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Invitación

Hola, amigos. He visto que mi blog no ha dejado de ser leído durante ya varios meses. Les agradezco a todos ustedes que me lean y revivan conmigo las viviencias en un Zapotlán que se está yendo.

Quiero invitarles también a que lean mi nuevo blog de poesía, ahí estoy subiendo los poemas más recientes que he escrito en estos últimos meses. Gracias por su lectura.

El blog se llama: Pura palabrería.

Imágenes huidizas

De niño jugaba un juego visual. Al momento de dormir, ya en la cama y con las cobijas cubriéndome, miraba hacia arriba las cosas que habían en mi cuarto. Trataba de «aprendérmelas» con una memoria visual, es decir, tomaba una foto mental e instantánea de todo lo que había ahí y luego cerraba los ojos con las figuras de las cosas pegadas al interior de mis párpados, por así decirlo. Luego de un instante (no pasaba mucho tiempo), volvía a abrir los ojos con la imagen recordada que sobreponía a la imagen real que mis ojos veían. Yo suponía que la imagen recordada correspondería justamente a la que veía puesto que eran una misma, era como poner las calcamonías de mi memorización sobre las imagenes de la realidad. Pongamos por caso algo sencillo como el foco que pendía sobre el centro de la habitación. En aquellos días era común que los cables de corriente estuvieran a la vista a lo largo de toda la casa. El cable colgaba y sostenía el soquet donde estaba el foco. Yo lo tenía todo esto en mente, la inclinación del cable desde mi perspectiva, su longitud y grosor y hasta el brillo del foco habían sido memorizados. Luego de unos pocos segundos (muy pocos segundos) volvía a abrir los ojos y buscaba las coincidencias entre las imágenes. Sorprendentemente notaba al instante que no había correspondencia alguna entre lo que memorizaba y lo que veía en la realidad. No comprendía porque pasaba eso y repetía el ejercicio una y otra vez. ¿Por qué no podía lograr una memorización precisa? Jamás logré, ni haciendo trampa, que las imágenes correspondieran.

Eso era con las imágenes inmediatas, ¿qué recuerdos hemos alterado a lo largo del tiempo en las situaciones en que nos hemos encontrado? Las imágenes ya no corresponden, la realidad es más huidiza de lo que pensamos.

En la infancia uno cree que sus circunstancias iniciaron en nuestro nacimiento. A pesar de ello (o tal vez por ello) la niñez es como las mañanas ficticias de Borges: “nos depara la ilusión de un principio”. La maravilla estaba al día, fuera de todo tiempo. Todos los lugares y acontecimientos, por más horribles que fuesen, estaban envueltos por esa sensación de descubrimiento; es po eso que hoy, a pesar de todo, tienen un lugar querido en nuestros recuerdos.

Conocer y caminar las veredas de mis pueblos del Sur de Jalisco fue la primer maravilla perdurable de mi infancia. Quioscos, plazuelas, atrios, simples calles; pero sobre todo la geografía donde estaban inmersos; dejaban ver la particularidad irrepetible de cada pueblo. Y así me creía (ahora lo sé) orgulloso habitante de esta región, es decir, del país, es decir, del mundo.

Pero las cirtunstancias son previas a uno y hoy vino a mi la respuesta a una pregunta no formulada. Todo empezó gracias a la contratación que hicimos de un sistema de televisión satelital. Desde ahí vi los programas que frecuentemente hacen de sus pueblos los españoles. El orgullo de sí mismos y de sus terruños es lo que los impulsa a mostrarlos a los demás (incluidos, primeramente, los españoles mismos). Desde la primera emisión vi mis ojos en restrospectiva mirando los mismos paisajes de antaño. Entonces supe que soy español no sólo por el idioma. Este sentimiento de maravilla, perduración y sobre todo reconocimiento me viene indudablemente del otro lado del Atlántico y por ello me felicito. Sentirse perteneciente a una tradición lo cobija a uno y le da alas para continuar con nuevas aventuras en que perdurarla.

Gracias a la televisión española en general por esta oportunidad de conciencia en que la abolición de las distancias tiene que ver con el amor a nuestros pueblos.

Se dice que la vida te pone “patrones” que forjan tu personalidad o tus experiencias. ¿A cuántos de nosotros nos marcó la vida del Che como meta inalcanzable? Hoy mismo los jovencitos dirigen su vida dictada por sus ídolos del fútbol o de los deportes en general. El patrón mío durante algún tiempo (y de ahí un gusto que todavía perdura en estos tiempos) fue aquellos jovenes mayores que yo que tenían un gusto especial por la música. Recuerdo, por ejemplo, ver a algunos andar en sus autos con la música de Vangelis e Irene Papas allá en las calles de Zapotlán. ¿Dónde conseguir ese tipo de música más bien rara? No sólo era la música rara, más bien era la música no popular (al menos en nuestra ciudad). En esta amplia clasificación cabe completo el género del rock. Aquí haré un rápido recorrido en la educación que sobre esa música tuve.
Primeramente tenemos al grupo de rock por excelencia, los Beatles (que en nuestras tierras llamábamos los Birotes). Ya he mencionado en otro escrito que quien me introdujo en ese grupo fue el “Chato”, un trabajador de los talleres de talabartería de Lupe Enciso. Todo esto sucedió en la época en que estaba yo en quinto y llegó hasta el primer año de la secundaria. Luego vendrían los amigos de mi padre (mucho más jóvenes que mi papá, mucho más grandes que yo) quienes tenían gusto por aquel Vangelis, Irene Papas y Jon Anderson que mencioné primero. A partir de ellos buscaría en diversas discotecas discos de esa música y en estos días lo hago en el rapidshare persiguiendo sobre todo a Lorenna Mckennitt. Allá en esos días nació ese gusto musical.

