Categoría: Lugares


Recientemente un flashazo del recuerdo reunió dos acontecimientos que vi en Zapotlán. No sé qué eslabón me los enlaza, pero es cierto que ahí aparecieron esas dos imágenes cuya única constante es la calle.

Primero. Comienzo con el suceso más reciente por tenerlo más fresco en la memoria. Mis hijos y yo bajábamos del cerro luego de haber conocido una pequeña presa de nombre El Calaque, en el municipio de Zapotiltic, Jalisco. Nuestros ojos ynuestros ánimos disfrutaban de la belleza del paisaje, de los altos y gruesos árboles que nos flanqueban. A lo lejos percibíamos las tres cumbres del sur de Jalisco: el Volcán de Fuego, el Nevado de Colima y el Pico del Águila. Más a la derecha, hacia el oeste, veíamos arquearse el cerro de la Media Luna, mencionado por Rulfo en alguno de sus cuentos.
Nuestra vista, pues, estaba perdida en lo alto de los cielos. Avanzábamos y no percibimos que del corral de las primeras casas salió disparado un correcaminos del que apenas alcanzamos a ver la sombra cuando se perdió entre los matorrales bajos de la vegetación seca.

Segundo. Tiempo de la adolescencia, tal vez yo cursaba la secundaria, tal vez caminaba yo con un amigo, el “Tortolito”. Tal vez… El acontecimiento, por ser añejo, se me desmorona en la memoria. Lo cierto es que mi amigo reconoció a un vecino que descansaba de pie recargado bajo el dintel de la puerta, sin camisa, con la panza de fuera. A modo de saludo mi amigo pregunta: “¿Qué haces?”. Y la respuesta hizo que me destornillara de risa, pero por dentro, hay que guardar respeto siempre:

—Aquí, veraneando.

No descansaba, no güevoneaba. Se dedicaba a veranear, una actividad que más bien pareciera propia de una persona de la alta sociedad y no de este prietito de quien podríamos adivinar la caguama escondida tras la puerta.

El Calaque

Este fin de semana llevé a mi familia al Calaque. No sé si es una presa o un laguito natural. Como estábamos en tiempos de “secas” había poca agua. Sin embargo el trayecto en sí fue el premio esperado de nuestro viaje. La verdad es que ni siquiera yo esperaba que pronto, luego de salir de la carretera, cerca de la vuelta del zapote, nos encontramos con altos áboles que llamamos pinos (pero que no lo son). Eso nos hizo sentir en pleno bosque, creo que parte de la sierra del Tigre de honorable memoria familiar. Al subir el cerro nos encontramos con la agradable imagen de mi Zapotlán en pleno brillo vespertino. Un poco más arriba pudimos ver a nuestra derecha, hacia el oriente, un par de pueblos que no identificamos. Lo que sí sabía es que estábamos adentrándonos en el municipio de Zapotiltic.

Llegar a la laguinita esta representó en momentos algo difícil dadas las condiciones de la brecha. Afortunadamente pude librar el problema, pero hubo un momento, a unos 200 metros ya del lago, en que ni siquiera una moto podría sortear los hondos pozos que se nos presentaban adelante. Bajamos y nos fuimos caminando. La estadía cerca del agua, en terrenos que deben pertenecerle en tiempo de lluvias, era toda una experiencia. Mi hijos tocaron el agua, Aarón se tumbó cerca del pequeño oleaje y gozamos de la imagen del bosque a nuestro alrededor.

Al parecer el lugar es aprovechado por motociclistas quienes acampan durante la noche para gozar de una vista del cielo que debe ser sobrecogedor.

Yo les comenté a mis hijos que mis primos venían seguido aquí, al Calaque, y que yo, la primera vez que vine y la última, fue cuando estaba en sexto de primaria. La verdad es que de plano he olvidado aquella imagen del agua bordeada de cerros, pero lo que sí recuerdo es el tremendo cansancio que tenía yo al regresar caminando a Zapotlán. Yo era el último en la fila, bueno, el penúltimo ya que nuestro maestro (un maestro güero del que ya he olvidado sus facciones y su nombre) iba cuidándonos desde atrás. Él había cortado una planta espinosa con la que me fustigaba para que yo siguiera avanzando. Tristemente es todo lo que recuerdo.

El pueblo entonces
era tan pequeño
que todo sucedía
en su plaza principal.
Era octubre
y la fiesta patronal
había desplegado
sus juegos mecánicos
y sus fuegos pirotécnicos.
Mi amigo Manuel
quería que fuéramos
a ver qué juegos se
habían instalado.
Tendríamos siete u ocho
años y tal vez
por eso no nos importó
el riesgo que corríamos
los dos solos en oscuras
calles que bien conocidas.
Llegamos y vimos
luces, juegos y diversiones.
Desconocimos cuánto
tiempo había transcurrido.
Rondábamos la plazuela
emocionados entre tanta exitación
cuando de repente
un joven en bicicleta
nos detuvo.
“¿Tú eres el hijo de doña Ángela”?
me preguntó.
Dije sí sin pensarlo.
“Los andan buscando,
vengan, los llevaré a casa”.
Recorrimos el regreso
con expectativa y sin miedo.
La casa de mi amigo
fue a la primera que llegamos.
Su madre salió
a su encuentro
con velocidad espeluznante,
extendiendo lo más que podía
la mano
la dejó caer una y otra vez
sobre rostro
hombros, espalda,
de mi amigo.
A cada golpe la madre
reclamaba:
“¿Dónde andabas, desgraciado?”
Manuel lloraba
y yo salí corriendo
rumbo a mi casa.
Allá mi madre
corrió también
con los brazos abiertos,
pero fue ella quien lloró
mientras me abrazaba
y me decía:
“jamás sabrás
lo que sentí”.

