Categoría: Personas


Recientemente un flashazo del recuerdo reunió dos acontecimientos que vi en Zapotlán. No sé qué eslabón me los enlaza, pero es cierto que ahí aparecieron esas dos imágenes cuya única constante es la calle.

Primero. Comienzo con el suceso más reciente por tenerlo más fresco en la memoria. Mis hijos y yo bajábamos del cerro luego de haber conocido una pequeña presa de nombre El Calaque, en el municipio de Zapotiltic, Jalisco. Nuestros ojos ynuestros ánimos disfrutaban de la belleza del paisaje, de los altos y gruesos árboles que nos flanqueban. A lo lejos percibíamos las tres cumbres del sur de Jalisco: el Volcán de Fuego, el Nevado de Colima y el Pico del Águila. Más a la derecha, hacia el oeste, veíamos arquearse el cerro de la Media Luna, mencionado por Rulfo en alguno de sus cuentos.
Nuestra vista, pues, estaba perdida en lo alto de los cielos. Avanzábamos y no percibimos que del corral de las primeras casas salió disparado un correcaminos del que apenas alcanzamos a ver la sombra cuando se perdió entre los matorrales bajos de la vegetación seca.

Segundo. Tiempo de la adolescencia, tal vez yo cursaba la secundaria, tal vez caminaba yo con un amigo, el “Tortolito”. Tal vez… El acontecimiento, por ser añejo, se me desmorona en la memoria. Lo cierto es que mi amigo reconoció a un vecino que descansaba de pie recargado bajo el dintel de la puerta, sin camisa, con la panza de fuera. A modo de saludo mi amigo pregunta: “¿Qué haces?”. Y la respuesta hizo que me destornillara de risa, pero por dentro, hay que guardar respeto siempre:

—Aquí, veraneando.

No descansaba, no güevoneaba. Se dedicaba a veranear, una actividad que más bien pareciera propia de una persona de la alta sociedad y no de este prietito de quien podríamos adivinar la caguama escondida tras la puerta.

El pueblo entonces
era tan pequeño
que todo sucedía
en su plaza principal.
Era octubre
y la fiesta patronal
había desplegado
sus juegos mecánicos
y sus fuegos pirotécnicos.
Mi amigo Manuel
quería que fuéramos
a ver qué juegos se
habían instalado.
Tendríamos siete u ocho
años y tal vez
por eso no nos importó
el riesgo que corríamos
los dos solos en oscuras
calles que bien conocidas.
Llegamos y vimos
luces, juegos y diversiones.
Desconocimos cuánto
tiempo había transcurrido.
Rondábamos la plazuela
emocionados entre tanta exitación
cuando de repente
un joven en bicicleta
nos detuvo.
“¿Tú eres el hijo de doña Ángela”?
me preguntó.
Dije sí sin pensarlo.
“Los andan buscando,
vengan, los llevaré a casa”.
Recorrimos el regreso
con expectativa y sin miedo.
La casa de mi amigo
fue a la primera que llegamos.
Su madre salió
a su encuentro
con velocidad espeluznante,
extendiendo lo más que podía
la mano
la dejó caer una y otra vez
sobre rostro
hombros, espalda,
de mi amigo.
A cada golpe la madre
reclamaba:
“¿Dónde andabas, desgraciado?”
Manuel lloraba
y yo salí corriendo
rumbo a mi casa.
Allá mi madre
corrió también
con los brazos abiertos,
pero fue ella quien lloró
mientras me abrazaba
y me decía:
“jamás sabrás
lo que sentí”.

Primeras esperanzas

Sexto de primaria. Conocía ya a fondo a todos mis compañeros. No sabía que el destino me preparaba un buen adiós a ese grado escolar. De Zapotiltic, lo supe inmediatamente tal vez de la voz de nuestro profesor, había llegado una nueva alumna a cursar nuestro último año escolar. Se llamaba S. y me pareció la mujer más hermosa del mundo. Blanca y de pelo lacio, más bien güera. No sé porqué pero me pareció incluso más madura que mis otras compañeras que serían de la misma edad que S.

Pocos días después de su llegada yo me había encontrado una cadenita de oro en no sé qué lugar. Sin dudarlo ni un instante luego luego supe que se la regalaría a S. Ella jamás había volteado a verme y tal vez con ese inmejorable regalo se enteraría de mis intenciones y, sobre todo, de que yo existía. Por su puesto que a esa edad se ignoran muchas cosas, yo no le preparé el regalo en cajita alguna y se lo entregué así, directamente en su mano.

