Viajero sonoro

Mi padre fue un mal viajero, a pesar de que mi abuelo vendría nómada a continuar la segunda parte de su familia a Zapotlán desde Pueblo Nuevo, no heredó ese espíritu. Sin embargo, mi padre fue más cosmopolita que otros viejos que sí lograron salir hasta del país mismo. Ese afán de conocimientos por las otras ciudades, otros personajes y otros movimientos lejanos a este terruño cercado de cerros y árboles, le vino por su gusto de la lectura de periódicos y revistas políticas en los que necesariamente se colaban trasfondos culturales e históricos. A mis primos viajeros sorprendía la memoria de mi padre al mencionar lugares en los que ellos habían estado y los que supuestamente mi padre no conocía de manera presencial.

Aunque creo que lo que realmente lo llevó a ser un ciudadano del mundo fue su gusto por la música. Así que, podría yo decir que los continentes que logró tocar fueron básicamente los siguientes.

a) El local. Compuesto por la música ranchera y los boleros,desde Agustín hasta los múltiples tríos de la época. Menciono esto como un logro porque esta música en realidad a él no le correspondía por generación. Nacido en el 39 (año cercano a los grandes creadores del rock) a mi padre correspondía, por lo menos, los tiempos del rock and roll mexicano. Pero afortunadamente se nutrió más de Lucha Reyes que de Angélica María y de Genaro Salinas más que de Enrique Guzmán.

b) El continente de lo atemporal. Llamémosle así a la música de Mozart, Vivaldi y Tchaikovsky. Su colección de los clásicos no era pequeña y su escucha era disfrutada por muchos de nosotros a su alrededor. De ahí nacería ese gusto que yo adquirí y que también transmití a mis hijos.

c) El continente de lo temporal. Aquí entraban los instrumentales de los 70: Franck Pourcel, Mantovani, Billy Vaughn, Anthony Ventura y muchos otros que todavía perduran en su colección de viejos cassettes.

d) El continente del jazz. Aunque tal vez esto no fuera consciente como tal (como jazz), pero sí fue muy querido a tal grado que entró en su espíritu (y en el mío, lo confieso) como la mejor expresión de nuestro romanticismo. Al volver a escuchar a Luis Alcaraz (nuestra big band mexicana) y a Glen Miller, vuelvo a recordar a mi padre y mi madre bailando enamorados.

e) El continente de allá. Aquí hablamos de la música popular de España, Francia o Grecia. Así es que escuchábamos a Mocedades, Serrat o María Dolores Pradera; a Edith Piaf o a Gilbert Becaud y hasta la mismísima Nana Mouskouri. ¡Ah, claro! No olvido a Abba y a Bonny M cuya popularidad fue general y enorme en todo el país.

Claro que en el recuento me quedo muy corto, pero en este rápido esbozo sólo quiero establecer el origen de aquello que logró hacer de mi padre un ciudadano muy particular del mundo.

Artificial hora

La artificial hora nocturna que nos dan las nubes a las cinco de la tarde logran mostrarnos el envés de los objetos cercanos. El árbol impávido a veces se agita por un sorpresivo viento que también a nosotros conmueve. La vieja construcción de enfrente sigue mostrando el orgullo de otros tiempos cuando tuvo fama. La iglesia del fondo deja caer sus dolientes notas cada cuarto de hora insistiendo en convertirse una de las medidas del tiempo. El paso de los vecinos que no terminan por reconocer mi rostro y que aun así me acogen calurosos con su saludo.

Y al final la fría lluvia que se deja caer en bendiciones sobre la tierra, nos hace olvidar en definitiva el paso del tiempo, teniendo ahora, en esta muestra de lo eterno, autorización para recorrer el espacio concreto de estas calles y lo alto de estos techos. Somos uno con la lluvia, tocamos la extensión de lo urbano y lo terreno repartiendo la multiplicidad de la vida, ya en aguas, ya en párrafos escritos (me parece).

Orgullo en puerta

Amo mi ciudad y estoy orgulloso de ella. Eso muchos lo saben, ¿pero de dónde me viene ese cariño? Podría ser que lo hubiera adquirido en esos viajes de fin de semana con la familia cuando salíamos a ciertos caminos y bajo los árboles pasábamos el día complero, y ya de noche regresábamos mirando las luces de la ciudad bajo un cielo oscuro y eterno como dándole una oportunidad de vida.

