Mi educación primaria la cursé en la escuela Anexa a la Normal (creo que hoy ya tiene el nombre de un personaje mexicano). En los recreos salíamos al patio este (que se encontraba a la mitad de nuestra escuela y la cancha del Estadio Santa Rosa) y jugábamos a correr. El patio era delimitado por una barda y un trío de grandes árboles a los que los más valientes acostumbraban subir. En los últimos años de nuestros estudios dicho patio fue cubierto por una plancha para hacer una cancha de basquetbol, pero antes que eso el patio semejaba más a un baldío que a otra cosa. Altos pastizales de no sé qué especie cubrían casi por completo el campo. Los lugares que no estaban cubiertos de esas plantas eran horadados por unos largos gusanos que dejaban bien visibles sus agujeros profundos. Estos gusanos eran el atractivo para muchos de nosotros puesto que los hacíamos pelear entre ellos. Pero ¿cómo llegar al fondo de sus nidos? Simple trampa, pescándolos. Sí, pescándolos, como lo hacen los pescadores con sus anzuelos. Cogíamos uno de esos pastizales largos y los insertábamos en los rectos agujeros, esperábamos que la espiga del zacate comenzara a moverse indicándonos que el gusano había “picado” y sacábamos el zacate rápidamente. El gusano caía en la tierra pelona.

Cuanto teníamos otro gusano más los poníamos de frente para que pelearan cuerpo a cuerpo. El más fuerte o afortunado lograba matar al otro con sus fuertes tenazas de su boca. Felicidad general, había ganado uno de ellos.

También hacíamos feas trampas para tumbar al corredor que azarosamente fuera pasando por el pastizal. En lo más tupido del zacatal enredábamos con fuerte nudo dos manojos de zacate plantado. Lo demás es fácil de imaginar. El corredor que por ahí pasaba enredaba sus pasos en el nudo y ¡racatlán! iba a parar al suelo zacatoso. Claro que la trampa se volvía rápidamente contra nosotros que también caíamos en otras trampas ignoradas o en las nuestras propias olvidadas.