“Toma, es para ti”, recuerdo haberle dicho. Ella lo tomó sin voltear a verme, se quedó con él y siguió ignorándome el resto del año.

Naturaleza 2

El espíritu ranchero de la ciudad fue siendo abandonado poco a poco. Las casas que tenían corrales interiores con animales fueron yéndose a las orillas. Mi amigo Alejandro vivía con su abuelita en la calle Núñez, en la ascera de enfrente de mi casa, un poco más arriba. Todas las noches jugábamos la pandilla completa del barrio y él era uno de los más maduros y el líder natural. Cuando se fue extrañábamos sus guías y sus ideas para nuevos juegos. Lo seguí frecuentando puesto que iba al barrio muy seguido a ver a su abuelita. Repetidas veces lo acompañamos a su nueva casa. Ahí tuvimos las experiencias más aleccionadoras de lo que es la vida, al menos en su nacimiento. Muchas veces fuimos a ver parir a los animales que tenía ahí su papá. En una ocasión estuvimos pendientes del parto de una puerca que comenzó como a eso de las 9 de la noche y terminó como a las 2 de la mañana. Yo no soporté el sueño y tuve que ir a dormirme, no recuerdo a dónde fui o quién me llevó a casa a esas horas de la noche. Lo cierto es que al despertar lo primero que hice fue preguntar cuántos puerquitos había tenido la marranita. Veintidós, fue lo que me respondieron. Me pareció increíble.

Pero la aventura más grande que ahí tuvimos fue el parto de una vaca. Alejandro nos invitó a mí y a otros amigos (¿Toño, Manuel?) a presenciar dicho alumbramiento. La familia de mi amigo estaba muy confiada en que había tiempo de sobra para que la vaca pariera. No sé qué tuvo que hacer el padre de mi amigo que salió de la casa y nos dejó solos a todos los niños. Alejandro, experto ya en esas cosas a su corta edad, notó que la vaca ya estaba en trabajo de parto final. Lo que hizo fue lazarle la cabeza para obligarla a estar quieta en un solo punto para que naciera su becerrito. La amarró a un poste fuerte que tal vez ya había colocado ahí para tales ocasiones. Nosotros estábamos detrás de la vaca y comenzamos a ver las patas delanteras húmedas del becerro al cual le llegamos a ver la trompa ya siendo expulsada de la «panza» de la vaca. Grande fue nuestra sorpresa al ver que la vaca absorvía de nuevo a su retoño a grado tal de que lo vimos desaparecer por completo dentro de su madre. No entendíamos la actitud de ese animal. Ni Alejandro sabía qué hacer. Sólo corríamos de un lado a otro sin atinar a algún acto sensato. La vaca, con una fuerza enorme, reventó la soga que la tenía atada al poste y se retiró a otro lugar donde tuvo a su cría sin ningún problema. ¿Qué fue lo que pasó? La vaca se había ido a un pedazo de tierra seco a tener a su becerro. Nosotros, inexpertos, la habíamos atado al poste donde todo a su alrededor estaba mojado.

¿Sabiduría animal? Lo cierto es que esas imágenes jamás las borraré de mis recuerdos.

Lluvia

Querido abuelo:

Está de nuevo lloviendo acá, donde vivo ahora, lejos de mi pueblo. Haberme alejado siempre me ha hecho sentir un traidor.

El cariño por mis tierras aquellas viene, en difinitiva, por la lluvia que las mojaba. El agua entonces no era ociosa, tenía la meta de hacer crecer las milpas que tú sembrabas (que nosotros, tus nietos, también llegamos a sembrar). Lograste hacernos sentir la esperanza que traía la lluvia, la bendición de su caída y apreciar los frutos de nuestro trabajo. Jamás llegaré a decir que fui campesino como tú, no debería ni siquiera mencionarlo. Pero sí he de decir que floreciste en mí ese sentimiento mutuo de esperanza por las caídas del agua en su justo tiempo. Sentimiento repartido de un ejidatario a otro, que de parcela en parcela cubría todo el Sur. Ese sentimiento comunal que me salvaba por hacerme sentir perteneciente a algo más viejo que tu propia edad, más extenso que mi vista y perdurable más allá de mi muerte… ese sentimiento lo he roto sin remedio. Ahora llegan las lluvias y no me importa, ahora veo las negras nubes y no hay satisfacción alguna dentro de mi espíritu. Abuelo, ¿qué tendré que hacer para seguir vivo?

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 131 seguidores