O también será que he escuchado cientos de historias contadas por mi padre, sus hermanos y amigos sobre esta misma ciudad cuando era más chica. Incluso ir más allá, leyendo las historias de cuando fue formada desde su pasado indígena.

Pero en realidad me doy cuenta que todo comenzó y se fue nutriendo en esas tardes cuando yo me sentaba a ver pasar la gente y el tiempo en el umbral de la fachada. Ir sintiendo el tiempo con la certeza de que había ahí algo de divino. Así, sin prisas y sin tareas, se va advirtiendo un sentimiento de satisfacción que no sé qué tiene que ver con el perdón ya sea dado, ya sea recibido. Luego va llegando la oscuridad entre los últimos reflejos lejanos con lo que las siluetas de casas e iglesias van demarcándose y evaporándose para la vista. Las estrellas aparecen de repente como burbujas celestes que casi podemos escuchar.

Entonces, ahí sentado, ante esa maravilla visible, va creciendo ese orgullo interno, personal y secreto por esta ciudad que me ha otorgado esas visiones desde las cuales pareciera que posteriormente el tiempo les hiciera cobrar sentido a partir de este centro y este segundo.

El ropero como símbolo

Hay, en casa de mis padre, un ropero negro ya descarapelado que ha perdido un poco su solidez. Ahí mi madre guarda su ropa bien ordenada y una caja fuerte cuyos únicos objetos de valor no tienen un alto costo en pesos. Reliquias de su madre, fotos de su juventud, unas viejas monedas ya sin valor. Tal vez un par de rosarios que sólo ella sabe a quien pertenecen.

El ropero en sí ya tiene un símbolo de lo perdido, el closet le ha ganado, al parecer, en definitiva su puesto más práctico en las casas. De modo que mirar ese ropero en casa de mis padres resulta como la materialización de lo que se va desgastando y que va, claro está, más allá de las maderas de ese viejo mueble ya pronto desechable. Es como si ahí mismo viéramos el descascararse de la propia casa, el inexorable paso del tiempo que todo lo va reduciendo a polvo. Gasto que también vemos en las grietas de la banqueta y en las de la calle. Y de repente todo se vuelve viejo y desgastado: las lámparas que cuelgan de los postes, la iglesia que ha perdido sus cúpulas, y hasta el mismo árbol del interior del jardín va mostrando su vejez a pesar del verdor de sus hojas.

Y no pasa mucho tiempo para que sintamos el propio desgaste en nosotros y quienes nos rodean. Las familias que crecieron felices y que ahora, ya adultos nuestros amigos, también se van desgajando en problemas.

Yo mismo me miro en esos espejos y me siento agotadamente viejo.

Estéticas

El arte por el arte, frase muy discutida hace años, hay quien la rechaza y quien la acepta y la eleva a proclama activa. ¿Pudiera hablar de la fotografía por la fotografía? Creo que en este caso no, no comprendo cómo pudiera hacerse esto. Sin embargo, afirmo la imagen en su sentido más elemental (líneas y colores, claros y sombras) sí puede ser susceptible de ser considerada dentro de la fotografía sin ninguna otra finalidad. Pero (un momento) estas palabras deberían ser borradas, de lo contrario sería falso conmigo mismo. Mi actividad (fotografía o no) quiere hacer ver a los demás aquellas obras realizadas por otros en las más diversas disciplinas (artísticas o funcionales). La capacidad de creación es común al ser humano, niego mi amistad y mi interés a quien demuestre lo contrario en su persona o en su influencia hacia los demás. Estas fotografías quieren ser un testimonio de la capacidad creativa de personas desconocidas para mí y que, sin embargo, han producido un impacto generado en aquello que realizaron con sus manos.

¿Qué es la belleza? ¿Hay belleza en estas obras que no buscaron alcanzarla? ¿El azar puede intervenir en la elaboración de los objetos bellos? Confieso que no puedo contestar a estas preguntas, pero lo que busco en la creación de lo que yo considero bello es la disposición de elementos armónicos dentro de un espacio (que de hecho generan dicho espacio). No creo que ningún artista dispare con absoluta seguridad al blanco que acierta, dejar que el azar intervenga es permitir que las posibilidades del universo se cumplan.

