Finales de los estudios de licenciatura. La mujer X que fue mi novia no respondía a mis amores como yo quería. Los ruegos fueron constantes y vergonzosos. Creí que la solución, como la mayoría, estaba en entregarme a los alcoholes. Para ello busqué a mis amigos de siempre que tenían ya una experiencia larga en esos casos, sería pues fácil entregarse a la borrachera que esperaba reconfortante. Afortunadamente había entre ellos motivos constantes para tomar cerveza hasta el hartazgo, de modo que simplemente subí a su carro y nos fuimos a comprar las “ampolletitas”, como les decía Sixto, uno de ellos. No sé de quién era el carro que llevábamos, pero pronto lo llenamos de cartones de cerveza y nuestra presencia. ¿Cuántos éramos? ¿Quiénes éramos? Ya no recuerdo, pero estoy en que sí eramos muchos para ese bochito tan pequeño.
Íbamos por las calles de Zapotlán tomando aquí y tomando allá, sin decidirnos por un lugar específico para beber tranquilamente. De repente a alguien se le ocurrió ir a Gómez Farías, a la casa del doctor M. Casa de campo que cuidaba la familia de Sixto, de modo que él tenía las llaves. Entraríamos tranquilamente y haríamos el lugar nuestro. Y así fue, mas al llegar nos dimos cuenta que en realidad no teníamos actividad alguna en qué gastarnos el tiempo. ¿Qué hacemos? Nos preguntamos todos. Pronto surgió la propuesta de ir a ver una película porno. No duramos ni cinco minutos dentro de la casa cuando salimos para dirigirnos al cine club más cercano para rentar la película. Unos entraron a escogerla, yo me quedé fuera sacando la cuenta de cuántas cervezas llevaba. Llegué a la cuenta de 19, luego eso no me importó. Ese era todo un record para mí quien nunca tomaba más de una.
Una vez que salieron mis amigos nos dirigimos de nuevo a la casa del doctor. Yo me quedé platicando con alguno de nosotros en la entrada de la casa, mientras que los demás se dirigían a la televisión a conectar la video grabadora. Ya estaba yo reclinado en alguna pileta o barda cuando escuchamos que alguien metía la llave y abría la puerta principal de la casa. ¡Era el doctor con toda su familia! La única reacción que tuve fue dirigirme hacia él y respetuosamente (de seguro marcando S con mis pies en el piso) decirle: “Buenas noches, doctor”, seguramente con un tufazo insoportable. Luego me dirigí a su esposa, luego a su hija que era nuestra compañera de estudios. Tal vez quería yo impedir algo, cubrir a mis amigos que se encontraban en el fondo. Pero ya todo era imposible, el doctor había llegado justo cuando Sixto quería conectar a la corriente eléctrica el cable de la video. “Muy mal Sixto, muy mal”, fue lo que le dijo el doctor, quien supuso que ya estábamos desconectando la video después de haber gozado de “La venus africana”, o algún título por el estilo. En realidad no vimos absolutamente nada. Salimos todos avergonzados y apenados por nuestro amigo quien había perdido la confianza del doctor al ofrecernos un lugar que no era de él para emborracharnos perdidamente.
Esa fue mi única borrachera de juventud. Diversión a costa de otros, diversión que no me gustaría volver a repetir.

1 comment
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Marzo 13, 2009 a 11:34 am
Gibran
Caray jajajaja solo me queda pensar que el tiempo en realidad no pasa, parece que pasa pero en el fondo el hombre sigue siendo el mismo.