Pastizales

Mi educación primaria la cursé en la escuela Anexa a la Normal (creo que hoy ya tiene el nombre de un personaje mexicano). En los recreos salíamos al patio este (que se encontraba a la mitad de nuestra escuela y la cancha del Estadio Santa Rosa) y jugábamos a correr. El patio era delimitado por una barda y un trío de grandes árboles a los que los más valientes acostumbraban subir. En los últimos años de nuestros estudios dicho patio fue cubierto por una plancha para hacer una cancha de basquetbol, pero antes que eso el patio semejaba más a un baldío que a otra cosa. Altos pastizales de no sé qué especie cubrían casi por completo el campo. Los lugares que no estaban cubiertos de esas plantas eran horadados por unos largos gusanos que dejaban bien visibles sus agujeros profundos. Estos gusanos eran el atractivo para muchos de nosotros puesto que los hacíamos pelear entre ellos. Pero ¿cómo llegar al fondo de sus nidos? Simple trampa, pescándolos. Sí, pescándolos, como lo hacen los pescadores con sus anzuelos. Cogíamos uno de esos pastizales largos y los insertábamos en los rectos agujeros, esperábamos que la espiga del zacate comenzara a moverse indicándonos que el gusano había “picado” y sacábamos el zacate rápidamente. El gusano caía en la tierra pelona.

Cuanto teníamos otro gusano más los poníamos de frente para que pelearan cuerpo a cuerpo. El más fuerte o afortunado lograba matar al otro con sus fuertes tenazas de su boca. Felicidad general, había ganado uno de ellos.

También hacíamos feas trampas para tumbar al corredor que azarosamente fuera pasando por el pastizal. En lo más tupido del zacatal enredábamos con fuerte nudo dos manojos de zacate plantado. Lo demás es fácil de imaginar. El corredor que por ahí pasaba enredaba sus pasos en el nudo y ¡racatlán! iba a parar al suelo zacatoso. Claro que la trampa se volvía rápidamente contra nosotros que también caíamos en otras trampas ignoradas o en las nuestras propias olvidadas.

Naturaleza 2

El espíritu ranchero de la ciudad fue siendo abandonado poco a poco. Las casas que tenían corrales interiores con animales fueron yéndose a las orillas. Mi amigo Alejandro vivía con su abuelita en la calle Núñez, en la ascera de enfrente de mi casa, un poco más arriba. Todas las noches jugábamos la pandilla completa del barrio y él era uno de los más maduros y el líder natural. Cuando se fue extrañábamos sus guías y sus ideas para nuevos juegos. Lo seguí frecuentando puesto que iba al barrio muy seguido a ver a su abuelita. Repetidas veces lo acompañamos a su nueva casa. Ahí tuvimos las experiencias más aleccionadoras de lo que es la vida, al menos en su nacimiento. Muchas veces fuimos a ver parir a los animales que tenía ahí su papá. En una ocasión estuvimos pendientes del parto de una puerca que comenzó como a eso de las 9 de la noche y terminó como a las 2 de la mañana. Yo no soporté el sueño y tuve que ir a dormirme, no recuerdo a dónde fui o quién me llevó a casa a esas horas de la noche. Lo cierto es que al despertar lo primero que hice fue preguntar cuántos puerquitos había tenido la marranita. Veintidós, fue lo que me respondieron. Me pareció increíble.

Pero la aventura más grande que ahí tuvimos fue el parto de una vaca. Alejandro nos invitó a mí y a otros amigos (¿Toño, Manuel?) a presenciar dicho alumbramiento. La familia de mi amigo estaba muy confiada en que había tiempo de sobra para que la vaca pariera. No sé qué tuvo que hacer el padre de mi amigo que salió de la casa y nos dejó solos a todos los niños. Alejandro, experto ya en esas cosas a su corta edad, notó que la vaca ya estaba en trabajo de parto final. Lo que hizo fue lazarle la cabeza para obligarla a estar quieta en un solo punto para que naciera su becerrito. La amarró a un poste fuerte que tal vez ya había colocado ahí para tales ocasiones. Nosotros estábamos detrás de la vaca y comenzamos a ver las patas delanteras húmedas del becerro al cual le llegamos a ver la trompa ya siendo expulsada de la «panza» de la vaca. Grande fue nuestra sorpresa al ver que la vaca absorvía de nuevo a su retoño a grado tal de que lo vimos desaparecer por completo dentro de su madre. No entendíamos la actitud de ese animal. Ni Alejandro sabía qué hacer. Sólo corríamos de un lado a otro sin atinar a algún acto sensato. La vaca, con una fuerza enorme, reventó la soga que la tenía atada al poste y se retiró a otro lugar donde tuvo a su cría sin ningún problema. ¿Qué fue lo que pasó? La vaca se había ido a un pedazo de tierra seco a tener a su becerro. Nosotros, inexpertos, la habíamos atado al poste donde todo a su alrededor estaba mojado.

¿Sabiduría animal? Lo cierto es que esas imágenes jamás las borraré de mis recuerdos.

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