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Hay muchos rincones en Zapotlán que bien podríamos calificarlos como mágicos. No puedo dejar de mencionar aquí uno de los más atractivos durante mi infancia, el chacuaco que se encontraba (hoy ya se ha derrumbado) detrás de la colonia Ejidal. Ir a ese lugar siempre estaba acompañado por sentimientos de misterio y de miedo. Miedo a los alacranes que nos aseguraban estaban en lo alto de esa chimenea; misterio porque nos sentíamos adentrar a otros tiempos que no vivimos. Tiempos que intuíamos de pujanza económica, de trabajo, de vida social, pues. Algo también había de tristeza al saber que toda esta bonanza se había perdido para siempre y que ya sólo a nosotros nos tocaba ver y vivir a través de esas ruinas que hallábamos alrededor del chacuaco.
Había bardas que recomponíamos en cuartuchos que quién sabe qué guardarían. El escenario éste tenía siempre estos elementos: un sol implacable que hacía más amarillos los altos zacates bien secos por el calor, y un alto cielo que se habría sin límite alguno. Ahí teníamos que sortear caminos que no existían para evitar caer a la tierra. Las plantas no dejaban ver bien el suelo de modo que a los bichos agregábamos la posibilidad de pisar alguna culebra que bien sabíamos que por ahí andaba. Todo era un riesgo que tenía su recompensa en la jedionda sombra interna del chacuaco y su vista maravillosa hacia arriba, con su luna bien delineada en el cielo. Eso era todo, correr riesgos para tener una bonita vista en lo alto.
He vuelto, por azares de los caminos, a ver con tristeza el chacuaco de mi infancia. Ya las casas alrededor le quitaron para siempre esa visión de cielo siempre abierto, también ha caído ese coloso que creíamos eterno y es esa visión de las fuerzas del tiempo lo que me transforma aquellos viejos miedos en terrores ciertos sobre la fragilidad y lo volatil de todas las presencias.
Por suerte he tenido contacto con muchas personas y “culturas” nacionales, pero extrañas a nuestro Zapotlán. Los paisajes y visiones de otras tierras me han hecho ver los particulares animales que viven en nuestro Sur de Jalisco. Dos son los que particularmente destacan en mi recuerdo.
Esquilines
Tal vez sean uno de los animales que primero conocí en mi infancia, en los que primero reparé (¿me atreveré a decir que aún antes que los gatos y perros?). Los esquilines son pequeñas hormigas cuyo nombre no es utilizado fuera de nuestra región. Allá les dirán hormigas, acá les llamamos así, esquilines, para diferenciarlos de sus mayores. Hay de dos tipos, los esquilines negros (habrá quien exija exclusividad de este nombre para estos animalitos) y los rojos. Los negros no son dañinos para el cuerpo humano, mientras que los rojos son fieros y “pican” a la gente que se acerca demasiado. Los calificativos religiosos aplican también para estos animalitos, los esquilines negros son de Dios y los rojos son del diablo.
Zanates
Las tierras del Valle de Zapotlán se caracterizan por sus sembradíos largos de maíz. Y quiso Dios que donde hubiera maíz hubiera zanates que se alimentaran de él. No sé qué tipo de animal es esta avecilla múltiple cuyas parvadas pueden alcanzar varios kilómetros. En una revista de fotografía española vi a un halcón atacando a unas aves también de número inabarcable, les llamaban tordos. Me gustaba ver a las personas que nos visitaban de otros estados sorprenderse con esas interminables hileras de ensombrecedores pajarillos hambrientos. La maravilla de esas avecillas y sus rápidas nubes es en realidad una molestia para los campesinos que pueden ver destruidas sus cosechas de maíz si no espantan a los zanates de sus parcelas. Hay quienes recurren a métodos escandalosos y lanzan cuetes explosivos contra los zanates que huyen a otros plantíos en búsqueda del sagrado maíz. Nota final: no sé si Juan José Arreola vio en estos animales una especie de cuervo que le inspiraría aquel cuento de los zapotlenses convertidos en ese nahual para traer los granos de maíz robados por los campesinos de Sayula y Tamazula. Aquellos quienes no soportaron la falta del sabor del maíz y lo comieron convertidos en cuervos se quedaron para siempre con esa figura.
