Archive for mayo, 2011


Nota: el siguiente escrito fue hecho para acompañar unas fotos que ya he perdido. Creo, aun así, que tiene cierta validez y lo dejo aquí.

El teatro como recurso didáctico o, más específicamente, como evangelizador, fue muy empleado en la América Hispánica. Especialmente en México fue este medio el que dio excelentes resultados para la iglesia católica. Las pastorelas son su producto más querido por el propio pueblo que las representa y a las que todavía recurre. Por otro lado las procesiones anuales conocidas como “andas” o carros alegóricos (básicamente tarimas cargadas por feligreses con santos o personas representándolos, arriba) son una representación degenerativa del teatro que conocemos: los actores permanecen inmóviles, el escenario es móvil y el guión ha sido anulado. ¿Una representación “pictórica” tridimensional? Tampoco lo creo. De cualquier forma se asiste a una degeneración de las artes visuales y temporales (no menciono aquí la fuerte carga de dominio social encarnado en estas representaciones: los ricos son los que interpretan los cómodos personajes bíblicos que son transportados en tarimas jaladas por tractores, mientras que el pueblo suda, baila y se cansa alrededor de estos vehículos, movidos tan sólo por la fuerza de su creencia). Sea como fuere presenciamos al arte como el medio más efectivo para enaltecer y continuar con la fe.
Los viacrusis recurren también al teatro para manifestarse en su mejor forma. El escenario es ahora las calles del pueblo o barrio que recorren los piadosos actores. Las representaciones de la pasión de Cristo se lleva a cabo en muchas ciudades de la república. Estas fotos fueron tomadas en la calle Humbolt, en Ciudad Guzmán. La precesión terminaría a los pies de la Cruz Blanca en la montaña Oriente. Aunque otros viacrusis se desarrollaban en otros barrios guzmanenses, cada uno tiene tanta presencia de feligreses como la que se puede apreciar aquí.

Infancia

Recuerdo la luz
(la luz inútil en sí misma)
sobre unas formas del valle
ya olvidadas.
Árboles en desorden plantando
contrarias sombras,
lomeríos proyectando alturas
al amanecer,
neblina como ingrediente etéreo,
esparcida.
Ya el paisaje olvidado es ahora
imagen de lo que yo quiero.
No hablo de lo que veo,
sólo que esta imagen inasible
quiere ser la encarnación
(mi modo de tocar lo eterno)
de la infinita felicidad sentida
por haber surcado
aquel tiempo.

Tren

La “pérdida de la inocencia” se identifica generalmente con la finalización de la infancia y el inicio de la vida adulta. Muchos quieren ver en esta frase una fuerte carga psicológica que cada uno de nosotros enfrentamos o enfrentaremos alguna vez. El fin de la infancia pareciera ser solamente una cuestión personal y subjetiva, pero creo que esto no es así. La pérdida de la inocencia también puede identificarse externamente con la pérdida de aquellos lugares en que nuestra infancia fue forjada.

No creo que pocos habitantes de Zapotlán (sin importar su edad) vean con tristeza y rabia en qué se ha convertido nuestro lugar de sueños: el cine Diana, lugar donde navegamos por los siete mares; aquellos pasillos que en las matinés eran convertidos en junglas donde decenas de Tarzanes brincábamos de una butaca a otra; lugar del encuentro y las confidencias tiernamente secretas; cita con lo prohibido y el atrevimiento; rituales vespertinos que consolidaron familias o amistades. Fue ahí donde supimos que el sueño no pertenecía solamente al director de la película, el sueño era profundamente nuestro y era en la sala cinematográfica donde lo compartíamos con los demás.

Las transformaciones llegan a futuros insospechados. El cine Diana fue comprado por las tiendas Elektra para transformarlo en una horrible bodega donde el comercio transita en lugar de los sueños. Así también la estación del tren no pudo soportar el paso del tiempo y ahora se está transformando en ruinosas construcciones.

¡Cuánta vida ahí! ¡Cuántas felicidades en los arribos y cuántas tristezas en las partidas! La excitación era dictada por la presencia del tren. Recuerdo la algarabía, los íres y venires de vendedores, los gritos de apuración de los pasajeros. Maletas olvidadas, calmantes (frituras de puerco que “calmaba” el hambre) que iban de una mano a otra, bolsas de frutas, prisas para lograr el mejor lugar, la guitarra que amenizaba el viaje, las ventanillas que se abren para el último adiós… El recorrido obligaba a uno armarse de paciencia ya que de un pueblo a otro, aunque estuvieran muy cerca, podían pasar muchos minutos de ociosidad desperdiciada.

Una vez partido el tren la estación podía caer en una especie de letargo. Los vendedores buscaban con ansia a los posibles pasajeros (para el próximo viaje o aquellos a quienes se les fue el tren) para venderles su mercancía de engaño: tortas rebosantes cuyos ingredientes llegaban a la mitad del pan, guayabas exquisitas hasta la mitad de la bolsa, las otras estaban podridas, un “clavo” las delataba.

A nosotros, niños entonces, nos gustaba ir a la estación del tren para ver a nuestros dos verdaderos héroes: el inalcanzable maquinista y el sabio telegrafista.

Ir a la estación significaba tener acceso a otro tiempo, el ya perdido irremediablemente y del que la estación representaba un reducto aprovechable aún. Íbamos ahí para revivir la gloria de nuestros abuelos que habían vivido la Revolución y de la que el tren representaba el símbolo de revolucionarios y soldaderas solidarios con sus hermanos de otras geografías nacionales. El tren que conocía otros pueblos, sabía de otras tradiciones y llevaba las nuestras a repartir a tierras inimaginables.
Por todo eso nos gustaba ir a la estación del tren. Algunos tal vez jamás disfrutaron de un viaje en tren, yo mismo lo realicé pocas veces, pero me gustaba ir a la estación. Ver a las demás personas, casi siempre de condición humilde, como portadoras de una tradición casi siempre inconsciente y por ello más auténtica.

La estación reducida a polvo, a olvido, a nada… Ahora la veo y en ella encarnan mis más profundas tristezas. Es lamentable que de esa forma hayan terminado los alegres años de mi infancia.

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