Estéticas

El arte por el arte, frase muy discutida hace años, hay quien la rechaza y quien la acepta y la eleva a proclama activa. ¿Pudiera hablar de la fotografía por la fotografía? Creo que en este caso no, no comprendo cómo pudiera hacerse esto. Sin embargo, afirmo la imagen en su sentido más elemental (líneas y colores, claros y sombras) sí puede ser susceptible de ser considerada dentro de la fotografía sin ninguna otra finalidad. Pero (un momento) estas palabras deberían ser borradas, de lo contrario sería falso conmigo mismo. Mi actividad (fotografía o no) quiere hacer ver a los demás aquellas obras realizadas por otros en las más diversas disciplinas (artísticas o funcionales). La capacidad de creación es común al ser humano, niego mi amistad y mi interés a quien demuestre lo contrario en su persona o en su influencia hacia los demás. Estas fotografías quieren ser un testimonio de la capacidad creativa de personas desconocidas para mí y que, sin embargo, han producido un impacto generado en aquello que realizaron con sus manos.

¿Qué es la belleza? ¿Hay belleza en estas obras que no buscaron alcanzarla? ¿El azar puede intervenir en la elaboración de los objetos bellos? Confieso que no puedo contestar a estas preguntas, pero lo que busco en la creación de lo que yo considero bello es la disposición de elementos armónicos dentro de un espacio (que de hecho generan dicho espacio). No creo que ningún artista dispare con absoluta seguridad al blanco que acierta, dejar que el azar intervenga es permitir que las posibilidades del universo se cumplan.

En este muestrario de líneas y luces se advierte, evidentemente, una “ruptura” que yo más bien la llamaré “descanso”: una persona entre tanto objeto. Fue el azar (no del encuentro, sino en el enfoque y disparo de mi cámara) quien participó ahora directamente en la elaboración de esta fotografía. Un viejo sacerdote con una vestimenta poco usual en Ciudad Guzmán modela secretamente en una foto que no tenía más intención que guardar su imagen. La inclinación que acentúa su difícil caminar fue producto más del azar que de la composición consciente. Yo también he lanzado mi flecha un poco ciego hacia la diana del instante.

Tiempos

Todos recurrimos a emociones cuando nos enfrentamos a situaciones cotidianas. Digo recurrimos como quien va y toma un vaso de vidrio para ponerle agua. Quiero destacar esta elección ante el sentimiento mismo, sólo para esto que quiero destacar aquí en esta reflexión. No quiero hablar de lo que sentimos, sino de las elecciones que a veces hacemos.

Yo, frente a sentimientos de eternidad, promesa de todas las religiones, recurro al sentimiento de volver a ver a mi tío Salvador. Verlo venir hacia mí con esa sonrisa inteligente que siempre le vi. Que llegara a decirme que no tenga miedo, que en realidad somos eternos y que estos problemas pasarán. En realidad no me importaría tanto su consuelo como el disfrute de volverlo a ver cerca de mí.

Otro de mis recursos cuando estoy frente a situaciones que requieren de una nueva forma de resolver las cosas (la imaginación inteligente activa, pues), cuando me sé resolviendo económicamente algo traigo a mi mente la presencia de mi tía Sara, la más vieja de las hermanas de mi padre, es decir quien vivió en tiempos que ya hasta mi padre mismo desconoció. Esa estadía en el tiempo me hace suponer que también ella resolvía a su manera situaciones que requerían inteligencia profunda en cosas cotidianas. Y las resolvía bien.

Esos dos tíos son a quienes recurro cuando pienso en el tiempo que está más allá de nosotros, el tiempo posterior y el tiempo anterior.

Motos y calendarios

Beatriz, la hija de doña Jóse (así pronunciamos el apócope de Josefina en Zapotlán), tenía una tienda de abarrotes allá por la calle de Pascual Galindo Ceballos. Me había invitado a trabajar con ella ayudándole a acomodar cajas, atender clientes, etc. La verdad es que no duré mucho, pero recuerdo que ella tenía una venta de fin de año de calendarios personalizados donde el comprador felicitaba a sus clientes, amigos y familiares por la navidad y el año nuevo. Tenía diversos tamaños, desde aquellos grandes de foto de paisajes o lindos bebés de cachetes rosados. Tenía un catálogo de calendarios de bolsillo que supongo eran los que más se vendían. Las fotos de la mayoría de ellos eran, por supuesto, paisajes. Claro, también había, de vez en cuando, muchachas semidesnudas que supongo eran la delicia de hombres que regalaban a sus compadres.

Pero particularmente me gustaban, y echaban a volar mi imaginación, unas imágenes de autos de fórmula 1 que despertaban en mí un mundo inalcanzable. Aunque, más exactamente y con mucha más fuerza estaban las fotos de motos de carreras. Mi amigo Manuel de la Cruz sabía mucho de estas carreras y de las motos y nos hablaba de españoles que, suponíamos, eran los mejores del mundo. Nosotros, en un pueblo agrícola, lejano de toda esa modernidad, lanzábamos la imaginación y nos hacíamos estar allá como si fuésemos grandes conocedores de dichas carreras.