Aquellos lugares a los que salíamos con cierta regularidad en mi primera década de vida incluían las albercas y lugares para natación. Ya he dicho que me enseñé a nadar en el “Agua Caliente” de Tamazula. También otro lugar que visitábamos con frecuencia era El Cortijo. No sé si este lugar era el nombre de un pueblo, pero para mí era esa extraña alberca que se formaba con el agua que surgía de un “ojo de agua”. La alberca era ya una construcción vieja y yo me la imagino ahora como parte de una hacienda. El ojo de agua, la fuente principal, estaba a un costado de la redonda piscina y un bonito adorno vertía el agua a la alberca propiamente dicha. El agua era tan clara que permitía ver el fondo lleno de piedras y creo que algunas raíces. Al costado de la alberca había un gran árbol de cuyas altas ramas los más audaces se aventaban certeros clavados. Yo tenía miedo de meterme a esas frías aguas por ese fondo que en nada se parecía a las seguras albercas de otros lados.
Al lado de esa vieja construcción se alzaba una huerta de ¿aguacates, mangos? Ya no lo recuerdo, lo único que sé es que eran árboles altos. Entre los huecos que hacían sus hojas pasaba la luz que iluminaba un pequeño arroyo producto de aquel ojo de agua. Ahí nos íbamos a comer.
Años después de estos primeros viajes, supimos que muy cerca de ahí había un par de albercas ya bien hechas y en forma. La cantidad de agua de esa zona permitía estos centros recreativos. Recuerdo que en uno de esos viajes que hicimos a estas albercas una chica sufrió ahogo y alguien pudo sacarla a tiempo. La mujer estaba bocarriba y su salvador oprimía su estómago. Mi padre y mi tío Agapito (con quien siempre hacíamos estos viajes) indicaban que sería mejor si ponían bocabajo a la chica para que se le saliera el agua más fácil. Indicaban para ellos ya que nunca le dijeron al socorrista lo que debería hacer.
Todavía más años transcurrieron para que yo me diera cuenta que El Cortijo y su ojo de agua, pertenecían al pueblo de Santa Cruz, donde nació mi tío Agapito. El pueblo tiene una hermosa hacienda todavía en buen estado y recientemente he ido a tomar algunas fotografías, pero ya el agua de aquellas tierras no las he gozado como en aquella infancia.
Es de noche. La lluvia lleva ya horas cayendo. Los truenos se escuchan esporádicamente, pero con fuerza. Llegan a mis oídos y yo los oigo desde la oscuridad total de mi cuarto. Se hace el retumbar como un golpe seco e inmediatamente un eco como en el interior de una campana. Escucho con atención y veo los pliegues del sonido que no son otra cosa, supongo, que los sube y baja del paisaje invisible. Todo se dirige a mí, el trueno se va y regresa atrapado por las montañas que rodean mi ciudad. Prestando oído a ese vaivén reconozco las distancias abstractas que me da la lluvia nocturna.
¿Deletrear un paisaje para generar
los signos de una historia?
El frío desciende y forma,
tensa las conversaciones cotidianas.
Hay un tiempo en que el polvo revolotea
convirtiéndose en todo el aire respirable,
de esta manera la tierra
funda en nosotros su ser de barro.
Las aguas perduran en tres niveles:
la lluvia que aborda, da cuenta de la profundidad del cielo;
a un costado, el lago que vive como una costilla necesaria,
él sabe y guarda todas las historias.
Por debajo (¿de quién?) circulan los ríos subterráneos,
corrientes cavernarias que transportan el agua silenciosa e ignorada,
sangre de la tierra que genera, imperceptible música que dicta.
Aquí también es el cielo de la noche,
callejones indecisos que guardan la oscura luz
que nos ilumina.
Es la noche que nos hace sentir Uno y percibir las distancias,
es ella, el símbolo de la ignorancia: todo lo que conocemos.
Es así el cielo, la tierra y el tiempo,
los signos de nuestro destino.
De ahí beben los hombres que tejen y continúan,
las mujeres que luchan y dan forma.
Eso que somos, soy
y soy todos ustedes,
este es mi testimonio.
