En la infancia uno cree que sus circunstancias iniciaron en nuestro nacimiento. A pesar de ello (o tal vez por ello) la niñez es como las mañanas ficticias de Borges: “nos depara la ilusión de un principio”. La maravilla estaba al día, fuera de todo tiempo. Todos los lugares y acontecimientos, por más horribles que fuesen, estaban envueltos por esa sensación de descubrimiento; es po eso que hoy, a pesar de todo, tienen un lugar querido en nuestros recuerdos.
Conocer y caminar las veredas de mis pueblos del Sur de Jalisco fue la primer maravilla perdurable de mi infancia. Quioscos, plazuelas, atrios, simples calles; pero sobre todo la geografía donde estaban inmersos; dejaban ver la particularidad irrepetible de cada pueblo. Y así me creía (ahora lo sé) orgulloso habitante de esta región, es decir, del país, es decir, del mundo.
Pero las cirtunstancias son previas a uno y hoy vino a mi la respuesta a una pregunta no formulada. Todo empezó gracias a la contratación que hicimos de un sistema de televisión satelital. Desde ahí vi los programas que frecuentemente hacen de sus pueblos los españoles. El orgullo de sí mismos y de sus terruños es lo que los impulsa a mostrarlos a los demás (incluidos, primeramente, los españoles mismos). Desde la primera emisión vi mis ojos en restrospectiva mirando los mismos paisajes de antaño. Entonces supe que soy español no sólo por el idioma. Este sentimiento de maravilla, perduración y sobre todo reconocimiento me viene indudablemente del otro lado del Atlántico y por ello me felicito. Sentirse perteneciente a una tradición lo cobija a uno y le da alas para continuar con nuevas aventuras en que perdurarla.
Gracias a la televisión española en general por esta oportunidad de conciencia en que la abolición de las distancias tiene que ver con el amor a nuestros pueblos.