Los catálogos tenían una vigencia de un año. Ya en enero eran inútiles esos calendarios y Beatriz nos regalaba el catálogo completo. Nosotros aprovechábamos y arrancábamos las fotos más bonitas y las regalábamos a nuestros amigos como muestra de buenos deseos por el año nuevo que se desplegaba frente a cada uno de nosotros lleno de promesas.

Áreas de Zapotlán

Son cuatro las principales áreas paisajistas que rodean a Zapotlán. Atendiendo los puntos cardinales éstas son:

Oriente, zona montañosa. No muy propicia para el cultivo temporal, pero sí para la cultura de algunos árboles frutales. Es ahí donde domina nuestro paisaje el complejo montañoso “Los Compadres”, par de piedras encantadas por castigo divino. Hacia allá también vislumbramos la famosa Cruz Blanca, con la que celebramos el inicio del siglo XX. Tras la Montaña Oriente también se conocen los bellos paisajes montañosos que se conglomeran en la lagunita o presa de El Calaque, ya perteneciente al municipio de Zapotiltic.

Ascender a la Montaña Oriente es adentrarse a vericuetos llenos de maleza y de guayabos. La vista constante del ascenso evita que nos perdamos en ese laberinto verde y sombrío. Allá arriba, sobre una piedrota que pareciera una cabeza de tecolote, la vista de la ciudad es maravillosa. El descanso se ve recompensado por un vientecillo costante que sentimos como una bendición. Así, montaña y éxtasis religioso se ven inconcebiblemente confundidos.

El segundo paisaje a mencionar es el de la salida a Colima, camino que se bifurca y nos lleva a ese pueblo hermano llamado Zapotiltic. De la Curva del Zapote (lugar de aparición de la turística gringa, una alma en pena que pide aventón) hacia la ciudad apreciamos bellas colinas que, cuando no son las pedregosas, ofrecen verdes laderas cubiertas de pasto y algunos cuantos arbolillos plantados por aquí o por allá. Tal vez la principal elevación que apreciamos sea la del Apastépetl, extinto volcán añejo que nutre de piedras rojas a las construcciones de los caminos. Hemos llenado de leyendas ese cerro y a las nuevas generaciones las impactamos contándoles que tuvo su época de esplendor en los tiempos de los dinosaurios (aunque no estemos seguros de ello).

Esta zona también forma parte del ascenso al Volcán de Nieve, y nos lleva a El Fresnito, la ranchería más grande de nuestro corto municipio. Muchos de nosotros, zapotlenses, forjamos ahí nuestro espíritu y nuestros pulmones en largas caminatas. Zona escasa de áltos árboles, ya es más propicia para el cultivo de maíz y de algunos arbustos frutales; dominan el paisaje los granados y los duraznos.

El tercero de los paisajes lo siento un tanto olvidado de manera injusta. Sea porque la Montaña Oriente está muy cerca a la ciudad, sea porque el lado sur nos lleva al querido Volcán, sea porque el valle de Zapotlán domina la vista con sus sembradíos de maíz y sorgo; sea por todo ello que, si no fuera por la laguna, el paisaje referido pasaría al olvido. Pero esa zona tiene un entrañable saborcillo difícil de describir, pero encantador. La huerta de XXX domina lo que por la zona es básicamente una zona de cultivos de hortalizas que se comercializan lejos de la ciudad y fuera del estado. Las casonas viejas dominan el paisaje urbano, muchas de ellas se salvaron de caer en el 85 y ahora nosotros jugamos a revivir espíritus ya idos para siempre y que, sin embargo, extrañamos sin que los hayamos vivido del todo (las narraciones de nuestros abuelos han hecho hermosos aquellos tiempos y lugares).

No podemos dejar de mencionar a los pueblos “gemelos” que son San Sebastián y San Andrés, pueblos de profunda tradición indígena y que han sufrido para el espíritu y para la economía del estado con sus particulares maneras. San Sebastián tiene una dependencia más profunda de nuestra laguna, sirviéndole a su economía y su tradición religiosa. Pueblo fabricante de petates y canastos que yo conocí en mi lejana infancia y quedaría marcado para mí como un verdadero pueblo mágico cercenado del carácter turístico.

El cuarto de los paisajes es el que más nos llena de orgullo a los zapotlenses, la pequeña cordillera, si pudiéramos llamarle así, que culmina en nuestro Nevado y Volcán de Fuego. Ahí se despliega el valle de Zapotlán, y rueda bellamente La Pastora, nube fundadora que ha logrado vincular generaciones durante años. Allá en el Valle la planta fundadora se alza en verdes esmeraldas: el maíz. A su alrededor las vacas y la leche caliente dan calor a nuestro paisaje. Zona de contrastes, altas montañas que dan carácter a lo que se mira, ya mencionamos los volcanes, ahora hablemos de las otras montañas sólo por nosotros conocidas: el Pico del Águila, que también se cubre de nieves de vez en cuando; La Media Luna, cerro que sería escenario de uno de los cuentos de Juan Rulfo y que su hijo, Juan Carlos, adoptaría para su empresa cinematográfica tal vez sin saber de qué cerro se trata. Y, no olvidemos, el pequeño cerrito separado de la cordillera: Atequizayán (nombre también del pueblo cercano). Este cerro goza de particularidades muy propias. Como ya se dijo, está separado de la cordillera antes mencionada y no tiene la vegetación propia de sus hermanos mayores. Su geometría la acusa de ser una pirámide prehispánica sin que nadie hasta el momento se decida a descubrirla.

