Recientemente un flashazo del recuerdo reunió dos acontecimientos que vi en Zapotlán. No sé qué eslabón me los enlaza, pero es cierto que ahí aparecieron esas dos imágenes cuya única constante es la calle.
Primero. Comienzo con el suceso más reciente por tenerlo más fresco en la memoria. Mis hijos y yo bajábamos del cerro luego de haber conocido una pequeña presa de nombre El Calaque, en el municipio de Zapotiltic, Jalisco. Nuestros ojos ynuestros ánimos disfrutaban de la belleza del paisaje, de los altos y gruesos árboles que nos flanqueban. A lo lejos percibíamos las tres cumbres del sur de Jalisco: el Volcán de Fuego, el Nevado de Colima y el Pico del Águila. Más a la derecha, hacia el oeste, veíamos arquearse el cerro de la Media Luna, mencionado por Rulfo en alguno de sus cuentos.
Nuestra vista, pues, estaba perdida en lo alto de los cielos. Avanzábamos y no percibimos que del corral de las primeras casas salió disparado un correcaminos del que apenas alcanzamos a ver la sombra cuando se perdió entre los matorrales bajos de la vegetación seca.
Segundo. Tiempo de la adolescencia, tal vez yo cursaba la secundaria, tal vez caminaba yo con un amigo, el “Tortolito”. Tal vez… El acontecimiento, por ser añejo, se me desmorona en la memoria. Lo cierto es que mi amigo reconoció a un vecino que descansaba de pie recargado bajo el dintel de la puerta, sin camisa, con la panza de fuera. A modo de saludo mi amigo pregunta: “¿Qué haces?”. Y la respuesta hizo que me destornillara de risa, pero por dentro, hay que guardar respeto siempre:
—Aquí, veraneando.
No descansaba, no güevoneaba. Se dedicaba a veranear, una actividad que más bien pareciera propia de una persona de la alta sociedad y no de este prietito de quien podríamos adivinar la caguama escondida tras la puerta.