En este muestrario de líneas y luces se advierte, evidentemente, una “ruptura” que yo más bien la llamaré “descanso”: una persona entre tanto objeto. Fue el azar (no del encuentro, sino en el enfoque y disparo de mi cámara) quien participó ahora directamente en la elaboración de esta fotografía. Un viejo sacerdote con una vestimenta poco usual en Ciudad Guzmán modela secretamente en una foto que no tenía más intención que guardar su imagen. La inclinación que acentúa su difícil caminar fue producto más del azar que de la composición consciente. Yo también he lanzado mi flecha un poco ciego hacia la diana del instante.

Tiempos

Todos recurrimos a emociones cuando nos enfrentamos a situaciones cotidianas. Digo recurrimos como quien va y toma un vaso de vidrio para ponerle agua. Quiero destacar esta elección ante el sentimiento mismo, sólo para esto que quiero destacar aquí en esta reflexión. No quiero hablar de lo que sentimos, sino de las elecciones que a veces hacemos.

Yo, frente a sentimientos de eternidad, promesa de todas las religiones, recurro al sentimiento de volver a ver a mi tío Salvador. Verlo venir hacia mí con esa sonrisa inteligente que siempre le vi. Que llegara a decirme que no tenga miedo, que en realidad somos eternos y que estos problemas pasarán. En realidad no me importaría tanto su consuelo como el disfrute de volverlo a ver cerca de mí.

Otro de mis recursos cuando estoy frente a situaciones que requieren de una nueva forma de resolver las cosas (la imaginación inteligente activa, pues), cuando me sé resolviendo económicamente algo traigo a mi mente la presencia de mi tía Sara, la más vieja de las hermanas de mi padre, es decir quien vivió en tiempos que ya hasta mi padre mismo desconoció. Esa estadía en el tiempo me hace suponer que también ella resolvía a su manera situaciones que requerían inteligencia profunda en cosas cotidianas. Y las resolvía bien.

Esos dos tíos son a quienes recurro cuando pienso en el tiempo que está más allá de nosotros, el tiempo posterior y el tiempo anterior.

Motos y calendarios

Beatriz, la hija de doña Jóse (así pronunciamos el apócope de Josefina en Zapotlán), tenía una tienda de abarrotes allá por la calle de Pascual Galindo Ceballos. Me había invitado a trabajar con ella ayudándole a acomodar cajas, atender clientes, etc. La verdad es que no duré mucho, pero recuerdo que ella tenía una venta de fin de año de calendarios personalizados donde el comprador felicitaba a sus clientes, amigos y familiares por la navidad y el año nuevo. Tenía diversos tamaños, desde aquellos grandes de foto de paisajes o lindos bebés de cachetes rosados. Tenía un catálogo de calendarios de bolsillo que supongo eran los que más se vendían. Las fotos de la mayoría de ellos eran, por supuesto, paisajes. Claro, también había, de vez en cuando, muchachas semidesnudas que supongo eran la delicia de hombres que regalaban a sus compadres.

Pero particularmente me gustaban, y echaban a volar mi imaginación, unas imágenes de autos de fórmula 1 que despertaban en mí un mundo inalcanzable. Aunque, más exactamente y con mucha más fuerza estaban las fotos de motos de carreras. Mi amigo Manuel de la Cruz sabía mucho de estas carreras y de las motos y nos hablaba de españoles que, suponíamos, eran los mejores del mundo. Nosotros, en un pueblo agrícola, lejano de toda esa modernidad, lanzábamos la imaginación y nos hacíamos estar allá como si fuésemos grandes conocedores de dichas carreras.

Los catálogos tenían una vigencia de un año. Ya en enero eran inútiles esos calendarios y Beatriz nos regalaba el catálogo completo. Nosotros aprovechábamos y arrancábamos las fotos más bonitas y las regalábamos a nuestros amigos como muestra de buenos deseos por el año nuevo que se desplegaba frente a cada uno de nosotros lleno de promesas.