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Hay muchos rincones en Zapotlán que bien podríamos calificarlos como mágicos. No puedo dejar de mencionar aquí uno de los más atractivos durante mi infancia, el chacuaco que se encontraba (hoy ya se ha derrumbado) detrás de la colonia Ejidal. Ir a ese lugar siempre estaba acompañado por sentimientos de misterio y de miedo. Miedo a los alacranes que nos aseguraban estaban en lo alto de esa chimenea; misterio porque nos sentíamos adentrar a otros tiempos que no vivimos. Tiempos que intuíamos de pujanza económica, de trabajo, de vida social, pues. Algo también había de tristeza al saber que toda esta bonanza se había perdido para siempre y que ya sólo a nosotros nos tocaba ver y vivir a través de esas ruinas que hallábamos alrededor del chacuaco.
Había bardas que recomponíamos en cuartuchos que quién sabe qué guardarían. El escenario éste tenía siempre estos elementos: un sol implacable que hacía más amarillos los altos zacates bien secos por el calor, y un alto cielo que se habría sin límite alguno. Ahí teníamos que sortear caminos que no existían para evitar caer a la tierra. Las plantas no dejaban ver bien el suelo de modo que a los bichos agregábamos la posibilidad de pisar alguna culebra que bien sabíamos que por ahí andaba. Todo era un riesgo que tenía su recompensa en la jedionda sombra interna del chacuaco y su vista maravillosa hacia arriba, con su luna bien delineada en el cielo. Eso era todo, correr riesgos para tener una bonita vista en lo alto.
He vuelto, por azares de los caminos, a ver con tristeza el chacuaco de mi infancia. Ya las casas alrededor le quitaron para siempre esa visión de cielo siempre abierto, también ha caído ese coloso que creíamos eterno y es esa visión de las fuerzas del tiempo lo que me transforma aquellos viejos miedos en terrores ciertos sobre la fragilidad y lo volatil de todas las presencias.
Hubo una época en que salíamos a hacer ejercicio mi amigo Manuel y yo. Correr o caminar, una ocasión de esas fuimos rumbo al Calaque, no recuerdo ya nada del camino, pero sí recuerdo con especial emoción el regreso que hicimos por un camino amplio cubrierto por altos árboles cuyas copas se juntaban allá arriba sombreando por completo dicho sendero. En un declive vi, tirado en la tierra, al animal más maravilloso e increíble que he visto en mi vida. Era una especie de salamandra de tamaño mayor al de mi mano extendida. Lo impactante del animalillo eran sus dos únicos y absolutos colores. Para lograr describirlo primero he de decirles que los colores estaban bien separados, delimitados a lo largo del cuerpo, una línea que partía de la comisura de su hocico y que hacía que la mandíbula superior fuera de un color y la inferior de otro. Esa línea recorría todo el cuerpo hasta la cola. Arriba era de un color negro absoluto, como ya lo dije, no pardo, no oscuro, negro total como el de los zapatos. Ninguna otra manchita. La parte del abdomen era roja, un rojo que tampoco admitía ningún otro colorcito por más pequeño que fuera. Rojo como de plástico, rojo intenso como el de las rosas.
Lo movimos con una ramita para ver si estaba muerto y, para mi fortuna, sí lo estaba. Lo metimos a una bolsa que había en el camino y me lo llevé yo como un tesoro. Yo estaba más maravillado con aquel animal que mi amigo Manuel, de modo que, sin pactarlo, yo me quedaría con él. Al llegar a casa se lo enseñé a mi mamá, quería yo compartir mi descubrimiento de ese animal con todos los que llegaran a casa. Lo dejé adentro, en el corral esperando a que llegaran otras personas. Pronto me olvidé de él cuando llegó mi abuelito Rafael, padre de mi madre. Mi mamá se lo enseñó y vieron que comenzó a moverse, ¡el maldito animal estaba vivo! Y yo lo había tenido durante varios minutos cerca de mi mano. Mi abuelo le dijo a mi mamá que ese animal se llamaba escorpión y que era muy venenoso. Lo mató enseguida.
¿De qué muerte terrible escapé nuevamente en esta oportunidad?
