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En la infancia uno cree que sus circunstancias iniciaron en nuestro nacimiento. A pesar de ello (o tal vez por ello) la niñez es como las mañanas ficticias de Borges: “nos depara la ilusión de un principio”. La maravilla estaba al día, fuera de todo tiempo. Todos los lugares y acontecimientos, por más horribles que fuesen, estaban envueltos por esa sensación de descubrimiento; es po eso que hoy, a pesar de todo, tienen un lugar querido en nuestros recuerdos.

Conocer y caminar las veredas de mis pueblos del Sur de Jalisco fue la primer maravilla perdurable de mi infancia. Quioscos, plazuelas, atrios, simples calles; pero sobre todo la geografía donde estaban inmersos; dejaban ver la particularidad irrepetible de cada pueblo. Y así me creía (ahora lo sé) orgulloso habitante de esta región, es decir, del país, es decir, del mundo.

Pero las cirtunstancias son previas a uno y hoy vino a mi la respuesta a una pregunta no formulada. Todo empezó gracias a la contratación que hicimos de un sistema de televisión satelital. Desde ahí vi los programas que frecuentemente hacen de sus pueblos los españoles. El orgullo de sí mismos y de sus terruños es lo que los impulsa a mostrarlos a los demás (incluidos, primeramente, los españoles mismos). Desde la primera emisión vi mis ojos en restrospectiva mirando los mismos paisajes de antaño. Entonces supe que soy español no sólo por el idioma. Este sentimiento de maravilla, perduración y sobre todo reconocimiento me viene indudablemente del otro lado del Atlántico y por ello me felicito. Sentirse perteneciente a una tradición lo cobija a uno y le da alas para continuar con nuevas aventuras en que perdurarla.

Gracias a la televisión española en general por esta oportunidad de conciencia en que la abolición de las distancias tiene que ver con el amor a nuestros pueblos.

Se dice que la vida te pone “patrones” que forjan tu personalidad o tus experiencias. ¿A cuántos de nosotros nos marcó la vida del Che como meta inalcanzable? Hoy mismo los jovencitos dirigen su vida dictada por sus ídolos del fútbol o de los deportes en general. El patrón mío durante algún tiempo (y de ahí un gusto que todavía perdura en estos tiempos) fue aquellos jovenes mayores que yo que tenían un gusto especial por la música. Recuerdo, por ejemplo, ver a algunos andar en sus autos con la música de Vangelis e Irene Papas allá en las calles de Zapotlán. ¿Dónde conseguir ese tipo de música más bien rara? No sólo era la música rara, más bien era la música no popular (al menos en nuestra ciudad). En esta amplia clasificación cabe completo el género del rock. Aquí haré un rápido recorrido en la educación que sobre esa música tuve.
Primeramente tenemos al grupo de rock por excelencia, los Beatles (que en nuestras tierras llamábamos los Birotes). Ya he mencionado en otro escrito que quien me introdujo en ese grupo fue el “Chato”, un trabajador de los talleres de talabartería de Lupe Enciso. Todo esto sucedió en la época en que estaba yo en quinto y llegó hasta el primer año de la secundaria. Luego vendrían los amigos de mi padre (mucho más jóvenes que mi papá, mucho más grandes que yo) quienes tenían gusto por aquel Vangelis, Irene Papas y Jon Anderson que mencioné primero. A partir de ellos buscaría en diversas discotecas discos de esa música y en estos días lo hago en el rapidshare persiguiendo sobre todo a Lorenna Mckennitt. Allá en esos días nació ese gusto musical.

Pero los mejores y más extensos aprendizajes los obtuve de mi “bolita” de amigos con los que nos reuníamos para écharnos unos tacos nocturnos o para jugar frontenis dominical. Estos amigos los conocí en el bachillerato allá en el Tec de Guzmán. Eran el Yorch (mala pronunciación de George), llamado Jorge Ortiz Fonseca quien venía de Ocotlán; el Barry, Juan Carlos Barriga, el más distinguido de todos nosotros y de quien hablaré en otro capítulo; el Títere, Javier el hijo del fotógrafo amigo de mi padre; claro, Roberto el de Etzatlán quien era el más vanguardista de todos en este terreno de la música. A esta bolita de vez en cuando se agregaba el Neto, Ernesto no sé qué, también buen amigo. Nuestra época fue no ya la del rock pesado (que más bien se dio en nuestra infancia), fue más bien la del heavy metal y sus guitarristas dioses. Bien recuerdo que esa guerra de guitarristas comenzó con el grupo Scorpions que nos presentara nuestro amigo Roberto. Escuchen la guitarra, nos indicaba imperioso y nosotros oíamos aquella velocidad inconcebible de los dedos en los trastes y sobre las cuerdas. Luego llegaría otro grupo con otro guitarrista más veloz lo cual nos hacía desdeñar al grupo anterior. Esto se repitió unas cuatro veces hasta llegar a Metallica, iniciando en el más puro estilo heavy metal, como ya lo había dicho, hasta el más degenerado trash metal y otros estilos indistinguibles (haciendo justicia en estos estilos ya obtuve la asesoría de otro amigo, el Mackuin, cuyo verdadero nombre olvido). Ahora aprecio que nuestro gusto en esa música no era tanto musical, antes bien simplemente considerábamos las posibilidades técnicas de un guitarrista en los trastes y no su calidad interpretativa. ¡Qué lejos todos ellos de apasionado Jimi Hendrix! Verdadero rey del instrumento y por siempre insuperable.