirado en la tierra, al animal más maravilloso e increíble que he visto en mi vida. Era una especie de salamandra de tamaño mayor al de mi mano extendida. Lo impactante del animalillo eran sus dos únicos y absolutos colores. Para lograr describirlo primero he de decirles que los colores estaban bien separados, delimitados a lo largo del cuerpo, una línea que partía de la comisura de su hocico y que hacía que la mandíbula superior fuera de un color y la inferior de otro. Esa línea recorría todo el cuerpo hasta la cola. Arriba era de un color negro absoluto, como ya lo dije, no pardo, no oscuro, negro total como el de los zapatos. Ninguna otra manchita. La parte del abdomen era roja, un rojo que tampoco admitía ningún otro colorcito por más pequeño que fuera. Rojo como de plástico, rojo intenso como el de las rosas.

Lo movimos con una ramita para ver si estaba muerto y, para mi fortuna, sí lo estaba. Lo metimos a una bolsa que había en el camino y me lo llevé yo como un tesoro. Yo estaba más maravillado con aquel animal que mi amigo Manuel, de modo que, sin pactarlo, yo me quedaría con él. Al llegar a casa se lo enseñé a mi mamá, quería yo compartir mi descubrimiento de ese animal con todos los que llegaran a casa. Lo dejé adentro, en el corral esperando a que llegaran otras personas. Pronto me olvidé de él cuando llegó mi abuelito Rafael, padre de mi madre. Mi mamá se lo enseñó y vieron que comenzó a moverse, ¡el maldito animal estaba vivo! Y yo lo había tenido durante varios minutos cerca de mi mano. Mi abuelo le dijo a mi mamá que ese animal se llamaba escorpión y que era muy venenoso. Lo mató enseguida.

¿De qué muerte terrible escapé nuevamente en esta oportunidad?

La primaria la cursé en la Anexa a la Normal, la cual tenía una cancha de fútbol delimitada a uno de sus costados por tres o cuatro grandes árboles (de donde, por cierto, José Ramón Antonio se quebró un brazo tras caer de una de sus ramas). A un costado de esos árboles estaba la barda que delimitaba definitivamente los terrenos de la primaria. Tras esa barda se encontraba ya el estadio Santa Rosa, pero entre el estadio y la primara había un camino lo suficientemente grande como para que cruzara una camioneta grande. Es camino tenía mucho de misterioso, jamás supe de quien era. ¿De la primaria, del estadio? La cosa es que de vez en cuando de la primaria nos íbamos para allá y nos sentíamos en otra dimensión, fuera no sólo de nuestra escuela sino por completo de nuestra ciudad. Recorríamos ese camino como quien está a punto de descubrir una nueva especie o algún fósil. Los altos pastos proporcionaban mucho de ese misterio. No sabíamos qué había debajo de nuestros pies y con ello se ponía el ingrediente del miedo. Lo único que encontrábamos de valía para nosotros eran grandes telarañas con su araña al centro de vivos colores contrastados con partes negras de esos arácnidos.

Ahora reconozco que tal vez de ahí me venga la capacidad de descubrir que a un costado de las cosas cotidianamente aburridas se encuentra la maravilla, siempre al alcance de nuestros ánimos.