Hay muchos rincones en Zapotlán que bien podríamos calificarlos como mágicos. No puedo dejar de mencionar aquí uno de los más atractivos durante mi infancia, el chacuaco que se encontraba (hoy ya se ha derrumbado) detrás de la colonia Ejidal. Ir a ese lugar siempre estaba acompañado por sentimientos de misterio y de miedo. Miedo a los alacranes que nos aseguraban estaban en lo alto de esa chimenea; misterio porque nos sentíamos adentrar a otros tiempos que no vivimos. Tiempos que intuíamos de pujanza económica, de trabajo, de vida social, pues. Algo también había de tristeza al saber que toda esta bonanza se había perdido para siempre y que ya sólo a nosotros nos tocaba ver y vivir a través de esas ruinas que hallábamos alrededor del chacuaco.
Había bardas que recomponíamos en cuartuchos que quién sabe qué guardarían. El escenario éste tenía siempre estos elementos: un sol implacable que hacía más amarillos los altos zacates bien secos por el calor, y un alto cielo que se habría sin límite alguno. Ahí teníamos que sortear caminos que no existían para evitar caer a la tierra. Las plantas no dejaban ver bien el suelo de modo que a los bichos agregábamos la posibilidad de pisar alguna culebra que bien sabíamos que por ahí andaba. Todo era un riesgo que tenía su recompensa en la jedionda sombra interna del chacuaco y su vista maravillosa hacia arriba, con su luna bien delineada en el cielo. Eso era todo, correr riesgos para tener una bonita vista en lo alto.
He vuelto, por azares de los caminos, a ver con tristeza el chacuaco de mi infancia. Ya las casas alrededor le quitaron para siempre esa visión de cielo siempre abierto, también ha caído ese coloso que creíamos eterno y es esa visión de las fuerzas del tiempo lo que me transforma aquellos viejos miedos en terrores ciertos sobre la fragilidad y lo volatil de todas las presencias.

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