El pueblo entonces
era tan pequeño
que todo sucedía
en su plaza principal.
Era octubre
y la fiesta patronal
había desplegado
sus juegos mecánicos
y sus fuegos pirotécnicos.
Mi amigo Manuel
quería que fuéramos
a ver qué juegos se
habían instalado.
Tendríamos siete u ocho
años y tal vez
por eso no nos importó
el riesgo que corríamos
los dos solos en oscuras
calles que bien conocidas.
Llegamos y vimos
luces, juegos y diversiones.
Desconocimos cuánto
tiempo había transcurrido.
Rondábamos la plazuela
emocionados entre tanta exitación
cuando de repente
un joven en bicicleta
nos detuvo.
“¿Tú eres el hijo de doña Ángela”?
me preguntó.
Dije sí sin pensarlo.
“Los andan buscando,
vengan, los llevaré a casa”.
Recorrimos el regreso
con expectativa y sin miedo.
La casa de mi amigo
fue a la primera que llegamos.
Su madre salió
a su encuentro
con velocidad espeluznante,
extendiendo lo más que podía
la mano
la dejó caer una y otra vez
sobre rostro
hombros, espalda,
de mi amigo.
A cada golpe la madre
reclamaba:
“¿Dónde andabas, desgraciado?”
Manuel lloraba
y yo salí corriendo
rumbo a mi casa.
Allá mi madre
corrió también
con los brazos abiertos,
pero fue ella quien lloró
mientras me abrazaba
y me decía:
“jamás sabrás
lo que sentí”.
Categoría: Poesía
Vaya inutilidad, querer escribir no por registrar nuestro sentimiento, sino por querer revivirlo tal como lo tuvimos en su tiempo. Así escribo con la esperanza de volver a sentir el viento y no por querer plasmar algo sobre esta hoja.
Mi viento, ese que se me ha metido en el centro de los huesos, es un viento frío. Ese que logra una tensión cristalina de las moléculas del espacio y contacta todo aquello que nos rodea, un pulpo de luz seguro de lo que toca.
Sentir en la piel, en el pelo, el viento era para mí estar dentro de los paisajes de otros. El viento de mi Zapotlán me atrapaba, me convertía en su centro, y yo ya me sentía en los paisajes fríos de la Praga de Kafka o en las montañas eternamente verdes de la Irlanda de Joyce. Sentir el viento era posibilitarme en los inicios de la creación y andar el camino que aquéllos caminaron.
Relación mística, digamos, también el viento me hace olvidar que soy yo y me convierte en todo aquello que veo. La montaña, la nube y la luz. Me eterniza disolviéndome en el paisaje.
Estar, entonces, es potenciar las tres funciones receptoras: veo, respiro y siento. Ellas logran una bidireccionalidad que sólo se da en el ánimo, recibo y doy.
Ya casi es de noche.
Hoy otra vez
es mi cumpleaños.
Es casi igual que siempre,
pero no,
hoy estoy más
solo,
encerrado
en un reloj
de arena.
Me voy convirtiendo
en el grano
que se va quedando
solo para cruzar
la cintura mediana
de este cristal
que me oprime.
Pronto caeré,
me sentiré
volar por unos instantes
y estaré de nuevo
junto a mis amigos
que abandoné
durante años.
Pronto volveré
a estar acompañado
¿o es que este túnel
se seguirá estrechando?
Recuerdo la luz
(la luz inútil en sí misma)
sobre unas formas del valle
ya olvidadas.
Árboles en desorden plantando
contrarias sombras,
lomeríos proyectando alturas
al amanecer,
neblina como ingrediente etéreo,
esparcida.
Ya el paisaje olvidado es ahora
imagen de lo que yo quiero.
No hablo de lo que veo,
sólo que esta imagen inasible
quiere ser la encarnación
(mi modo de tocar lo eterno)
de la infinita felicidad sentida
por haber surcado
aquel tiempo.