La primaria la cursé en la Anexa a la Normal, la cual tenía una cancha de fútbol delimitada a uno de sus costados por tres o cuatro grandes árboles (de donde, por cierto, José Ramón Antonio se quebró un brazo tras caer de una de sus ramas). A un costado de esos árboles estaba la barda que delimitaba definitivamente los terrenos de la primaria. Tras esa barda se encontraba ya el estadio Santa Rosa, pero entre el estadio y la primara había un camino lo suficientemente grande como para que cruzara una camioneta grande. Es camino tenía mucho de misterioso, jamás supe de quien era. ¿De la primaria, del estadio? La cosa es que de vez en cuando de la primaria nos íbamos para allá y nos sentíamos en otra dimensión, fuera no sólo de nuestra escuela sino por completo de nuestra ciudad. Recorríamos ese camino como quien está a punto de descubrir una nueva especie o algún fósil. Los altos pastos proporcionaban mucho de ese misterio. No sabíamos qué había debajo de nuestros pies y con ello se ponía el ingrediente del miedo. Lo único que encontrábamos de valía para nosotros eran grandes telarañas con su araña al centro de vivos colores contrastados con partes negras de esos arácnidos.
Ahora reconozco que tal vez de ahí me venga la capacidad de descubrir que a un costado de las cosas cotidianamente aburridas se encuentra la maravilla, siempre al alcance de nuestros ánimos.
Aquellos lugares a los que salíamos con cierta regularidad en mi primera década de vida incluían las albercas y lugares para natación. Ya he dicho que me enseñé a nadar en el “Agua Caliente” de Tamazula. También otro lugar que visitábamos con frecuencia era El Cortijo. No sé si este lugar era el nombre de un pueblo, pero para mí era esa extraña alberca que se formaba con el agua que surgía de un “ojo de agua”. La alberca era ya una construcción vieja y yo me la imagino ahora como parte de una hacienda. El ojo de agua, la fuente principal, estaba a un costado de la redonda piscina y un bonito adorno vertía el agua a la alberca propiamente dicha. El agua era tan clara que permitía ver el fondo lleno de piedras y creo que algunas raíces. Al costado de la alberca había un gran árbol de cuyas altas ramas los más audaces se aventaban certeros clavados. Yo tenía miedo de meterme a esas frías aguas por ese fondo que en nada se parecía a las seguras albercas de otros lados.
Al lado de esa vieja construcción se alzaba una huerta de ¿aguacates, mangos? Ya no lo recuerdo, lo único que sé es que eran árboles altos. Entre los huecos que hacían sus hojas pasaba la luz que iluminaba un pequeño arroyo producto de aquel ojo de agua. Ahí nos íbamos a comer.
Años después de estos primeros viajes, supimos que muy cerca de ahí había un par de albercas ya bien hechas y en forma. La cantidad de agua de esa zona permitía estos centros recreativos. Recuerdo que en uno de esos viajes que hicimos a estas albercas una chica sufrió ahogo y alguien pudo sacarla a tiempo. La mujer estaba bocarriba y su salvador oprimía su estómago. Mi padre y mi tío Agapito (con quien siempre hacíamos estos viajes) indicaban que sería mejor si ponían bocabajo a la chica para que se le saliera el agua más fácil. Indicaban para ellos ya que nunca le dijeron al socorrista lo que debería hacer.
Todavía más años transcurrieron para que yo me diera cuenta que El Cortijo y su ojo de agua, pertenecían al pueblo de Santa Cruz, donde nació mi tío Agapito. El pueblo tiene una hermosa hacienda todavía en buen estado y recientemente he ido a tomar algunas fotografías, pero ya el agua de aquellas tierras no las he gozado como en aquella infancia.
¿Cuántos años duró la fayuca en nuestra ciudad? Yo estaba muy chico como para darme cuenta cuándo inició, pero bien me di cuenta que existía. De hecho uno de mis primos a eso se dedicaba y hacía viajes continuos al “norte”. No sé qué cosas traía, pero ahora que recuerdo deduzco que él era un distribuidor ya que nunca lo vi vendiendo nada allá, entre el mercado grande y detrás de la Catedral, que era el área donde se ponían los puestos de fayuca.
Nosotros ibamos sobre todo a comprar carritos ingleses de trabajo, camiones, tractores, trascabos. Mi papá no toleraba los carritos de carreras o familiares. La colección que logró tener la heredó a mi hijo Allan, acá la conservamos todavía. La compra de esos pequeños autos terminó cuando llegaron los gringos o los chinos. Los autos ingleses tenían tal calidad que amortiguaban su caída con un sistema sencillo colocado en el eje de las llantas. Los de los otros países no tenían eso y nos parecían bastante chafas.
Ir a la fayuca representó para mí siempre una emoción, no tanto por los carritos a comprar como por estar rompiendo con ciertas reglas, leyes supuestas para impedir ese comercio. Yo iba con miedo de que la policía nos cachara en plena compra o por el solo hecho de caminar por esas calles de Dios.
¿Cuándo acabó la fayuca? Tampoco lo sé, de hecho no estoy seguro que se haya acabado, ahora más legalizados los productos circulan precisamente por ese mismo lugar pero ya todos marcados con la misma leyenda: Made in China y la calidad ya ustedes la conocen.
