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Es de noche. La lluvia lleva ya horas cayendo. Los truenos se escuchan esporádicamente, pero con fuerza. Llegan a mis oídos y yo los oigo desde la oscuridad total de mi cuarto. Se hace el retumbar como un golpe seco e inmediatamente un eco como en el interior de una campana. Escucho con atención y veo los pliegues del sonido que no son otra cosa, supongo, que los sube y baja del paisaje invisible. Todo se dirige a mí, el trueno se va y regresa atrapado por las montañas que rodean mi ciudad. Prestando oído a ese vaivén reconozco las distancias abstractas que me da la lluvia nocturna.
El trabajo que durante más años desarrollé en mi infancia fue el de ayudante de talabartero. El taller era de Lupe Enciso emprendedor constante que logró llevar nuestros productos hasta los Estados Unidos. El tallercito estaba por la calle Negrete, cerca de mi casa. Sobre todo nos dedicábamos a hacer billeteras para hombre. Tres eran los trabajadores adulto que se hacían cargo de la producción, Guadalupe, claro, el Ricky y el Chato. Este último (cuyo verdadero nombre era Efraín y cuyo apellido he olvidado) influyó en mí definitivamente para que me gustara la música rock y en especial los Beatles. Amante del rock nos hablaba de los de Liverpool y de otro gran grupo, Led Zeppelin (yo le notaba gran admiración cuando hablaba de este grupo y de su famoso concierto en Japón). El Chato era asiduo radioescucha del Canal 58 de Guadalajara que, en aquel entonces, transmitía puro rock y era punto de referencia obligado entre los rarísimos aficionados a este género. Apesar de tener gustos muy diferentes no recuerdo riña alguna por la música que debía escucharse mientras trabajábamos. A Lupe le gustaba una estación de Sayula que programaba música de la que hoy se llama grupera, sus grandes ídolos eran Los Caminantes y Los Tigres del Norte, por supuesto. Una vez agotados nuestros oídos de tal género nos íbamos a la modernidad inglesa cuando el Chato sintonizaba su estación favorita.
Recuerdo que una ocasión el Chato nos cachó a Manuel (otro de los ayudantes) y a mí hablando de temas de política o cosas “de mayores” y nos reprimió diciéndonos que esos temas los dejáramos de lado, que eran temas únicos para adultos, que no nos metiéramos en esos terrenos. Yo jamás hice caso de esas palabras que querían hacer de mí un niño común y corriente. Gracias a esa desobediencia puedo ahora hablar de el Chato y aprovechar para agradecerle el haberme mostrado una música que ha poblado buena parte de mi vida.
Los caminos del Señor son largos y ahora recuerdo un pequeño poema en el que muestro cómo él rock me salvó en momentos difíciles de amoríos adolescentes.
La noche inmensa,
música rock,
el último recurso para el olvido.
¿Deletrear un paisaje para generar
los signos de una historia?
El frío desciende y forma,
tensa las conversaciones cotidianas.
Hay un tiempo en que el polvo revolotea
convirtiéndose en todo el aire respirable,
de esta manera la tierra
funda en nosotros su ser de barro.
Las aguas perduran en tres niveles:
la lluvia que aborda, da cuenta de la profundidad del cielo;
a un costado, el lago que vive como una costilla necesaria,
él sabe y guarda todas las historias.
Por debajo (¿de quién?) circulan los ríos subterráneos,
corrientes cavernarias que transportan el agua silenciosa e ignorada,
sangre de la tierra que genera, imperceptible música que dicta.
Aquí también es el cielo de la noche,
callejones indecisos que guardan la oscura luz
que nos ilumina.
Es la noche que nos hace sentir Uno y percibir las distancias,
es ella, el símbolo de la ignorancia: todo lo que conocemos.
Es así el cielo, la tierra y el tiempo,
los signos de nuestro destino.
De ahí beben los hombres que tejen y continúan,
las mujeres que luchan y dan forma.
Eso que somos, soy
y soy todos ustedes,
este es mi testimonio.
Nunca salí de Zapotlán, de modo que toda mi carrera amorosa, por así decirlo, ocurrió ahí entre esas viejas calles. Hasta podría decirse que mis mujeres fueron a Zapotlán a ser amadas por mí. Cosa curiosa, jamás tuve una mujer de mi propio pueblo (aún así, las más queridas, las gemelas de nombre, fueron las únicas de Jalisco).
Juan José Arreola, amoroso con todas las mujeres, lo sabemos, decía que su novia eterna era Zapotlán. Yo no sentí esa separación necesaria para llegar a amar así a mi pueblo. Por el contrario era yo y mi pueblo tan unidos que bien puedo decir: “yo no amo a Zapotlán, amo con él”. De modo que recorrer de la mano de la amante las calles de mi ciudad era decir:
te quiero con esa iglesia de los 2 mil muertos;
te quiero con esta calle que se pierde allá abajo en el terreno;
mis caricias son el frío que sientes con el viento;
soy tuyo cuando comes el fruto oscuro bajo el cielo,
entro en ti, en lo que miras un poco lento
y te amo con la gente, con mis muertos,
con todas las cruces y las aguas y las plantas y el lado seco;
no te amo yo con mi corazoncito pequeño,
te amo con Zapotlán entero,
su círculo de montañas y su azul cayendo.
Viento. Metro del espacio y del tiempo, porta las distancias en resumen, haciéndonos sentir que somos nosotros quienes giramos.
Gravedad. Alfiler imperdonable, su signo ha fundado las ciudades y son ellas quienes, a su vez, la gravedad de nuestros ánimos.
Voluntad. La huidiza irreconocible, ignoramos incluso su significado llenando ese vacío siendo un ducto de las expresiones.
Sueños. Contradicción de las contradicciones ¿quién ha usado sus ojos para verlos? En lo oscuro indeterminado sucede el teatro limitado y múltiple.
Música. Satisfacción metafísica en lo físico. Ejecución efímera en un tiempo que diluye en la oscuridad aquel que somos para convertirnos en refulgentes moléculas desaparecidas.
