El siguiente texto lo escribí para mi página de fotografía. Por ciertas modificaciones que allá he hecho, el texto desaparecerá. Sin embargo creo que acá cae justo a mis intenciones generales de estas memorias. Lo copio íntegro.

Amigos, gracias a todos los que han visto mis fotos. Muchos de ustedes me han mencionado que les gustó mucho el homenaje que hice de Luisa y El Fresnito (vean las fotos aquí). Quieren saber más sobre esta muchacha (era señora, pero su comportamiento y los ánimos que tenía siempre entre nosotros eran los de una joven), de modo que hoy contaré un poco la historia de Luisa, aquella historia que me tocó conocer.

Primero hay que hablar del lugar. Luisa vivió en El Fresnito, una humilde ranchería en el municipio de Zapotlán, el Grande. El Fresnito es una serie de casas y parcelas producto del reparto agrario. Los terrenos que ahí se encuentran son tierras ejidales que fueron entregadas hace muchos años. Una de esas parcelas fue para mi abuelito Rafael Rodríguez Palomino, padre de mi mamá. Nosotros ya vivíamos en Zapotlán, pero cada fin de semana ibamos al rancho de mi abuelito a gozar del aire libre. En su tiempo ayudábamos a sembrar o a “asegundar” la tierra para que produjera maíz. Cuando hacíamos esto (meros aficionados que no soportábamos el trabajo del campesino) nos ayudaban los vecinos. A un costado del rancho de mi abuelo vivía una señora que tenía numerosos hijos e infinidad de nietos. El nombre de la señora no lo supe nunca, el apodo sí: “la Parranda”, ya sabrán ustedes el porqué de ese nombre. Alcohólica la señora adquirió ese apodo como un castigo eterno y vergonzoso. Era sabido que la vida en esa familia estaba cargada de pesares múltiples (los económicos y los morales), las disputas entre hermanos eran frecuentes y la resolución de los pleitos venía de la propia madre quien a punta de trancazos (verdaderamente golpeaba con trancas) separaba a los riñosos. No era sorprendente escuchar que la mamá había roto uno de esos palos en el “lomo” de alguno de sus hijos. Aun así el comportamiento de “La Parranda” y sus hijos hacia nosotros siempre fue amable, ayudaban sin esperar nada a cambio y sabíamos que cuidaban de nuestro abuelo (en lo que podían).

Una de esas hijas era Luisa quien también, al igual que sus hermanos, heredaron el gusto por el alcohol que tenía su madre. Era, pues, hasta un lugar de referencia en todo El Fresnito la casa de “Las Parrandas”. Luisa tuvo varios hijos los cuales, hasta donde sabemos, son “hombres de bien” que no gustan del alcohol hasta el embrutecimiento. Luisa era una de las personas que más nos buscaban cuando llegábamos con mi abuelito a trabajar. Ella, creo yo, sentía cierta protección de mi madre y la quería mucho. Aunque la finalidad última de estos hermanos era ayudarnos para obtener un poco de comida y unos cuantos tragos gratis (mi padre se encargaba de hacer ponche de granada) siempre nos ayudaron a las labores de la tierra, eran ellos quienes iban a cortar los mejores elotes o los duraznos más dulces mientras nosotros, de niños, jugábamos.

Dejé de ver a Luisa con la frecuencia que antes lo hacía, el trabajo en otras tierras me mantenía alejado de mi lugar de nacimiento. En una de esas ocasiones en que volví pude hacer las fotografías que ya todos conocen. El alcoholismo de Luisa no pudo alejarse nunca y un día (tal vez unas cuantas semanas después de estas fotos) mi padre me habló por teléfono para contarme que Luisa había muerto de cirrosis. La noticia de la muerte, su impacto, se vio disminuído cuando me contó los detalles de su sepelio. La misa de muerto se realizó ahí mismo, en El Fresnito. Muchos de sus habitantes fueron a darle el último adiós. Gente humilde que no tenía para más llevaron sus flores que guardaban en sus propias macetas de sus ranchos. El lugar se vio adornado, pues, de botes grandes oxidados por el tiempo, pero portando las más bellas flores otorgadas por un pueblo que quiso a Luisa.

El sacerdote pidió que durante la misa el cajón de Luisa fuera bajado del carrito que la portaba para que estuviera directamente expuesto al suelo, tierra que la recibiría más adelante y para siempre. Este gesto más bien raro para mucha gente fue entendido como un verdadero y grande homenaje por parte de mi padre ya que le hizo recordar el sepelio que el papa Juan XXIII tuvo en su tiempo. Así Luisa la borracha quedaba elevada por unos minutos a la altura de la santidad.