El espíritu ranchero de la ciudad fue siendo abandonado poco a poco. Las casas que tenían corrales interiores con animales fueron yéndose a las orillas. Mi amigo Alejandro vivía con su abuelita en la calle Núñez, en la ascera de enfrente de mi casa, un poco más arriba. Todas las noches jugábamos la pandilla completa del barrio y él era uno de los más maduros y el líder natural. Cuando se fue extrañábamos sus guías y sus ideas para nuevos juegos. Lo seguí frecuentando puesto que iba al barrio muy seguido a ver a su abuelita. Repetidas veces lo acompañamos a su nueva casa. Ahí tuvimos las experiencias más aleccionadoras de lo que es la vida, al menos en su nacimiento. Muchas veces fuimos a ver parir a los animales que tenía ahí su papá. En una ocasión estuvimos pendientes del parto de una puerca que comenzó como a eso de las 9 de la noche y terminó como a las 2 de la mañana. Yo no soporté el sueño y tuve que ir a dormirme, no recuerdo a dónde fui o quién me llevó a casa a esas horas de la noche. Lo cierto es que al despertar lo primero que hice fue preguntar cuántos puerquitos había tenido la marranita. Veintidós, fue lo que me respondieron. Me pareció increíble.
Pero la aventura más grande que ahí tuvimos fue el parto de una vaca. Alejandro nos invitó a mí y a otros amigos (¿Toño, Manuel?) a presenciar dicho alumbramiento. La familia de mi amigo estaba muy confiada en que había tiempo de sobra para que la vaca pariera. No sé qué tuvo que hacer el padre de mi amigo que salió de la casa y nos dejó solos a todos los niños. Alejandro, experto ya en esas cosas a su corta edad, notó que la vaca ya estaba en trabajo de parto final. Lo que hizo fue lazarle la cabeza para obligarla a estar quieta en un solo punto para que naciera su becerrito. La amarró a un poste fuerte que tal vez ya había colocado ahí para tales ocasiones. Nosotros estábamos detrás de la vaca y comenzamos a ver las patas delanteras húmedas del becerro al cual le llegamos a ver la trompa ya siendo expulsada de la «panza» de la vaca. Grande fue nuestra sorpresa al ver que la vaca absorvía de nuevo a su retoño a grado tal de que lo vimos desaparecer por completo dentro de su madre. No entendíamos la actitud de ese animal. Ni Alejandro sabía qué hacer. Sólo corríamos de un lado a otro sin atinar a algún acto sensato. La vaca, con una fuerza enorme, reventó la soga que la tenía atada al poste y se retiró a otro lugar donde tuvo a su cría sin ningún problema. ¿Qué fue lo que pasó? La vaca se había ido a un pedazo de tierra seco a tener a su becerro. Nosotros, inexpertos, la habíamos atado al poste donde todo a su alrededor estaba mojado.
¿Sabiduría animal? Lo cierto es que esas imágenes jamás las borraré de mis recuerdos.