Pero los mejores y más extensos aprendizajes los obtuve de mi “bolita” de amigos con los que nos reuníamos para écharnos unos tacos nocturnos o para jugar frontenis dominical. Estos amigos los conocí en el bachillerato allá en el Tec de Guzmán. Eran el Yorch (mala pronunciación de George), llamado Jorge Ortiz Fonseca quien venía de Ocotlán; el Barry, Juan Carlos Barriga, el más distinguido de todos nosotros y de quien hablaré en otro capítulo; el Títere, Javier el hijo del fotógrafo amigo de mi padre; claro, Roberto el de Etzatlán quien era el más vanguardista de todos en este terreno de la música. A esta bolita de vez en cuando se agregaba el Neto, Ernesto no sé qué, también buen amigo. Nuestra época fue no ya la del rock pesado (que más bien se dio en nuestra infancia), fue más bien la del heavy metal y sus guitarristas dioses. Bien recuerdo que esa guerra de guitarristas comenzó con el grupo Scorpions que nos presentara nuestro amigo Roberto. Escuchen la guitarra, nos indicaba imperioso y nosotros oíamos aquella velocidad inconcebible de los dedos en los trastes y sobre las cuerdas. Luego llegaría otro grupo con otro guitarrista más veloz lo cual nos hacía desdeñar al grupo anterior. Esto se repitió unas cuatro veces hasta llegar a Metallica, iniciando en el más puro estilo heavy metal, como ya lo había dicho, hasta el más degenerado trash metal y otros estilos indistinguibles (haciendo justicia en estos estilos ya obtuve la asesoría de otro amigo, el Mackuin, cuyo verdadero nombre olvido). Ahora aprecio que nuestro gusto en esa música no era tanto musical, antes bien simplemente considerábamos las posibilidades técnicas de un guitarrista en los trastes y no su calidad interpretativa. ¡Qué lejos todos ellos de apasionado Jimi Hendrix! Verdadero rey del instrumento y por siempre insuperable.

Zoología

Por suerte he tenido contacto con muchas personas y “culturas” nacionales, pero extrañas a nuestro Zapotlán. Los paisajes y visiones de otras tierras me han hecho ver los particulares animales que viven en nuestro Sur de Jalisco. Dos son los que particularmente destacan en mi recuerdo.

Esquilines

Tal vez sean uno de los animales que primero conocí en mi infancia, en los que primero reparé (¿me atreveré a decir que aún antes que los gatos y perros?). Los esquilines son pequeñas hormigas cuyo nombre no es utilizado fuera de nuestra región. Allá les dirán hormigas, acá les llamamos así, esquilines, para diferenciarlos de sus mayores. Hay de dos tipos, los esquilines negros (habrá quien exija exclusividad de este nombre para estos animalitos) y los rojos. Los negros no son dañinos para el cuerpo humano, mientras que los rojos son fieros y “pican” a la gente que se acerca demasiado. Los calificativos religiosos aplican también para estos animalitos, los esquilines negros son de Dios y los rojos son del diablo.

Zanates

Las tierras del Valle de Zapotlán se caracterizan por sus sembradíos largos de maíz. Y quiso Dios que donde hubiera maíz hubiera zanates que se alimentaran de él. No sé qué tipo de animal es esta avecilla múltiple cuyas parvadas pueden alcanzar varios kilómetros. En una revista de fotografía española vi a un halcón atacando a unas aves también de número inabarcable, les llamaban tordos. Me gustaba ver a las personas que nos visitaban de otros estados sorprenderse con esas interminables hileras de ensombrecedores pajarillos hambrientos. La maravilla de esas avecillas y sus rápidas nubes es en realidad una molestia para los campesinos que pueden ver destruidas sus cosechas de maíz si no espantan a los zanates de sus parcelas. Hay quienes recurren a métodos escandalosos y lanzan cuetes explosivos contra los zanates que huyen a otros plantíos en búsqueda del sagrado maíz. Nota final: no sé si Juan José Arreola vio en estos animales una especie de cuervo que le inspiraría aquel cuento de los zapotlenses convertidos en ese nahual para traer los granos de maíz robados por los campesinos de Sayula y Tamazula. Aquellos quienes no soportaron la falta del sabor del maíz y lo comieron convertidos en cuervos se quedaron para siempre con esa figura.

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