Categoría: Pensamiento


Y los amigos?

Uno creería que es reconocido por el pueblo donde nació. Luego se da cuenta que no es así. Bueno, pensamos, pero lo seré de mi familia, de seguro! Luego se da cuenta que tampoco, la familia también es parte del pueblo que nos escupe. Bien, me quedan mis amigos escritores, ellos sí reconocerán mi obra puesto que ambos nos dedicamos a las letras. Y tampoco, ni ellos lo reconocen a uno. ¿Qué queda? La esperanza más grande es sabernos leídos por fantasmales personas que jamás llegaremos a conocer.

Naturaleza 1

Zapotlán, entonces, era una ciudad tan pueblo que todavía tenía corrales de animales en pleno centro de la localidad. Nosotros mismos, recuerdo en mi infancia, teníamos un chiquero al fondo del traspatio (traspatio al que llamábamos «corral» y creo que aún le seguimos llamando así). Ahí un puerco engordaba con las sobras de comida que le daba mi padre y que mi madre conseguía de los vecinos a diario. Estas sobras tenían un nombre específico, les llamábamos «levaduras».

Yo ayudaba a mi padre a lavar el chiquero a diario. Chorros de agua se llevaban la suciedad del puerco. ¿Nos lo comimos, lo vendió? No recuerdo ya nada de eso. Lo cierto es que tener dicho animal duró poco, no sé si tuvimos un segundo marranito o mis padres optaron por deja ya esa tarea. Tal vez los olores los habían hecho desistir. De cualquier forma el chiquero quedó disponible para guardar utencilios y «telebrejos» que siempre se acumulan en las casas.

A un costado del chiquero hubo un corral de gallinas ponedoras (creo que hasta en una ocasión tuvimos patos, pero eso no lo aseguro) de las que mi madre aprovechaba los huevos y también la carne, la vi matar a varias cortando su cuello, yo le detenía las patas.

También recuerdo que hubo un chivo, no sé para festejar qué cosa. Ya ven que entre los mexicanos los chivos significan festejo. Ese animalillo llegó a golpearme varias veces con sus famosos topes de cuernos. También creo que sólo tuvimos uno.

Esa vida de hombres de campo sería la reminiscencia del pasado de mis padres. Mis abuelos ciertamente sí fueron campesinos (Rafael) o arrieros (Jesús). Ya después la vida de la ciudad se «comería» a mis padres que terminarían siendo burócrata y ama de casa. Yo y mis primos tendríamos tal vez nuestro último acercamiento a la vida del campo cuando nos íbamos a El Fresnito a sembrar, «asegundar» y cosechar. Pero eso más bien lo hacíamos como diversión.

También como diversión nuestros padres nos llevaban casi cada fin de semana a paseos en el campo. Tal vez ibamos a uno de los pueblos cercanos, tal vez optábamos por comer sencillamente bajo la sombra de un árbol. Para entonces los paisajes del volcán eran los preferidos. Me gustaba anochecer en aquellos viajes y ver cómo la ciudad prendía sus luces allá abajo. Cuando nos acompañaban mis primas Ochoa, bajábamos en la camioneta de su papá, mi tío Pepe, y el día terminaba con la máxima felicidad: cantar canciones rancheras ya en las sombras de la noche.

Viento

Vaya inutilidad, querer escribir no por registrar nuestro sentimiento, sino por querer revivirlo tal como lo tuvimos en su tiempo. Así escribo con la esperanza de volver a sentir el viento y no por querer plasmar algo sobre esta hoja.

Mi viento, ese que se me ha metido en el centro de los huesos, es un viento frío. Ese que logra una tensión cristalina de las moléculas del espacio y contacta todo aquello que nos rodea, un pulpo de luz seguro de lo que toca.

Sentir en la piel, en el pelo, el viento era para mí estar dentro de los paisajes de otros. El viento de mi Zapotlán me atrapaba, me convertía en su centro, y yo ya me sentía en los paisajes fríos de la Praga de Kafka o en las montañas eternamente verdes de la Irlanda de Joyce. Sentir el viento era posibilitarme en los inicios de la creación y andar el camino que aquéllos caminaron.

Relación mística, digamos, también el viento me hace olvidar que soy yo y me convierte en todo aquello que veo. La montaña, la nube y la luz. Me eterniza disolviéndome en el paisaje.

Estar, entonces, es potenciar las tres funciones receptoras: veo, respiro y siento. Ellas logran una bidireccionalidad que sólo se da en el ánimo, recibo y doy.

1 de octubre

Llueve.
Ya casi es de noche.
Hoy otra vez
es mi cumpleaños.
Es casi igual que siempre,
pero no,
hoy estoy más
solo,
encerrado
en un reloj
de arena.
Me voy convirtiendo
en el grano
que se va quedando
solo para cruzar
la cintura mediana
de este cristal
que me oprime.
Pronto caeré,
me sentiré
volar por unos instantes
y estaré de nuevo
junto a mis amigos
que abandoné
durante años.
Pronto volveré
a estar acompañado
¿o es que este túnel
se seguirá estrechando?

Nota: el siguiente escrito fue hecho para acompañar unas fotos que ya he perdido. Creo, aun así, que tiene cierta validez y lo dejo aquí.

El teatro como recurso didáctico o, más específicamente, como evangelizador, fue muy empleado en la América Hispánica. Especialmente en México fue este medio el que dio excelentes resultados para la iglesia católica. Las pastorelas son su producto más querido por el propio pueblo que las representa y a las que todavía recurre. Por otro lado las procesiones anuales conocidas como “andas” o carros alegóricos (básicamente tarimas cargadas por feligreses con santos o personas representándolos, arriba) son una representación degenerativa del teatro que conocemos: los actores permanecen inmóviles, el escenario es móvil y el guión ha sido anulado. ¿Una representación “pictórica” tridimensional? Tampoco lo creo. De cualquier forma se asiste a una degeneración de las artes visuales y temporales (no menciono aquí la fuerte carga de dominio social encarnado en estas representaciones: los ricos son los que interpretan los cómodos personajes bíblicos que son transportados en tarimas jaladas por tractores, mientras que el pueblo suda, baila y se cansa alrededor de estos vehículos, movidos tan sólo por la fuerza de su creencia). Sea como fuere presenciamos al arte como el medio más efectivo para enaltecer y continuar con la fe.
Los viacrusis recurren también al teatro para manifestarse en su mejor forma. El escenario es ahora las calles del pueblo o barrio que recorren los piadosos actores. Las representaciones de la pasión de Cristo se lleva a cabo en muchas ciudades de la república. Estas fotos fueron tomadas en la calle Humbolt, en Ciudad Guzmán. La precesión terminaría a los pies de la Cruz Blanca en la montaña Oriente. Aunque otros viacrusis se desarrollaban en otros barrios guzmanenses, cada uno tiene tanta presencia de feligreses como la que se puede apreciar aquí.

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