Ese paisaje es el que nos da identidad como un pueblo forestal y agrario, como lo diría Pablo Neruda en un poema escrito con motivo de su visita a nuestra ciudad. Es todavía  cotidiano ver en nuestras calles esas casonas de puertas altas y esos negocios que venden enseres para la labranza y el trabajo campesino.

Así que, encerrados entre montañas al Oriente y al Poniente, nuestro pueblo y nuestro valle parecieran lograr una autonomía en su paisaje muy particular. El cielo siempre es benéfico y participa, para completar el cuadro, con sus blancas o negras nubes enormes, logrando en los atardeceres colores cálidos con los que la tarde se despide. Ya en la noche ópticas adjudicadas a la humedad de la laguna parecieran atraernos las estrellas al alcance de la mano.

Sin embargo, la vista al norte se vacía, volteamos hacia la salida a la laguna de Sayula y notamos que el cielo se amplía. No sabemos qué relación hay entre la vista y nuestra respiración, pero de repente sentimos nuestros pulmones amplios, abiertos, con capacidad de embeber todo el aire y lo visto en una sola inhalación profunda para así llevarnos dentro todo este paisaje que tanto amamos.

Una constante

1. Recámara. Este es mi espacio. Lugar interior donde conviven confundidos sueños y realidades. Momentos han sucedido en que me descubro ahí, perdido en el tiempo. No es extraño que me sorprenda charlando con aquellos muertos de mi familia, siempre me dan todos el mismo consejo.

2. El foco. Su falsa luz permite el despliegue de mis anhelos. Foco que conozco sin complicaciones: no hay nada complejo en su sencilla figura. Magnifico el alcance de su luz y los mapas que despliega en mi techo. Lo conozco tanto que podría formar con sus luces y las grietas un arte adivinatorio sin problemas. ¿Me atreveré a su desciframiento?

3. Ventana. Ignorado medio fronterizo, deberíamos agradecerte esas visiones con las que nos permites extender nuestra mirada. Comparo, gracias a ti, las limitaciones de mi recámara con la multiplicidad del mundo externo. Te valoro y te cuido, jamás permitiré que se quebren tus sucios cristales. (La ventana supone, erróneamente, que sólo ha servido para dejar pasar las visiones del cielo).

4. Ciudad. Apenas sí la conozco desde los techos de las casas ¡y con ello conozco tanto de mis vecinos! El solitario fabricante de jabones, el hábil albañil que pinta, el sacerdote que ha optado por esconder sus pecados en el cielo. Todos ellos han dejado muestras de sus tareas al alcance de mi vista, que tal vez sepa más yo de ellos que ellos de sí mismos. Es que me he dedicado a ser el astrólogo de sus bombillas.

5. Cielo. Nadie lo ha sabido nunca y hoy lo confieso. No me es ajena la altura del cielo. La he medido perfectamente con la extensión de mis ánimos y mide 78 anhelos y medio. Pero también conozco su profundidad gracias a los sonidos que le anidan. De algo ha servido escuchar los ladridos del perro, los cucús de la paloma y el estruendo del infinito rayo. ¡Qué feliz coincidencia el saber que, finalmente, mide exacto los alcances de mi mirada!

6. La última estrella. Ya el cielo comienza a tornar sus azules oscuros. Van desapareciendo una a una las estrellas. Pero hay una que pervive justo en el frente de mi ventana. La nombr Aurora y comienza a titilar. La miro tan fijamente que percibo su movimiento lento. Esos pocos milímetros me permiten saber el indiscutible rumbo que tomará mi destino.

Escorpión

El escorpión de dos colores debe medir algo más que la cuarta de mi mano. Es el animal más hermoso e increíble que he visto nunca. Color negro carbón en el abdomen, contrasta fuertemente con el rojo bandera de su lomo. Tomo una bolsa de plástico que encuentro a un costado del camino para llevármelo; a pesar de estar muerto la prudencia me hace meterlo con una varita de pino que ahí en la montaña abundan. Bajo con mi trofeo en la mano cargándolo.
No me di cuenta del momento en que me mordió. Ahora que el muerto soy yo, me he convertido en un fantasma que provoca el terror en los caminantes nocturnos que buscan mi cuerpo entre las veredas del cerro.

Güisarapos

Es sabido por todos que para visualizar claramente los invisibles fantasmas de la noche, hay que despanzurrar un par de güisarapos y hacer con sus líquidos un signo de la cruz en la crisma de quien se atreva a ver los horrores del purgatorio en su propia casa. Pocos han tenido tal valentía y, me han dicho, se han vuelto locos; que no saben ya cómo detener esas imágenes que resultan más reales que las del mundo donde viven.